Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador
Por lo general, las transiciones de las dictaduras a las democracias se han llevado a cabo por andariveles no del todo democráticos. Por lo general, esas transiciones conllevan acuerdos entre actores del régimen que se extingue y del régimen que está por nacer, acuerdos en los que las sombras de los dictadores que están por salir aún se dejan sentir.
Pasó en la República Dominicana, luego del asesinato de Trujillo en 1961; sucedió en España luego del fin de la dictadura de Franco en 1978; pasó en Panamá luego de la detención de Noriega en 1989; pasó con la dictadura de Pinochet en Chile luego del plebiscito de 1988, donde las fuerzas democráticas tuvieron que tragarse por unos años el sabor amargo de una constitución que daba a Pinochet un papel vitalicio; pasó en Argentina y en Uruguay, donde se tuvo que transigir con los dictadores por sus atrocidades cometidas; y lo vivimos también en el Ecuador entre 1978 y 1979, donde se tuvo que aceptar un plan de retorno elaborado por los dictadores.
Y las transiciones que seguramente habrá en Nicaragua y en Cuba tendrán sus peculiaridades; como probablemente sucederá en El Salvador, una vez que ese país se hastíe de vivir bajo el régimen prácticamente dictatorial –reelección indefinida, etc.– que tienen hoy.
Si bien hay una vasta experiencia en materia de transiciones hacia la democracia –existe inclusive una abundante literatura al respecto–, lo cierto es que no todas son iguales. Cada una de ellas ha tenido sus características y elementos distintivos, su propia historia.
Pero lo que sí tienen en común es que en todas ellas las fuerzas políticas que han empujado el derrumbe de las autocracias han jugado un rol esencial. Sin ellas no hay una transición posible. En cada uno de los procesos que he señalado y en otros que se me escapan (los de Europa del Este, el de la Alemania, Japón, etc.), en todos ellos el protagonismo de las organizaciones locales fue clave.
El caso de Siria fue un caso extremo; allí la sociedad civil resistió de manera armada y mantuvo la presión sobre la tiranía de Bashar al-Asad. La tragedia que han vivido naciones como Libia, Irak, Afganistán es precisamente esa ausencia de fuerzas y actores internos de oposición al régimen. Esas naciones terminaron siendo ocupadas por potencias extranjeras que ignoraron a esas fuerzas y actores locales, o simplemente no existían. El resultado ha sido desastroso. Son hoy sociedades fracturadas, dominadas por la violencia, cuarteadas por caciques y repartidas entre bandas criminales.
Y eso precisamente es lo que debe evitarse en Venezuela. Una transición dirigida unilateralmente desde Washington, sin la presencia de líderes y organizaciones venezolanas, terminará en un fracaso. No tendremos una Venezuela democrática, sino ocupada.

Un proceso en el que los acuerdos y compromisos se ventilen a espaldas de los líderes democráticos venezolanos llevará al país a situaciones de violencia mayores a las que se busca evitar. Hace apenas un año y medio, los venezolanos dieron un claro ejemplo de compromiso con la democracia. De forma pacífica fueron a las urnas y derrotaron al régimen. No hay, pues, en Venezuela un vacío democrático. Hay una sociedad vibrante que busca construir una nueva nación. Que no se olvide de esto el señor Trump.
