Guayaquil, Ecuador
El día que el Ejército se levantó en contra del cuarto velasquismo, en 1961, el vicepresidente Carlos Julio Arosemena Monroy se encontraba detenido en el Panóptico García Moreno, la cárcel más oprobiosa del país en ese entonces, acusado de subversión.
Muchos años después, ante una botella de whisky, el doctor Arosemena me habría de contar, la tarde aquella en que salió del Panóptico para asumir la Presidencia en el Palacio de Carondelet. «La Historia da volteretas, joven Jijón», explicó. Yo tenía unos 27 años y escribía para la revista Vistazo. El tenía 72, y acababa de ganar la diputación por Guayas. Era la última vez en su larga vida de político que ganaría una dignidad por sufragio popular.
«Joven Jijón», me dijo. «Solo hay dos certezas en la vida. Primero, nada dura para siempre. Y segundo, nunca nadie le regala nada a uno: usted tiene que pelear por lo que quiere». Arosemena era el prototipo del político ecuatoriano: un hombre con gran vocación de poder, su padre Carlos Julio Arosemena Tola había sido también presidente de la República, y como casi todos los políticos importantes en este país, el día de la caída de Velasco, Arosemena Monroy estaba preso.
Era la vieja escuela. Los políticos anteriores al retorno a la democracia, a fines de los setenta, estaban acostumbrados a la cárcel y la enfrentaban con dignidad. El mismo Velasco Ibarra fue detenido al menos un par de veces por militares, antes de partir al exilio, primero al final del primer velasquismo, en 1935, y luego en 1961, al final del cuarto velasquismo, por el Batallón Chimborazo. Pancho Huerta, que era alcalde de Guayaquil en 1970, cuando Velasco dió el golpe durante el quinto velasquismo, terminó preso confinado en el Oriente cuando se levantó contra la dictadura.
Recuerdo una foto, probablemente del archivo de Vistazo, de un joven Osvaldo Hurtado, junto a Lucho Gómez Izquierdo y Julio César Trujillo, tranquilos y serenos, presos en una cárcel de Quito, en la década de los setenta, por la dictadura del general Rodrígez Lara, el sucesor de la dictadura de Velasco.
«Bombita», como lo llamaban, y que según el imaginario popular, presidió una «dictablanda», no dudaba en meter a la cárcel a los opositores. Además de Hurtado y Trujillo, también un tribunal bajo sus órdenes capturó a León Febres Cordero, entonces gerente de la Molinera Noboa, propiedad de Luis Noboa Naranjo, entonces el hombre mas rico de país, y abuelo del actual presidente, Daniel Noboa.
La dictadura los acusó de evadir impuestos. Don Lucho tomó las de villadiego, y huyó a Nueva York. Febres Cordero fue a la cárcel. Años después, en 1984, fue elegido presidente del Ecuador.
Lo que quiero decir es que la lucha política en el Ecuador, a través de los siglos, no ha estado exenta de la cárcel ni el exilio y el hecho de que algún político esté en la cárcel no significa per sé que esté liquidado. Por el contrario, la experiencia latinoamericana enseña que la cárcel puede ser un buen lugar para ejercer liderazgo.
Fidel Castro fue a la cárcel tras el asalto al cuartel Moncada. Hugo Chávez se jaló sus buenos dos años en prisión tras el Caracazo. Para no ir más lejos, y salvando las enormes distancias, muchos pensaron que Abdalá Bucaram estaba liquidado cuando fue encarcelado en Panamá, después que se encontró un paquete de droga en la parte exterior de su carro en un parqueadero. Años después era presidente de la República.
Lo siguió luego el coronel Lucio Gutiérrez, capturado y procesado por el levantamiento militar que provocó la caída del presidente Jamil Mahuad, en el año 2000. Lucio también salió de la cárcel para ser candidato a la presidencia y ganar las elecciones. Derrocado, volvió a la cárcel, y cuando salió, fue elegido diputado.
No voy a mencionar a Mandela, que se encuentra a distancias siderales de la política ecuatoriana, pero entiendo perfectamente que es posible ejercer el liderazgo desde una prisión. Incluso, hasta ganar las elecciones. Pero lo importante es entender los valores por los que se lucha y que estos sean los correctos.
Luchar por la democracia siempre será bueno. Defender la libertad y la república siempre valdrá la pena. Al final, la historia suele dar volteretas, como explicaba Carlos Julio Arosemena Monroy, quien esa mañana salió del Panóptico en plena confusión del golpe que habían dado los militares para instalar en el poder al presidente de la Corte Suprema, Camilo Gallegos, y terminó él mismo asumiendo el mando en Carondelet.

Tampoco Carlos Julio terminó el Gobierno. Dos años después los mismos militares que derrocaron a Velasco, lo derrocaron a él. Así es el Ecuador. Así ha sido siempre. Nunca nadie debe sentirse liquidado, ni tampoco, completamente seguro. Cambia. Todo cambia.
