Sobre la solemne inutilidad del Premio Nobel de la Paz

La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, hace balance de su labor al frente del organismo de derechos humanos de la ONU ante los medios de comunicación, durante una rueda de prensa en la sede europea de las Naciones Unidas en Ginebra (Suiza), el 2 de diciembre de 2013 (reeditada el 9 de octubre de 2026). La jurista sudafricana Navi Pillay, defensora de los derechos humanos y ex Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2026 por "sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional". (Noruega, Suiza, Ginebra) EFE/EPA/SALVATORE DI NOLFI

Carlos Jijón

Guayaquil, Ecuador

No recuerdo haberme emocionado tanto con la entrega de un Premio Nobel de la Paz que en 1991, cuando se lo entregaron a Aung San Suu Kyi, una mujer de Birmania que en el momento de la concesión del premio llevaba presa tres años, por orden de la dictadura militar que en ese entonces gobernaba ese país, y contra la cual ella se había levantado para exigir elecciones, guiada por la filosofía de la no violencia, propugnada por Mahatma Gandhi.

Me había impresionado una frase que se le atribuía: “La única prisión real es el miedo, y la única libertad real es liberarse del miedo”. Y yo, periodista que aún no cumplía los treinta años, llegué a pensar que la entrega del Nobel iba a ser fundamental para que logre salir de la cárcel y lidere su pueblo hacia la libertad.

Pero el periodismo es frenético, y uno no acaba de escribir una historia cuando ya ha sucedido otra, y a veces, incluso otras dos o tres al mismo tiempo. Y uno se olvida de los temas. Recuerdo que la dictadura no autorizó su salida de la cárcel para viajar a Oslo y la perdí de vista, hasta que unos diez años después, leí en una revista que seguía presa.

Birmania ya ni siquiera se llamaba Birmania, sino Myanmar, y los dictadores ya no eran los mismos pero la Junta Militar seguía en el poder. Lo recordé el año pasado cuando le dieron el Nobel a María Corina Machado, que desde un año antes estaba en la clandestinidad, con una orden de prisión expedida por la dictadura que aún sigue gobernando Venezuela, por los mismos motivos por los que en 1991, los militares birmanos tenían en prisión a Aung San Suu Kyi.

Es cierto que años después, en 2010, Suu Kyi fue liberada finalmente y que en 2015 condujo a su partido a la victoria electoral, y que, aunque impedida de ejercer la presidencia por la Constitución de la dictadura, ejerció como líder de facto del gobierno democrático. Y también es cierto que actualmente, mientras usted lee esto, Aung San Suu Kyi está nuevamente en prisión, tras el golpe militar de 2021.

María Corina Machado me recuerda tanto a Aung San Suu Kyi. La última vez que supimos de ella estaba en Panamá, intentando regresar de manera clandestina a Venezuela. Actualmente, mientras usted lee esto, nadie sabe dónde está. El Gobierno de los Estados Unidos la ayudó a salir del país, también de manera clandestina para que pueda llegar a Oslo a recibir su Premio Noble, pero después se ha negado a ayudarla a regresar.

Tras capturar al dictador Nicolás Maduro en una intervención militar, el presidente Trump ha decidido dejar el poder a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y ha llegado hasta el descaro de llamarla “presidenta electa”, como si alguna vez hubiera participado en elecciones. Delcy, la dictadora, en reciprocidad, ha entregado a empresas estadounidenses poco más del 20% de las reservas petroleras venezolanas durante los próximos 25 años.

Yo no me sorprendería si después de diez años leo en algún lado que María Corina Machado sigue exiliada en algún lugar desconocido.

Estoy consciente de que mientras usted lee esto, el diario Expreso ha dejado de imprimirse porque la casi totalidad de empresarios que compraba publicidad en ese diario ha dejado de hacerlo. Y una semana después que la presidenta de la Cámara de Industrias de Pichincha, María Paz Jervis saliera de la presidencia de ese gremio tras decir en un discurso que nunca había visto tantos empresarios con miedo. Uno no sabe cuando ha empezado una dictadura ni en realidad cuando termine. Pienso en Myammar y en Venezuela.

Ya pasados los sesenta años, leo sin mayor emoción que el Comité de Oslo ha entregado este año el Premio Nobel de la Paz a Navi Pillay, una jueza del Tribunal Internacional de La Haya, por el papel fundamental que ha desempeñado para garantizar que los crímenes de guerra, y el genocidio no queden en la impunidad. Y veo que entre las causas que actualmente está juzgando está precisamente una contra Myammar, por la masacre perpetrada por el Ejército contra la minoría rohingya, cuando Suu Kyi ejercía de líder de facto aunque sin ningún poder sobre el Ejército.

Y termino aceptando que aunque el Comité que entrega el Premio Nobel de la Paz no soluciona nada, y que es iluso pensar que pudiera hacerlo, al menos es un enorme faro de luz para señalar aquellos lugares, aquellos hechos y situaciones, sobre los que deberíamos de pensar, conocer, reflexionar. Y actuar.

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