Igualitarios

Raúl Andrade Gándara
Rochester, Estados Unidos

Mirar al mundo con la mente abierta es un ejercicio doloroso pero necesario. Entender que las diferencias se manifiestan a diario es constatar nuestra imperfección humana. Las intransigencias sólo llevan al encono, al enfrentamiento y al dolor del aislamiento. En una sociedad tan vertical como la nuestra, acostumbrada a mirar con desprecio y agresividad todas las conductas disonantes, cada atisbo de cambio genera fuertes controversias y cuestionamientos. La forma más eficaz de entenderse es quizás desde la experiencia individual, y no desde las normas inculcadas por una sociedad rígida y patriarcal.

Aquí expondré mi criterio nada más. He tenido y tengo amigos homosexuales. No comparto sus gustos pero respeto su elección. Conozco algunos que llevan su vida con decoro en una sociedad machista e intransigente. Otros no. Pero he visto su sufrimiento y su lucha para lograr reconocimiento incluso en su propia familia, para poder expresar su verdadera posición en la vida sin temores ni hostigamiento.

Son señalados y maltratados desde las aulas del colegio, objeto de un “ bullying “ cruel e imperdonable por ser distintos. Nadie reconoce sus cualidades artísticas ni intelectuales, o de cualquier tipo, pues sus inclinaciones los inhabilitan para ser aceptados en un grupo obligado a actuar como “macho”, y atemorizado también por cualquier indicio de homosexualidad que los demás puedan encontrar en sí mismos.

El ser humano es terriblemente complejo, cambia, involuciona y evoluciona según las épocas. En la antigua Grecia, los efebos formaban parte de la familia, eran símbolo de estatus y acompañaban a filósofos famosos. El varón, soberbio y viril, ducho en las artes marciales, fue el símbolo de otras épocas, minimizando a las ambivalencias de épocas anteriores. El respeto a la diversidad es algo que se ha proclamado como norma y se ha violado con gran frecuencia. Demasiado humano para ser aceptado.

Implica reconocer que no somos dioses, ni perfectos. Simplemente humanos y falibles. Tuve ejemplos de compañeros violentos y abusivos que escondían terribles falencias en su casa y en su vida. Súper machos con inclinaciones inconfesables hasta hoy. En fin, tantos ejemplos que nos revela la vida. Respeto pues su derecho a hacer su vida, a ser respetados y socialmente aceptados, a pesar del rictus de disgusto de los intransigentes.

No acepto sin embargo la pretensión de adoptar a un niño indefenso para influenciar su vida con un ejemplo fuera de lo normal. Uno de los fines del matrimonio es la procreación e inculcar valores. La familia es la base de la sociedad. Y sus valores se encaminan a perpetuar la especie, no a alterarla.

La sociedad tiene muchas falencias. Los huérfanos, así como los hijos de familia, tienen derecho a elegir sus inclinaciones y valores en libertad. Es igual de repudiable el abuso a menores por parte de sus familiares que el propiciar que un niño se eduque con valores que no son los propios. Un hijo no es una mascota a la que se le enseña modales. Es una responsabilidad social y de vida.

La homosexualidad ha sido perseguida, maltratada y agredida. Pero está allí. Y reclama su puesto en la sociedad. Es muy difícil trazar una línea que satisfaga a todos. Pero sin duda los hijos, aunque hayan sido fruto de una concepción irresponsable, tienen derecho a escoger su vida sin coacción por parte de sus padres adoptivos. El estado está obligado a protegerlos y permitir su desarrollo en libertad. Lo demás es literatura barata.

Los extremos han sido siempre malos. No caigamos en el error de defender ciegamente ninguna de las dos vertientes. Aprendamos a vivir con nuestras diferencias.

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