El Buijo, Ecuador
Si uno se sienta a escuchar a quienes vivieron el Buijo de antes, descubre que la historia del pueblo no cabe en una sola fotografía. A veces da la impresión de que los pueblos solo empiezan a importar cuando alguien descubre que pueden venderse como destino, como paisaje o como oportunidad inmobiliaria.
Pero el Buijo Histórico existía mucho antes de que llegaran los discursos sobre desarrollo, turismo o plusvalía. Existía cuando todavía no había luz, cuando no había agua potable, cuando la educación dependía de la voluntad de unos pocos y cuando vivir aquí era, ante todo, una prueba diaria de esfuerzo y resistencia.
Hoy, 27 de junio se recuerdan 197 años del Tratado de Paz del Buijo, vale la pena detenerse a mirar este territorio desde la memoria de sus habitantes, no desde el lenguaje del mercado. Porque el verdadero valor del Buijo no empezó con las urbanizaciones que lo rodean ni con las obras que ahora lo adornan; empezó con su gente, con sus raíces, con las travesías y sacrificios de quienes lo levantaron casi desde la nada.
Las primeras familias que poblaron el sector, según la memoria recogida de varios habitantes fueron Bohórquez, Yagual, Pacheco, Antepara, Matamoros, Yulán, Saldaña y demás familias que se fueron uniéndose después. Fueron familias que hicieron comunidad en condiciones muy precarias, cuando en el pueblo no había bases mínimas para una vida digna: ni luz, ni agua segura, ni educación estable. Hablar hoy del Buijo sin recordar esa realidad sería hablar de un lugar incompleto.
Durante mucho tiempo, una de las mayores dificultades fue el agua. El río que hoy se mira desde el malecón se volvía salado en ciertas temporadas, y eso obligaba a depender de canoas tanqueras que llegaban con agua para abastecer a la población. Conseguirla no era simple: había que madrugar, hacer filas y, muchas veces, soportar tensiones y peleas porque no siempre alcanzaba para todos. Mientras tanto, mujeres, niños y ancianos quedaban en el pueblo enfrentando la tarea de cargar agua, cocinar, lavar y sostener la casa mientras muchos hombres salían a trabajar lejos, en zonas donde el agua dulce sí permitía continuar con la siembra.
La vida económica del Buijo estaba marcada sobre todo por la agricultura, especialmente la siembra y cosecha de arroz, y en menor medida por la pesca. Eran tiempos de jornaleros agrícolas, de trabajo pagado en sucres, de canoas, de madrugadas y de regresos tardíos con la marea. Incluso los niños crecían muy cerca del trabajo duro, acompañando a los adultos o aprendiendo desde temprano lo que significaba sobrevivir en medio de la necesidad. Esa historia importa, porque allí está una parte esencial de lo que el Buijo es: un pueblo hecho de esfuerzo real, no de relatos decorativos.
También importa recordar que la educación no llegó de forma automática, ni como resultado de una planificación generosa desde arriba. Mucho antes de que existiera una escuela fiscal, una señora del pueblo, colaboradora y perseverante, enseñaba a leer y escribir a los niños y a quienes querían aprender, recibiendo apenas una ayuda voluntaria para poder subsistir. Después llegaría el maestro Carlos León Rodríguez, una figura decisiva en la historia del pueblo, que arribó en 1969 para dar clases y terminó convirtiéndose en uno de los grandes gestores de su desarrollo.
Uno de los recuerdos más potentes de nuestros habitantes es el de la llegada de la luz. Se cuenta que, cuando encendieron por primera vez una lámpara en un poste de madera, aquello parecía casi increíble, porque hasta entonces la noche obligaba a cada uno a recogerse temprano en su casa y la única claridad venía de la luna y de las estrellas. Para lograr ese avance hubo que viajar, insistir y atravesar dificultades que hoy parecen impensables: salir temprano, buscar la firma necesaria para el contrato y regresar de madrugada, después si la marea estaba alta, había que cruzar nadando para poder pasar. Ese tipo de escenas revela algo fundamental: el Buijo no recibió su historia; la peleó.
La organización comunitaria también fue parte de esa construcción. Hubo cooperativas, comités y grupos juveniles que empujaron proyectos importantes para el pueblo, entre ellos la cooperativa San Francisco, el comité Pro-Mejoras Buijo y el club UVA. De esas experiencias nacieron espacios recreativos, siembra de árboles, actividades para jóvenes y celebraciones que fortalecieron la identidad local. Incluso las fiestas patronales de San Francisco de Asís, que comenzaron en 1998 para recaudar fondos y ayudar a la capilla, muestran que aquí la comunidad se organizaba no solo para resistir, sino también para celebrar y construir sentido de pertenencia.
Hay además historias que parecen pequeñas, pero dicen mucho sobre el alma del pueblo. Por ejemplo, la de un hombre desconocido que llegó una tarde, alrededor de las seis, con barba y cabello largo, camisa y pantalón arremangado hasta los tobillos, sin zapatos, con una campana atada a la cintura que sonaba al ritmo de sus pasos mientras recorría el pueblo cargando en la espalda la imagen de San Francisco de Asís, tallada en piedra y tan pesada que hoy, para sacarla en procesión, hacen falta al menos cuatro personas.
Aun así, él la cargaba solo y descalzo, de casa en casa, rezando, junto con un grupo de niños del sector y mi bisabuela que con arduo esfuerzo levantaron la primera gruta con piedras y arena traídas desde largas distancias a la orilla del río. Con el tiempo, la imagen quedó y se volvió un ícono del Buijo, pero aquel hombre desapareció sin dejar rastro y nadie supo nunca su nombre: el pueblo, sin embargo, terminó recordándolo simplemente como “el viejito rezador”.
O podemos contar cómo mi bisabuela, que, junto a otras mujeres de la comunidad, en tiempos sin médicos ni centros de salud cercanos, asistía partos en las casas e incluso en plena canoa camino a Guayaquil, preparaba remedios caseros y, desde su fe sencilla, aliviaba a quienes la buscaban para “curar el mal de ojo”.
O como la historia de Don Saturnino, un señor que puso la primera tienda del pueblo en un quiosco de caña y más tarde donó el terreno para construir la iglesia. Esas no son anécdotas menores: son parte del tejido humano que explica por qué un pueblo no vale solo por su ubicación, sino por la memoria que resguarda.
Ese contraste se vuelve más doloroso cuando se observa el Buijo actual. Alrededor del pueblo crecieron urbanizaciones, plazas, parques y nuevos espacios que, en apariencia, hablan de progreso. Sin embargo, para muchos habitantes ese crecimiento no se ha traducido en un beneficio real. Al contrario: la plusvalía encarece la vida, reduce la competitividad de los negocios locales y pone a las familias del pueblo a competir con marcas, comercios y dinámicas pensadas para otros sectores y para otros bolsillos.
La pregunta entonces es incómoda, pero necesaria: ¿de qué sirve que suba el valor del suelo si se vuelve más difícil vivir en la tierra donde están nuestras raíces? Ese “progreso” beneficia más a quienes están alrededor o llegan después que a quienes han sostenido el Buijo durante décadas. Los negocios de la gente del sector se debilitan, las oportunidades terminan aprovechándolas personas de fuera, y lo que se promociona como mejora muchas veces no toma en cuenta las verdaderas necesidades de la comunidad.
El caso del malecón resume muy bien esa tensión. Ese espacio fue pensado y trabajado desde el inicio por habitantes del propio Buijo, que se reunían a hacer maquetas y a imaginar un lugar de recreación sencillo, rústico y coherente con la identidad del pueblo, que además sirviera como punto de encuentro y apoyo para los pocos pescadores que iban quedando en el sector.
La comunidad participó en el relleno del terreno y en los estudios para hacerlo posible, con la ilusión de que fuera un malecón hecho a la medida de su gente. Hoy, sin embargo, el descontento es profundo: el malecón luce bonito, sí, pero no beneficia realmente a las mujeres emprendedoras que venden comidas típicas ni toma en cuenta la estructura, el estilo ni las ideas que el pueblo plasmó en aquellas maquetas. No se siente como una obra construida con la comunidad, sino como un diseño decidido desde afuera, donde el desarrollo deja de percibirse como mejora compartida y empieza a parecer una apropiación.

Y allí aparece el tema de la plusvalía con toda su crudeza. Porque la plusvalía puede sonar positiva en el discurso, pero no siempre significa bienestar para quienes estaban primero. A veces significa terrenos vendidos bajo presión, familias obligadas a adaptarse a nuevas lógicas económicas, oficios desplazados y la amenaza silenciosa de que vivir en el propio pueblo se vuelva demasiado caro para quienes nunca quisieron irse. El problema no es que el Buijo progrese; el problema es que progrese de una manera que termine expulsando, poco a poco, a la gente que le dio identidad.
Este 27 de junio, al recordar los 197 años del Tratado de Paz del Buijo, quizá el mejor homenaje no sea solo celebrar una fecha, sino volver a mirar con respeto a quienes hicieron posible que hoy exista un pueblo con historia. Al maestro Carlos León Rodríguez, eje de muchos de los cambios del sector, que llegó como docente y terminó gestionando escuela, luz, obras básicas y la propia celebración del tratado. A la señora Agripina Calixto Morán, que antes de todo eso enseñaba a leer y escribir a los niños que querían aprender, cuando la educación era casi un lujo.
A mi bisabuela Jacinta Bohórquez Huacón, que en tiempos sin médicos ni centros de salud asistía partos, daba remedios caseros e incluso ayudó a levantar la primera gruta de San Francisco de Asís. A mi bisabuelo Saturnino Bohórquez Yagual, que levantó la primera tienda y donó el terreno para construir la iglesia. Y, junto a ellos, a las familias fundadoras y a todos los que trajeron agua, gestionaron luz, sostuvieron la educación, empujaron comités, sembraron árboles, organizaron fiestas y construyeron comunidad cuando no había casi nada. Porque ellos entendieron algo que hoy no deberíamos olvidar: que un pueblo vale por su gente.

Y si de verdad se quieren hablar de futuro, entonces el desarrollo tiene que empezar por reconocer esa verdad. Tienen que servir para que los habitantes de siempre puedan seguir viviendo con dignidad en el lugar que ayudaron a levantar. Tienen que fortalecer sus negocios, cuidar su memoria, respetar su identidad y asegurar que la modernización no les cobre como precio el desarraigo. Porque hay cosas que no deberían ponerse en venta, y entre ellas están las raíces, la historia y el derecho de seguir en aquel lugar donde comenzó todo, nuestro hogar.
