Sobre la conquista

Luis Espinosa Goded
Quito, Ecuador

La historia, como cualquier realidad, es susceptible de interpretación. En el caso de la historia la interpretación es trascendente pues configura cómo nos entendemos a nosotros mismos. Y especialmente importante es la interpretación del mito fundacional. Toda nación tiene un mito sobre el que se construye el imaginario colectivo. En el caso de las naciones latinoamericanas uno de sus mitos fundacionales es “La Conquista”, más bien el victimismo de la conquista española. Es, curiosamente, un mito victimista, no triunfante como la mayor parte de los mitos fundacionales.

El problema con lo comúnmente creído sobre la conquista es que se basa en tres falsedades. La primera es esa imagen de Arcadia feliz de la América precolombina, la segunda es la especial crueldad de los españoles, y la tercera es que fueron unas guerras entre indígenas y españoles. Analicémoslas.

En primer lugar pues los imperios precolombinos inca y azteca, fueron dos de los imperios más crueles de la historia. Los aztecas por lo masivo y crueles de los sacrificios humanos que realizaban; y los incas por lo brutal de su comportamiento hacia los pueblos conquistados. La América precolombina no era una Arcadia feliz del buen salvaje rousseauniano, eran pueblos crueles y con un desarrollo cuestionable. Había una astronomía notable, una mitología riquísima, una farmacopea natural muy potente; todo muy cierto, pero una estructura muy violenta.

Con respecto a la especial brutalidad de los españoles, es tan sólo fruto de la leyenda negra que fomentó la hispanofobia, ese mito alimentado por las potencias protestantes enemigas del imperio español. Evidentemente fueron guerras de conquista donde se cometieron atrocidades, pero como en todas las guerras que ha habido en toda la historia, ni mucho más, ni mucho menos. Es cierto que murió una parte considerable de los indígenas durante el periodo de la conquista, pero murieron no debido a la brutalidad de los españoles sino por causa de las enfermedades, pues el sistema inmune de los habitantes de América no estaba preparado para las enfermedades que trajeron los de Europa, así como el sistema inmune de los europeos no está preparado para las enfermedades de América.

Un siglo antes de la llegada de Colón a América en Europa murió un tercio de la población de la peste negra, y un siglo después de la conquista, en 1649 en Sevilla murieron más de la mitad de la población de peste bubónica. La historia de la humanidad está llena de tragedias y muertes masivas, pero eso no son genocidios, ni se puede achacar una culpa horrible de los conquistadores.

Con respecto al tercer mito, la lucha entre españoles y los indígenas, es quizá el más ofensivo para la historia ecuatoriana, pues es inexplicable cómo unos pocos cientos de españoles, por muy aguerridos que fueran, fueron capaces de conquistar imperios con decenas de miles de soldados. La realidad es que la conquista del Imperio Azteca fue posible gracias a las alianzas de Hernán Cortés con los pueblos de Tlaxcala y otros; y la de Pizarro del Imperio Inca a la participación de los indígenas originarios de lo que hoy es el Ecuador, como los cañaris o los mantas. Por tanto no lucharon españoles contra indígenas, sino los pueblos oprimidos por los imperios quienes, encontrando un elemento nuevo en el orden establecido al que pudieron aliarse, aprovecharon para sublevarse contra la fuerza imperial.

Además, desde muy temprano en la conquista, 1537, hubo guerras civiles entre los conquistadores, los partidarios de Almagro y los de Pizarro en el territorio andino, con posteriores complicaciones que se alargaron por más de 20 años. Por tanto, no se puede decir que lucharon “españoles contra indígenas”, pues esa es una simplificación muy burda, hubo luchas de liberación de pueblos indígenas contra los imperios inca y azteca, y hubo luchas de poder entre los mismos españoles que hicieron la conquista.

Si los hechos históricos que relato tan sucintamente son tan evidentes (cualquier búsqueda en la wikipedia los puede confirmar), cabe preguntarse por qué el relato que generalmente escuchan y oyen los latinoamericanos es tan distinto. Y hay dos razones poderosas. La primera es que a las élites criollas que lideraron las “guerras de independencia” (de las que también se podría decir mucho, como por ejemplo el saber que no nacieron con la proclama de “¡Viva América Latina libre e independiente!” sino “¡Viva Fernando VII nuestro Rey legítimo!”), les convenía fabricar una imagen horrible de España, para justificar su repentino cambio de parecer por la independencia, y luego legitimar las nuevas repúblicas nacidas.

Después, desde mediados del siglo XX, ha sido la izquierda quien ha dominado la cultura latinoamericana, y su concepción del mundo marxista, de categorías opresores/oprimidos necesitaba de unas víctimas propicias para su categorización, e interpretar la historia de América Latina en función de la opresión española justificaba la secular revolución pendiente América, y con ello la violencia.

El problema del relato victimista es que es pobrista. Si el “nosotros” somos víctimas, no somos responsables de lo que nos acontece, sino otros. Se acaba creando una imagen de sujetos pasivos de la propia historia, pero no llamados a la acción por la transformación a mejor. Ese relato victimista es el que ha calado en gran parte de América Latina, que cuando no culpa a “los españoles” culpa a “el imperio yanqui” de todos los males de este continente, como ya señalaron hace más de 20 años Apuleyo, Montaner y Vargas LLosa en el “Manual del Perfecto idiota latinoamericano”.

El nuevo relato que culpa a España de la falta de desarrollo en América Latina, algo más sofisticado, se basa en el concepto de “instituciones”, pues Acemoglu y Robinson en “Por qué fracasan los países” achacan a las instituciones extractivistas de la colonia española el subdesarrollo de América. Coincido plenamente en resaltar la importancia de las instituciones, un concepto económico de primera magnitud, pero si se siguiese las tesis de Acemoglu habría un determinismo histórico que haría imposible el desarrollo. Son demasiados en América Latina quienes parecen adherirse deseando, en broma o en serio, que “nos hubiesen conquistado los ingleses”, obviando que la conquista española produjo el mestizaje, no así la inglesa, por inquietantes razones que convendría analizar.

Pero las tesis de Acemoglu se ven superadas por las de Deirdre McCloskey, quien en el tercer tomo de “Las virtudes burguesas” señala que es “el relato” lo que transforma los valores y con ellos las instituciones de las naciones. Por eso es tan importante lo que nos contamos sobre nosotros mismos. Y la conquista latinoamericana tiene grandes gestas por contar. Desde que supuso el nacimiento de los derechos humanos, pues en las Juntas de Burgos de 1512 (hay que observar lo temprano que fue) y de Valladolid de 1550 se discutió si todos los seres humanos tenían alma, y por tanto los mismos derechos, estableciéndose que sí, y que por ello los deberían evangelizar.

A día de hoy nos cuesta entender la importancia que tenía en la época la labor evangelizadora, pero fue el equivalente al altruismo de nuestro tiempo, se pensaba que si una persona no era convertida sufriría toda la eternidad, por ello era caritativo e importante el “salvarla”; y fueron miles los frailes y sacerdotes de todas las órdenes quienes hicieron una impresionante labor evangelizadora, y por el camino, alfabetización, recopilación escrita de las lenguas vernáculas y denuncias de los abusos de los encomenderos. El catolicismo ha sido importantísimo para gran parte de los latinoamericanos en estos cinco siglos, a día de hoy el 79% de los latinoamericanos son cristianos.

El castellano, la hermosa lengua común que todos nosotros hablamos, es otro de los grandes logros de la conquista y de América Latina, es el mayor tesoro que tenemos todos, pues nos permite comunicarnos a uno y otro lado del Atlántico, compartir una literatura riquísima común, desde Garcilaso, el primer literato de este lado, hasta Vargas LLosa, quien goza de nacionalidad a ambos lados. No fue (solo) una lengua de imposición, sino la lengua de comercio, de comunicación, de cultura, pues siempre es más conveniente hablar la lengua de muchos y que es unificadora para la propia prosperidad y crecimiento.

Aún a día de hoy es asombrosa la ingente la labor constructora de la corona española. Se fundaron más de 300 hospitales en América Latina tan tempranamente como en el siglo XVI, se fundaron universidades. Se erigieron cientos de iglesias, plazas, caminos, no hay más que recorrer América de norte a sur para ver todo lo que se logró en tan poco tiempo, y lo bello que es.

Y, sobre todo, el mayor logro ha sido el propio mestizaje de los latinoamericanos, el continente entero y sus gentes. No es cierto que el mestizaje es fruto de las violaciones, que seguro que las hubo, como en toda la historia, pero en su mayor parte los latinoamericanos son fruto del encuentro de los dos mundos.

Sería mucho más bonito, más real, y más enriquecedor para toda América Latina, que en lugar de centrar el relato de la Conquista en la violencia, los abusos o lo perdido (que de todo ello hubo, es innegable); se resaltase el encuentro de dos mundos, la ganancia y la unión. Para ello, en este mismo espíritu, Salvador de Madariaga escribió el hermosísimo libro “Corazón de piedra verde”. Todos conocemos a los héroes militares de la conquista, pero pocos sabemos de Francisca Pizarro Yupanqui, mestiza, hija de Francisco Pizarro, conquistador, y de Inés Huaylas Yupanqui, hermana de Huáscar y Atahualpa; de una vida novelesca en ambos mundos; y es ella mejor representante de América Latina, hija de los dos mundos (con miles de mundos en cada uno), con las dos lenguas, con los dos dioses, con las dos herencias.

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