Objetividad, por favor y gracias

Emilio H. Morocho Abad

Guayaquil, Ecuador

Decir que las circunstancias dependen del ojo de quien las observa simboliza uno de los mayores errores que puede cometer una sociedad: analizar de forma subjetiva los acontecimientos que conforman la realidad de su país. Los errores, sobre todo cuando provienen de quienes ejercen el valioso deber de la administración pública, deben ser observados y fiscalizados por igual, sin importar el color de la camiseta, la ideología o el origen familiar de quien los comete.

Este artículo nace de una constante que he notado a lo largo de los últimos años: el odio cegando a quienes lo portan y, a su vez, contaminando a quienes alguna vez juraron nunca dejarse dominar por él. Da tristeza, créanme, queridos lectores, ver cómo aquellos que antes criticaban las tiranías ahora justifican las mismas acciones autoritarias simplemente porque quien las ejecuta pertenece a su propia línea ideológica. A veces ni siquiera se trata de eso; las justifican porque, en el ejercicio de esas acciones, terminan afectando a quienes alguna vez odiaron.

El odio y el análisis son dos conceptos que jamás podrán caminar de la mano, porque la existencia del primero hace imposible la práctica del segundo. Una persona que analiza desde el resentimiento hacia un determinado referente político nunca podrá evaluar con objetividad las acciones de su principal detractor. ¿Por qué? Porque estará dispuesta a justificar hasta lo injustificable con tal de impedir el regreso de aquello que tanto rechaza.

Hace unos días mantuve una conversación con alguien cuyo criterio siempre había sido motivo de admiración para mí. Durante aquel diálogo le comentaba que ciertas acciones de un líder actual eran exactamente las mismas que realizaba aquel otro líder al que él tanto criticaba. Su respuesta me provocó una profunda preocupación: “Es que él es diferente, no los puedes comparar”.

Pero si en menos tiempo está haciendo lo mismo, ¿qué los diferencia realmente? ¿Qué más debemos esperar para establecer la comparación?

La conversación continuó y, eventualmente, terminé siendo acusado de simpatizar con el líder al que mi interlocutor despreciaba profundamente. Fue entonces cuando comprendí que el debate había dejado de ser racional para convertirse en emocional.

Por eso surge este artículo. Porque no podemos permitir que el odio sustituya al juicio. No es posible que el resentimiento nos ciegue hasta el punto de convertir cualquier observación crítica en una declaración de militancia política. No todo cuestionamiento es oposición, ni toda defensa es complicidad; pero cuando el fanatismo se instala, ambas cosas comienzan a confundirse.

Cuando la defensa ciega de un régimen se convierte en norma, la crítica deja de ser un ejercicio fundamentado y pasa a ser una simple repetición de la narrativa oficial. Se adopta como verdad absoluta la versión que emana desde el poder, incluso cuando la evidencia demuestra que existen errores, abusos o contradicciones.

Lo más preocupante ocurre cuando ese fanatismo alcanza su punto máximo: el momento en que alguien decide callar aun sabiendo que existe corrupción. Es entonces cuando aparecen frases como: “Prefiero que roben ellos a que roben los de antes”. Como si el problema no fuera el pecado, sino quién lo comete.

Reflexionemos. En todo el mundo están ocurriendo fenómenos políticos extraordinariamente interesantes. Vivimos una época histórica que merece ser observada con serenidad, curiosidad y espíritu crítico. Piensenlo, sería mucho más enriquecedor analizarla desde el centro del campo, con la distancia suficiente para comprenderla, como quien observa una buena película con un balde de palomitas de maíz, y no desde una trinchera ideológica que nos obligue a empuñar capa y espada para defender al tirano de nuestra preferencia.

Analicemos con objetividad. Disfrutemos de la historia sin convertirnos en sus fanáticos.

Por favor y gracias.

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