La apuesta del olvido

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

¿Es el Ecuador de hoy el país que soñaron la generación de Olmedo, Letamendi, Urdaneta y Rocafuerte? ¿Ha sido el Ecuador de hoy fiel a la visión que ellos tuvieron? Definitivamente que no. El Ecuador de hoy no es el país que soñaron los forjadores del 9 de Octubre de 1820. El país que esa generación soñó es ahora un país condenado por la corrupción y dominado por la mediocridad, un país donde una banda de delincuentes y demagogos gobernó por una década, asaltó con furor las arcas fiscales, se apoderó de las cortes de justicia, persiguió, secuestró y hasta asesinó a quienes se opusieron a su desgobierno. Y a pesar de eso la mayoría de ellos andan muy orondos, libres por las calles o en sus casas, forrados de dinero y el único que está detenido se da el lujo de recibir un sueldo del Estado, de ese Estado que él y su pandilla contribuyeron a destruir.

Ese no es el país que soñó Olmedo, ciertamente. Mientras Rocafuerte puso dinero de su peculio personal para hacer obras para Guayaquil cuando fue gobernador de la provincia del Guayas, los políticos de hoy hacen todo lo contrario. Toman dinero del erario nacional para convertirlo en su peculio personal. Mientras Olmedo se rebeló contra la dictadura de Flores, muchos de los políticos de hoy optaron por acomodarse a la dictadura correísta, y encima tratan de que el país meta debajo de la alfombra del olvido lo sucedido en la pasada década. Porque esa es la gran apuesta de la pandilla de delincuentes que nos gobernó y de quienes se enriquecieron con la obra pública. Todos ellos apuestan a que el país se olvide de sus delitos y que vire la página de sus atracos.

Ese no fue el país que soñaron Roca y Veintimilla. Hoy se ha llegado a tal punto de insolvencia ética que no hay vergüenza en sostener que la corrupción no es el principal problema del Ecuador, que ello es un asunto secundario, que a la gran mayoría de ecuatorianos –que son gente pobre, de escasa educación– no les importa que haya o no transparencia en la gestión pública, sino que haya trabajo. En otras palabras, es como si la ética, la moral y la honestidad en el manejo de la cosa pública sean virtudes que solo pueden apreciar las personas de un alto nivel económico. Ese no era el Ecuador que soñó Olmedo. Y hoy, en vez de invocar su memoria, sería mejor que canalicemos esa memoria en recordar no tanto lo que la gente de su generación hizo por darnos un país independiente y justo, sino lo poco o nada que hemos hecho para que esos sueños se cristalicen. El mejor homenaje a la generación de Olmedo no es hablar tanto de él, sino vernos en el espejo de hoy y contemplar el país que hemos destruido o que hemos dejado que lo destruyan, y tener conciencia de lo mucho que nos falta por hacer. (O)

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