Ecuador, viernes 19 de enero de 2018

La disolución de los Dioses

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Desde que los primeros rumores del verano aparecieron, un viento feroz ha decidido azotar violentamente los árboles y edificios de Quito. Su rugido, por las noches, es voraz. Este viento es coherente. Se parece, en gran medida, a la actitud que miles de ciudadanos han asumido en el país.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


Publicidad

Desde que los primeros rumores del verano aparecieron, un viento feroz ha decidido azotar violentamente los árboles y edificios de Quito. Su rugido, por las noches, es voraz. Este viento es coherente. Se parece, en gran medida, a la actitud que miles de ciudadanos han asumido en el país. Son días ventosos y eso se expresa en la rabia de gran parte de los ecuatorianos.

He visto en fotografías que corresponden al pasado jueves 25 de junio, rostros que encarnan la más desgarradora desolación: Ricardo Patiño, Jorge Glas, Doris Solís, Alexis Mera, Pavel Muñoz y Javier Ponce, aferrados a las barandas del balcón presidencial, viendo absortos los amplios espacios vacíos de la Plaza de la Independencia, mientras el ruido de las protesta opositora viajaba con rapidez por el aire y se acercaba peligrosamente a las inmediaciones del palacio.

Esas fotos, que ha publicado Diario El Comercio, son muy significativas. Pienso que expresan con gran nitidez la realidad de Alianza País y del correísmo en estos momentos. Han perdido el control del país. Sus rostros desesperados son solo el testimonio de algo que indefectiblemente estaba previsto pero que ellos jamás han podido aceptar. El fin de su mandato. Después de los triunfos electorales que lograron, pensaron que para ellos la vida sería el poder y que sus cargos los acompañarían por décadas, hasta el día de su muerte.

Lo cierto es que asistimos al desmoronamiento indetenible de un ídolo. Quizá este proceso sea lento, pero es inevitable. Por eso no puedo imaginarme la desolación que hoy habita en esos cuerpos, antes soberbios. La soledad del poder, por primera vez pero con fuerza, se está metiendo por las ventanas del Palacio de Carondelet. Ha comenzado la desesperación.

Rafael Correa está desesperado. No soporta la idea de que la desolación lo embargue, de que la realidad derrumbe su vigoroso castillo de naipes. Su última sabatina fue eso: un desesperado intento de inventar la verdad una vez más. Siempre lo ha hecho, por medio de su propaganda. Pero hoy, por fin, los artilugios de Fernando Alvarado no sirven. Por el contrario, la propaganda está desnuda y el descubrimiento de que su retórica folclórica tiene un tufo a falsedad alienta la indignación y la rabia popular.

Y Correa, en su desesperación, termina por desnudarse: dice, y no se sonroja al hacerlo, que jamás insulta en las sabatinas, que él únicamente es irónico no vulgar, que en Guayaquil solo marcharon 70 mil personas, que la gente empezó a irse durante el discurso de Nebot, que fueron obligados a asistir y engañados con ofrecimientos. Ya salió Gina Godoy, en un arrebato similar, a decir que quienes protestan en la Shyris lo hacen bajo el efecto de alcohol y sustancias. Así de desesperados están.

Pero no todos. Hay quienes para no caer en la desesperación recurren al autoengaño, que es una forma más ridícula de la desolación. Y sin medir las consecuencias siguen conduciendo su delirante maquinaria intimidatoria. Es el caso de Fernando Alvarado que, incapaz de entender la realidad, ha amenazado a Fundamedios recordándoles a sus directivos las causales de disolución de las fundaciones por emitir sus alertas de ataques a la libertad de expresión. Y no contento con eso ha citado a Roberto Aguilar a confesión judicial en el marco de las diligencias preparatorias para un juicio por calumnias y desprestigio.

Alvarado, que jamás en su vida ha logrado escribir una línea con la sintaxis y coherencia de Roberto Aguilar y que –como el país lo sabe- no comprende de rigor académico, lanza sus “golpes blandos” y no sabe que lo único que consigue es dar más razones para que la ciudadanía salga a protestar. Así de galopante es su ego y la verdad es que no quisiera estar en sus zapatos: a fin de cuentas es él el arquitecto de ese deforme y obeso edificio que con temblor se empieza a derrumbar.

Lo más sorprendente es que su legado no será el socialismo ni la justicia social, que nunca buscaron, sino la resurrección y consolidación de la derecha más reaccionaria. Nada había podido devolver la proyección nacional al cadáver político de Jaime Nebot, solo los desaciertos y la soberbia de Alianza País. Son ellos, los correístas que están en el gobierno, los que le hacen el juego a la derecha y les sirven el país en bandeja de plata.

Ahora, Alianza País ve mermada su capacidad de contrarrestar las protestas con sus contramarchas, no tanto porque no les alcance el dinero para los sánduches sino porque simplemente ya no despiertan la ilusión de nadie, peor aún el miedo. Ni siquiera las súplicas del Ministro de Defensa Corcho Cordero, en el Twitter, han logrado convocar suficiente gente en la Plaza de la Independencia, peor aún en la Shyris donde los fanáticos correístas no tuvieron más remedio que partir en retirada y ceder el espacio a las indignadas manifestaciones opositoras.

No puedo dejar de contemplar, con gran expectativa, este proceso alucinante y ventoso. Este viento que nos recorre. Asistimos no solo a una reconfiguración del escenario político ecuatoriano sino a un momento que recordaremos por siempre. Decía el poeta Wallace Stevens: “Una de las grandes experiencias humanas es ver a los dioses disiparse en el aire y disolverse como las nubes. No es que hayan traspasado el horizonte para desaparecer por un tiempo, ni que hayan sido derrotados por otros dioses más poderosos y más sabios. Simplemente, no llegaron a nada”.