Bugonia: paranoia y conspiraciones en la era de la posverdad

Escena de Bugonia (Lanthimos, 2025) Foto de Atsushi Nishijima/Focus Features/Atsushi Nishijima/Focus Feature - © Focus Features.

Esteban Ponce Tarré

Quito, Ecuador

“Mentiras.” / “Verdad. ¿Cuál es la diferencia?”

Bugonia, Yorgos Lanthimos, 2025.

La palabra bugonia, utilizada por Virgilio en el siglo 29 a.C, sostenía el mito de que las abejas nacían por una generación espontánea del cadáver de un buey, sugiriendo que la vida sistemáticamente organizada podía resurgir de la muerte, el caos y la putrefacción. No obstante, esta idea fue desmentida científicamente en el siglo XIX por Louis Pasteur, quien demostró que la vida no brota de la nada, sino de microorganismos preexistentes en el aire, estableciendo que todo ser vivo proviene de una existencia anterior.

Resulta lógico, por tanto, que Yorgos Lanthimos emplee esta creencia convertida en mito para titular su película más reciente, la cual funciona como una aguda crítica a las alucinaciones de nuestra sociedad contemporánea. En el mundo actual, cada vez más carente de certezas, el pensamiento mítico parece haber desplazado al rigor del raciocinio, llenando con narrativas fantásticas el vacío dejado por los desequilibrios de la razón.

Desde esta visión, el director heleno teje una sátira política camuflada bajo la tensión del suspenso psicológico. Bugonia parte de un detonante absurdo: el secuestro de Michelle Fuller (Emma Thompson) a manos de Teddy y Don (Jesse Plemons y Aidan Delbis), quienes la creen una alienígena infiltrada. Sin embargo, más adelante la narración trascenderá su condición anecdótica para construir una reflexión sobre el delirio, el poder y la pérdida de la realidad objetiva.

Entre el delirio y la psicología del conspiranoico

Las manías y las teorías conspirativas han pasado a ocupar la vacante dejada por la «crisis de los grandes relatos», términos con el que el filósofo francés Jean-François Lyotard definió, en la modernidad, al agotamiento de las metanarrativas sobre la ciencia, el progreso y la religión. En ese territorio incierto es donde se sitúa la propuesta del realizador griego, quien inicialmente incita al espectador a cuestionar la cordura de Teddy —presentado como un obrero y apicultor desequilibrado— para luego dar un giro intrépido que valida su paranoia como una realidad tangible.

En este orden de ideas, Bugonia recrea el colapso de la episteme en la sociedad para dar paso a un escenario donde la razón y la evidencia factual han sido desplazadas por la voluntad de creer. Es así como Lanthimos sumerge al espectador en el océano de la posverdad, un entorno donde las emociones y las convicciones personales tienen mayor peso que la realidad objetiva a la hora de moldear la psique y el comportamiento de sus personajes.

Bajo este paradigma, la cinta del ateniense se presenta como una alegoría del presente, donde esta atmósfera paranoica es alimentada por el auge de fanáticos que, amparados en la tecnología, apelan a la emoción antes que a la lógica. Así, los protagonistas del filme actúan como un reflejo de las hordas digitales: lanzan discursos viscerales que, pese a su falta de rigor, hallan legitimidad en pseudo-investigaciones propias de las redes sociales, donde la interconectividad prioriza la reacción sobre la reflexión.

Pero, ¿qué impulsa a las personas a creer y difundir narrativas absurdas en la red? Ante la incertidumbre de la vida, la frialdad de las instituciones modernas y el peso de los traumas personales, resulta mucho más sencillo construir un relato maniqueo de «buenos contra malos» que desentrañar las verdaderas causas de las problemáticas mundiales. En el filme, esta necesidad de encontrar culpables reales para explicar el sufrimiento propio se manifiesta claramente en la figura de Teddy.

Este apicultor intenta dotar de sentido al caos emocional que le produce el estado vegetativo de su madre, derivado de la negligencia de la CEO Michelle Fuller. Lo irónico es que esta directora ejecutiva de la corporación farmacéutica ficticia Auxolith es, a su vez, una psicóloga que comprende con total nitidez el mecanismo del trauma; una lucidez que le permite descifrar la violencia de su propio secuestrador, aun cuando sus acciones pasadas fueron las que desencadenaron dicha espiral de dolor.

Identidad y metáfora

La situación, en este sentido,  funciona como una doble representación: por un lado, el alivio catártico frente al trauma y, por otro, el peligro inherente de llevar una teoría conspirativa hasta sus últimas consecuencias. A la par, este tipo de relatos sobre confabulaciones fomentan un narcisismo —disfrazado de superioridad intelectual— que transforma la paranoia en una fuente de autoestima, otorgando a quienes los sostienen una ilusoria sensación de distinción social y pertenencia.

Considerando estos criterios, las teorías conspirativas se transforman en auténticos actos de rebeldía. Para los individuos marginados por el sistema, adoptar estas narrativas les otorga una identidad comunitaria y una vía para confrontar a las élites —gobiernos, científicos e instituciones— que perciben como fuentes de engaño. Lanthimos entrelaza este fenómeno social con el simbolismo de las abejas, utilizando la estructura de la colmena como una metáfora de la jerarquía de clases. En ese ecosistema, se ilustra una cruda realidad de explotación: el trabajador, al igual que la abeja obrera, es una pieza sacrificable en favor de un engranaje superior que es incapaz de comprender por completo.

Esta dinámica se intensificará con el giro de la trama hacia la ciencia ficción, donde lo absurdo termina por validarse como real. De ahí que el quiebre final invite al espectador a involucrarse en la lógica conspirativa, sugiriendo que, tal como dicta el mito de Bugonia, el caos y la muerte puedan ser el abono para un sistema de vida más organizado e igualitario que el actual.

Esencialmente, Lanthimos logra humanizar el trauma al desplazar el protagonismo hacia Fuller, construyendo una metáfora de una civilización que ha perdido su brújula moral y va en camino de su destrucción. Por ello, la película propone que, ante el colapso de nuestra estructura de pensamiento, quizás la quimera de una intervención de una especie alienígena podría presentarse como una vía para concluir con el proyecto humano y permitir un renacimiento planetario con seres más equilibrados. En definitiva, bajo esa mirada empática la obra del cineasta ateniense se sumerge en el dolor y sufrimiento de los marginados, cuyas obsesiones no son más que una respuesta desesperada a un mundo despojado de todo sentido.

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