El matador Héctor Gutierrez pone a Aguascalientes en el ojo hispánico durante su corrida

MADRID, 12/10/2026.- El torero Héctor Gutiérrez durante la Corrida de la Hispanidad celebrada este lunes en la plaza de toros de Las Ventas.EFE/ Borja Sánchez-Trillo

El matador mexicano Héctor Gutiérrez dio la cara con firmeza, temple y valor ante la frialdad de Las Ventas de Madrid, dejando momentos de enorme calidad que rozaron el triunfo grande durante la emblemática Corrida de la Hispanidad celebrada el pasado 12 de octubre de 2026.

Tras ganarse el puesto con sangre, sudor y el triunfo absoluto en la Copa Chenel, el hidrocálido se plantó en la primera plaza del mundo compartiendo cartel con Morante de la Puebla y Aarón Palacio. A continuación, la crónica de una tarde de entrega incomprendida por el palco.

El rugido templado de Aguascalientes en Madrid

El destino y la bravura se citaron en la tarde madrileña. El torero de Aguascalientes, Héctor Gutiérrez, saltó al ruedo venteño consciente de que pisaba el alambre. La empresa no era menor: conquistar Madrid en pleno día de la Hispanidad. [1, 2, 3]

Con su primer enemigo, un toro de Núñez del Cuvillo que exigió colocación y mando, Gutiérrez firmó los pasajes más rotundos de su comparecencia. El inicio de faena tuvo tintes de solemnidad cuando el azteca se plantó firme en el tercio para brindar su labor a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, presente en el palco de honor. [1, 2]

A partir de ahí, brotó el toreo bueno. Héctor entendió las condiciones del astado, tanteando primero sus embestidas para después cuajar series por el pitón derecho con un trazo magnífico, largo y desmayado. Al natural no se quedó atrás; regaló muletazos estimables y un trincherazo de excelsa calidad que crujió en los pocos corazones sensibles de la plaza. Cerró con autoridad por manoletinas y sepultó una estocada efectiva. La petición de oreja fue unánime en los tendidos, con la afición entregada a la verdad del mexicano; sin embargo, la frialdad del palco y la rigurosidad presidencial negaron el trofeo, reduciendo el premio a una sonora y rotunda ovación desde el tercio que supo a gloria y a injusticia.

Con el segundo de su lote —quinto de la tarde—, un ejemplar de Garcigrande llamado “Treinta y Tres”, la historia demandó más exposición. Recibió al toro con verónicas templadas desde el tercio y brindó formalmente al respetable. Aunque el astado careció de la transmisión idónea y Las Ventas pecó de una alarmante frialdad en ese tramo de la función, Gutiérrez no abdicó. Pisó terrenos de mucho compromiso, se cruzó con pureza e intentó alargar la sosa embestida del de Garcigrande a base de firmeza y colocación.

Gutiérrez demostró que ya no es una promesa, sino un torero cabal, maduro y con el oficio suficiente para competir al tú por tú en cualquier feria del suelo ibérico. No hubo Puerta Grande física, pero la autoridad moral mostrada en el ruedo de Las Ventas dejó las bases sentadas para una prometedora campaña europea. México tiene un torero de época listo para seguir tronando en el Viejo Continente. (I)

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