Guayaquil, Ecuador
Si el solo saber que el Estado central interviene en el diario vivir de la gente es desagradable, ahora imagínense qué tanto es cuando este, aparte de ello, quiere “administrar” mucho más de lo que ya hace. Últimamente ha sido de gran interés público la intención del gobierno nacional de tener más espacios en el directorio de la Fundación Aeroportuaria de Guayaquil y, de paso, con voto dirimente, lo cual significa un atropello más hacia el puerto principal, solo precedido por la intervención de SeguraEP.
Es de conocimiento público la rivalidad entre el Ejecutivo y el cabildo guayaquileño, misma que no es novedad ninguna, ya que —por decirlo así— es normal que el presidente de la República y el alcalde de Guayaquil no sean muy amigos que digamos, o por lo menos así lo ha evidenciado la reciente historia.
Sin embargo, las riñas políticas que puedan tener los administradores —tanto a nivel nacional como local— no deben traducirse en la toma de acciones que perjudiquen la vida de la gente.
Para entender mejor este contexto, es necesario recapitular. La historia de la descentralización de Guayaquil no es algo reciente; es parte incluso de la esencia misma de esta ciudad, ya que siempre salió adelante gracias al incentivo privado y local. De ahí que la frase “Por Guayaquil Independiente” sea parte del diario vivir de los guayaquileños.
En su momento, este espíritu fue empujado por instituciones como la Junta de Beneficencia, la Sociedad Filantrópica, la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso y el Cuerpo de Bomberos, entre otras entidades que fueron piedra angular del desarrollo inicial de la ciudad, siempre con una característica medular: depender lo menos posible del Estado Central.
Luego de la debacle que significaron para la ciudad las administraciones del CFP (Concentración de Fuerzas Populares), llegó un modelo que la levantó y que, consigo, reinauguró el orgullo de ser guayaquileño. Independientemente del partido político, es de admitir que la administración 1992-2019 marcó un antes y un después, caracterizado por la insaciable obra pública, la frontal defensa de los valores cívicos y el incentivo y la defensa de la autonomía de Guayaquil.
Esto último se vio traducido en que pasaran a manos guayaquileñas la administración del Terminal Terrestre, el Aeropuerto, el Registro Civil, el Tránsito y el servicio de Agua Potable, entre otras competencias que, cuando se adquirieron, fueron tomadas como conquistas para el reconocimiento de una gran misión: hacer a Guayaquil cada vez más independiente del Estado Central.
El traslado de estas competencias trajo consigo mejoras en la calidad de los servicios que estas instituciones brindaban y, con ello, lo lógico: los guayaquileños empezaban a vivir mejor.
Y es que la consecuencia del centralismo, siempre y donde quiera que lo veamos, será el deterioro de aquello que administre, ya que lo hacen bajo la lógica del menor esfuerzo. En cambio, cuando lo administra el gobierno local, esto se convierte en foco de atención de los ciudadanos, quienes castigarían con el voto a quien les desmejore la atención.
Por eso, el entrometimiento del Estado —quizás motivado por un enfrentamiento político— afectaría de gran manera el desempeño de instituciones que, hasta el momento, siguen tomando ventaja frente a las estatales. Es deber ahora de los guayaquileños estar atentos y defender las conquistas, porque aquello que se tiene y se les ha quitado es mucho más difícil de volver a obtener.

Guayaquil necesita no solo un mejor alcalde, sino volver a tener municipio: uno que le eleve la moral, que lo haga respetar y que —con obras y no palabras— demuestre que Guayaquil es y siempre será esa ciudad que no depende de un Estado Central, porque tiene por esencia el ser independiente.
