Quito, Ecuador
La cultura occidental ha sido entendida como un espacio de “libertad genuina”. En contraste, la cultura de Medio Oriente suele ser percibida como un escenario de luchas constantes para alcanzar esa misma libertad, una idea que se ha reforzado en el imaginario global a partir de conflictos recientes, como la guerra entre Irán y Estados Unidos.
Sin embargo, esta percepción generalizada omite un elemento esencial: la existencia de políticas orientadas directamente a la dignidad humana.
La naturaleza del ser humano es la lucha, y aunque se preocupa por la paz y la concibe como parte de su esfuerzo ontológico, no es, en esencia, un ser pacífico; así lo define Charles Malik, filósofo político libanés reconocido por ser uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El panorama entre los siglos XX y XXI cambió de manera drástica. En este contexto, Arabia Saudita ratificó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) en el año 2000, integrándola de manera coherente con su agenda nacional. Este proceso se vio acompañado por la creación de leyes y organismos destinados a apoyar la inserción del papel femenino en la sociedad.
En la misma línea, los Emiratos Árabes Unidos han asumido un compromiso con la promoción de los derechos de las mujeres.
Coherente con lo anterior, se posiciona como uno de los países líderes en igualdad de género dentro de la región, de acuerdo con el Informe Global sobre la Brecha de Género 2024 del Foro Económico Mundial, este avance responde a la convicción de que hombres y mujeres son colegas en la sociedad.
En el ámbito educativo, en los Emiratos Árabes Unidos, el 77% de las mujeres se matriculan en la educación superior tras finalizar la secundaria, y representan el 70% del total de graduados universitarios; la tasa de alfabetización femenina alcanza el 95,8%. Estos datos reflejan no solo una inclusión formal, sino una participación efectiva de la mujer en sectores estratégicos para el desarrollo del país.
Además, en el ámbito laboral, la participación femenina ha aumentado de manera sostenida. La legislación social del año 2000 garantizó el derecho a una pensión jubilar tanto para hombres como para mujeres, consolidando así un marco de seguridad económica más equitativo. A ello se suma el reconocimiento internacional del liderazgo femenino, evidenciado en la presencia de mujeres emiratíes en la lista de las 100 empresarias árabes más poderosas de Forbes en 2023 y 2024.
Sin embargo, en Medio Oriente, la lucha femenina no se concibe como una ruptura y abandono de sus virtudes, sino dentro de una estructura consolidada de la familia, la cual desempeña un rol vital dentro de esta cultura y es considerada la institución social más importante.
En los Emiratos Árabes Unidos, se establecen objetivos claros para desarrollar las capacidades de las familias, afrontar los retos del matrimonio, promover la estabilidad familiar a largo plazo y alcanzar la felicidad mediante su cohesión. Todo ello responde a una comprensión profunda del contexto social, en consonancia con su realidad cultural.
En este sentido, las políticas familiares incluyen medidas concretas como la protección de la maternidad y la paternidad. Entre otras políticas, la licencia de maternidad y paternidad están legalmente garantizadas con el objetivo de promover el bienestar familiar, la igualdad en el ámbito laboral y la continuidad del empleo. En la licencia de maternidad incluso se contemplan situaciones en las que el embarazo no culmina en un nacimiento vivo. Por su parte, la licencia de paternidad reconoce la importancia de la participación temprana del padre en el cuidado del hijo.
Siguiendo nuevamente a Charles Malik: los logros que persiguen los seres humanos deben guardar coherencia con su interioridad, es decir, con la necesidad de “pacificar su espíritu”. No obstante, la cultura occidental ha alterado este equilibrio al construir su ontología de manera desvinculada de valores objetivos.
En nombre de la autonomía individual, se configura una cultura superficial en la que la racionalidad pierde centralidad y la “libertad” comienza a medirse desde la hipersensibilidad, a través de debates centrados exclusivamente en la expansión de derechos. Así, cuestiones como el aborto libre, la identidad de género, la transición de género en menores, la eutanasia, el divorcio o la maternidad subrogada, en definitiva, consideraciones sobre la familia, desplazan del centro a la dignidad humana.

En este marco, el valor del ser humano deja de comprenderse desde su dignidad intrínseca y pasa a evaluarse, de manera reduccionista, por la cantidad de derechos que es capaz de reclamar o ejercer.
- Ema Gamboa milita en Dignidad y derecho
