El Mundial de Fútbol: pantalla, misil y poder global en 2026

Jugadores de Argentina celebran su clasificación a semifinales este sábado, al final de un partido de cuartos de final del Mundial de la FIFA 2026 entre Argentina y Suiza en el estadio Arrowhead de Kansas (EE.UU.). EFE/ Kenneth Fernández

René Betancourt

Quito, Ecuador

Quien reduce el fútbol a veintidós cuerpos corriendo detrás de una pelota suele perder de vista lo esencial: pocas ceremonias modernas concentran tanta nación, dinero, deseo, violencia simbólica y poder.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, presentó el Mundial como el mayor evento jamás organizado y definió a la entidad como “el proveedor oficial de felicidad para la humanidad”. La frase revelaba la escala del proyecto: transformar estadios, audiencias, patrocinadores, seguridad y fronteras en una ceremonia mundial de entusiasmo administrado, desplegada en 48 selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones y casi seis semanas de competencia.

García Márquez entendió el fútbol como revelación popular: una multitud que, frente a una cancha, aprende a narrarse con héroes, milagros, derrotas y destinos rotos. La Copa vive de esa fuerza. Convierte juego en pertenencia, emoción en mitología nacional y al futbolista en depositario de una esperanza que lo excede. En 2026, esa liturgia llegó escoltada por visas, guerras, mercados, sospechas y muertos que jamás tocaron el césped.

Ese lente permite leer el Mundial con mayor dureza. Irán llegó bajo presión militar y una logística de excepción; Gaza miró partidos entre ruinas; otras geografías marcadas por desplazamiento, miedo y violencia también recibieron el torneo a través de pantallas, transmisiones intermitentes, refugios, bares, campamentos, teléfonos y conversaciones rotas por la incertidumbre; Egipto convirtió Palestina en gesto visible; el caso Balogun llevó una sanción deportiva al terreno presidencial; Mbappé sufrió abuso racial de una parlamentaria paraguaya; y tras la derrota de Ecuador ante México circuló, sin pruebas verificadas, el rumor de que jugadores ecuatorianos habrían sido amenazados por un cartel mexicano.

En esas escenas, el fútbol apareció como espacio donde el jugador soporta fuerzas que exceden el juego: nación, duelo, raza, propaganda y amenaza criminal.

La fiesta nació bajo una anomalía histórica. Estados Unidos, una de las sedes, debía recibir a Irán mientras ambos países mantenían un conflicto militar activo. Antes del primer pitazo, la Copa ya estaba atravesada por controles de entrada, sospecha estatal, guerras abiertas y muertos fuera de toda ceremonia. La guerra volvió visible lo que el espectáculo suele maquillar: el fútbol global opera desde hace tiempo como infraestructura política.

La frontera antes del pitazo

La cancha promete un lenguaje común: líneas, árbitro, reglamento, tiempo, marcador. Antes de todo eso habla el Estado. Decide quién llega, quién espera, quién cruza, quién entrena, quién duerme cerca del estadio y quién vive el torneo como itinerario vigilado.

Irán encarnó esa fractura. Su selección tuvo que operar desde México en lugar de instalarse normalmente en Estados Unidos, sujeta a una logística política antes que deportiva. La escena condensaba el conflicto entero: un Mundial presentado como ceremonia universal dependía, en su sede principal, de autorizaciones políticas previas al juego. La igualdad prometida por el reglamento llegaba tarde; la política ya había distribuido jerarquías.

El caso de Omar Artan, árbitro somalí apartado tras ser denegado su ingreso a Estados Unidos, amplió la misma lectura. La casa común del fútbol tenía puertas, guardias, protocolos y enemigos.

La pantalla y la bandera

En distintas partes del mundo, la pelota circulaba por territorios marcados por duelo, desplazamiento, miedo y precariedad. Gaza, sin embargo, condensó esa relación con una nitidez insoportable: una pantalla levantada entre ruinas, columnas quebradas y edificios abiertos por la guerra para ver jugar a Egipto. Alrededor se acumulaban paredes arrancadas, cables colgando, polvo sobre la ropa, niños sentados en el suelo y familias reunidas donde antes hubo casas, tiendas o calles reconocibles. El fútbol funcionaba allí como una forma mínima de vida pública: mirar hacia el mismo punto, gritar un gol, reconocerse durante unos minutos en una emoción compartida.

Mohamed al-Wahidi, director del Comité Egipcio en Gaza, organizaba esas proyecciones en la Franja. Medios reportaron que murió cuando un misil impactó el taxi en el que viajaba poco antes del partido entre Egipto y Argentina; según su familia, iba camino a una transmisión. El ataque israelí mató también a otras personas, incluidos niños. El ejército israelí afirmó que el blanco era un militante de Hamás y que al-Wahidi no era el objetivo previsto. Ese episodio concentraba el sentido político del torneo con una crueldad difícil de resumir: un hombre que intentaba llevar fútbol a desplazados murió antes de llegar.

Egipto le dio a Gaza una forma de respirar hacia afuera. Tras vencer a Australia por penales en la ronda de 32, Hossam Hassan dedicó la victoria al pueblo palestino y salió al campo con las banderas de Egipto y Palestina. La celebración ocurrió entre tiendas, concreto pulverizado y niños con banderas egipcias pintadas en el rostro. En esa Copa de guerras, visados discutidos, decisiones opacas y civiles muertos, ese gesto disputó el lenguaje oficial del torneo. La victoria circuló como resultado deportivo, señal de reconocimiento y forma de compañía política.

La eliminación ante Argentina fue leída por sectores de la opinión árabe desde ese clima de agravio. El torneo ya ofrecía suficientes escenas de desigualdad y proximidad al poder estadounidense para que la cancha apareciera como otra superficie del mismo orden. Egipto perdió el partido y quedó inscrito en un registro distinto: dignidad regional, solidaridad transnacional, fidelidad a Palestina.

La llamada y la regla

La política entró al reglamento por teléfono. Reuters informó que la FIFA suspendió la ejecución de la sanción a Folarin Balogun y permitió que el delantero estadounidense jugara contra Bélgica, tras su expulsión frente a Bosnia y Herzegovina. Trump reclamó crédito por la decisión. Bélgica denunció la maniobra y terminó eliminando a Estados Unidos con un 4-1.

El daño institucional precedió al partido: un jefe de Estado había intervenido en un expediente que afectaba directamente a su selección. Para quienes leían el Mundial como mapa de poder, el caso Balogun dejó una escena difícil de borrar: una potencia inclinando el procedimiento mientras otras selecciones competían bajo condiciones de acceso restringido. El poder alcanzó la regla; la cancha le devolvió el golpe.

La maquinaria sobre el cuerpo

El futbolista es la unidad visible del Mundial. Sobre él se deposita una presión que desborda contrato, salario y patrocinio: corre por una camiseta, una infancia, una bandera, un himno, un mercado y una audiencia que repite sus caídas en cámara lenta. La televisión amplifica el dolor; la multitud reclama coraje; el país exige memoria; la derrota busca culpables. En esa exposición se cruzan excelencia deportiva y demanda de entrega total: un atleta obligado a sostener algo más que un partido.

Los casos ya mostraban una lógica común: una sanción convertida en expediente presidencial, una victoria transformada en gesto de solidaridad, una selección obligada a competir bajo reglas decididas fuera de la cancha y una población mirando fútbol bajo amenaza. Otras guerras también recibieron el torneo lejos de los estadios y de la coreografía oficial. La Copa convierte esfuerzo físico, permisos, símbolos y duelos en materia televisiva, relato nacional y mercancía emocional. La lesión se vuelve épica; el penal fallado, condena; el llanto, mercancía viral; el agotamiento, prueba de patriotismo.

Esa es la astucia del espectáculo: embellecer una concentración brutal de fuerzas con música, niños de la mano de jugadores, cámaras lentas, camisetas limpias, fan zones, fuegos artificiales y palabras como inclusión y humanidad. La violencia queda integrada al decorado, dosificada entre goles, himnos y publicidad. La frase de Infantino adquiere forma de programa político: administrar alegría mientras guerras, fronteras, mercados y propaganda deciden quién entra, quién mira desde lejos, quién corre, quién sangra y quién desaparece de la fiesta.

La comunión prometida llegaba atravesada por conflictos, mercados, fronteras selectivas, sanciones intervenidas y atletas obligados a rendir ante la audiencia planetaria. En Gaza, esa fractura se volvió brutalmente legible entre muchas otras formas menos visibles del mismo orden: la felicidad oficial dependía de una maquinaria capaz de convertir dolor, pertenencia y poder en espectáculo global.

La gloria de Olimpia seguía allí, brillante y televisada. La sombra de la arena también.

El fútbol podía reunir por un instante a quienes el mundo separaba; la guerra seguía decidiendo quién llegaba vivo a verlo.

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