Quito, Ecuador
Antes de que alguien active el reflejo pavloviano del escándalo, conviene aclararlo desde la primera línea. No, no me he vuelto comunista, ni estoy resucitando manifiestos decimonónicos ni proponiendo la abolición de la propiedad privada. El título no es una consigna ideológica, sino una metáfora política que, precisamente por ser incómoda, exige ser analizada antes de ser juzgada. Y ese análisis requiere algo básico: lectura atenta.
Si no es una opción, este texto no es para usted, porque algo define con particular nitidez nuestro momento: la pereza interpretativa y la obsesión por reducir cualquier crítica estructural a una etiqueta tranquilizadora. Se discute el rótulo para esquivar el argumento; se caricaturiza la intención para no enfrentar el contenido. Este texto va por otro camino.
Cada enero, la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos se consolida como uno de los principales espacios informales donde se articula el pensamiento del poder global. Bajo la llamada agenda de Davos, jefes de Estado, líderes empresariales, banqueros y responsables de organismos internacionales discuten los grandes desafíos contemporáneos, desde el crecimiento económico y la desigualdad hasta la crisis climática y los conflictos armados.
No se adoptan decisiones vinculantes, pero sí se construyen los marcos interpretativos desde los cuales esos problemas serán abordados. Allí se fijan lenguajes, prioridades y, sobre todo, los límites de lo políticamente concebible.
En ese contexto, el discurso de Mark Carney adquiere una relevancia particular. Exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, y primer ministro de Canadá desde 2025, Carney ha sido durante años una figura central en la convergencia entre finanzas, gobernanza económica y política climática. En Davos, Carney rompió con el guión habitual del foro. No fue a proponer ajustes graduales ni soluciones tecnocráticas, ni a cumplir con el ritual anual, sino a irrumpir en un espacio acostumbrado a administrar consensos tranquilizadores y afirmar una verdad incómoda: que el orden internacional que conocíamos ya no organiza el poder.
Su punto de partida es nítido. No estamos atravesando una transición ordenada, sino una ruptura sistémica. El llamado orden internacional basado en reglas no aparece como un sistema en crisis susceptible de ajustes incrementales, sino como una ficción funcional que ha agotado su utilidad. Durante décadas, esa narrativa permitió a potencias medias como Canadá beneficiarse de la previsibilidad del sistema, externalizar los costos de su seguridad y proyectar políticas exteriores calificadas como basadas en valores bajo la cobertura de la hegemonía estadounidense.
Carney no niega que ese orden haya producido bienes públicos. Lo que hace es retirar el velo. Las reglas siempre se aplicaron de forma selectiva y hoy ni siquiera se mantiene la apariencia. La interdependencia, antes fuente de prosperidad, se ha transformado en instrumento de coerción. El problema ya no es la violación de las reglas, sino la normalización de su uso como herramienta de presión.
Ese diagnóstico resulta especialmente contundente porque lo formula alguien que ayudó a diseñar, administrar y sostener el sistema, y que hoy habla como insider consciente de los límites reales del entramado multilateral. Por eso, cuando recuerda que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben, no formula una abstracción teórica. Describe el manual operativo que hoy rige las relaciones entre Estados, incluso y sobre todo entre aliados.
Para quienes hemos trabajado durante décadas dentro del llamado orden internacional basado en reglas, el momento fue incómodo y, al mismo tiempo, liberador. Carney se atrevió a decir en voz alta algo que siempre se supo. Ese orden fue profundamente asimétrico. Las reglas se aplicaron con rigor a algunos y con indulgencia a otros. Grandes potencias invadieron países con impunidad, mientras el derecho internacional se invocaba selectivamente para disciplinar a Estados más pequeños, marginales o políticamente inconvenientes. Lo mismo ocurrió con el comercio. Las reglas globales fueron diseñadas, desde su origen, para favorecer a las economías desarrolladas que las escribieron.
Aquí aparece uno de los núcleos normativos más potentes del discurso. La referencia a Václav Havel no es ornamental. Es una crítica directa a la inercia y al autoengaño. El tendero que colocaba en su vitrina el cartel “¡Trabajadores del mundo, uníos!” para no tener problemas funciona como una metáfora precisa del momento actual. Estados que siguen invocando el orden basado en reglas, aunque ya no funcione. Empresas que hablan de neutralidad mientras se adaptan silenciosamente al poder. Actores que confunden prudencia con sumisión.
El sistema no se sostuvo solo por la fuerza, sino por la participación cotidiana en una mentira compartida. El día que alguien dejó de sostenerla, la fachada comenzó a resquebrajarse. Eso es lo que Carney estaba pidiendo en Davos. Bajar el cartel. Dejar de actuar como si el sistema funcionara tal como se anuncia. Asumir los costos políticos de nombrar la realidad.
En ese marco, su advertencia sobre la nostalgia adquiere una profundidad particular. No se trata de descalificarla como emoción legítima, sino de señalar su peligro como sustituto del pensamiento estratégico. Añorar el viejo orden implica esperar el retorno de una hegemonía que ya no puede ni quiere sostenerlo, postergar decisiones difíciles y seguir invocando instituciones que ya no protegen efectivamente a quienes dependen de ellas. La nostalgia se convierte así en una forma sofisticada de negación política.
La ruptura exige duelo, pero también acción. Y Carney es claro en ese punto. No se trata de restaurar el pasado, sino de construir algo distinto desde la fractura.
Este diagnóstico resuena con particular fuerza en América Latina. La crítica de Carney a la nostalgia como trampa estratégica dialoga con dos inercias paralizantes muy presentes en la región: el no alineamiento clásico de la Guerra Fría, concebido como una equidistancia moral hoy inviable en un mundo de interdependencias asimétricas y coerción económica, y la fe en un multilateralismo protector que supone que los foros universales y el derecho internacional bastan para contener a las grandes potencias.
En ambos casos, el pasado opera como refugio discursivo frente a decisiones difíciles en el presente.
La advertencia de Carney es clara: invocar soberanía sin capacidad material, diversificación real y coordinación regional equivale a representar independencia mientras se acepta subordinación. Repensar la no alineación no implica abstención ni ambigüedad retórica, sino una estrategia activa de reducción de vulnerabilidades, construcción de autonomía compartida y coherencia entre discurso soberano y política económica, comercial y tecnológica.
Abandonar la nostalgia no es renunciar a la autonomía, sino dotarla de contenido operativo en un mundo que ya no premia las declaraciones, sino la resiliencia.

Por eso el título no es una consigna ni una ironía. “¡Trabajadores del mundo, uníos!” es una advertencia política. En un mundo donde el poder vuelve a hablar sin máscaras, las potencias medias solo tienen dos opciones. Seguir representando soberanía mientras aceptan subordinación, o coordinarse para preservar agencia real. La ruptura ya ocurrió. La pregunta no es si nos adaptamos, sino con quién y a qué costo.
