Roberto Fernández Retamar: Calibán en el paredón

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Hace pocos días murió en La Habana Roberto Fernández Retamar a los ochenta y nueve años. Aparecieron columnas laudatorias que invocaban sus textos y germinaron cientos de plañideras latinoamericanistas que lo entronaron como una suerte de Frantz Fanon cubano, merecedor de santa memoria y canonización secular por haber propuesto una singular teoría de la descolonización en “Calibán”, ese libro mutante que se publicó por vez primera y abreviada en la revista “Casa de las Américas”, en 1971. La trayectoria de Fernández Retamar es igual de azarosa que “Calibán” y merece ser recordada.

Como escribe el historiador Rafael Rojas, es posible que Fernández Retamar haya sido el escritor cubano más letrado de su generación. Fue, de lejos, el intelectual más fiel y eficaz del proyecto socialista cubano. Tuvo una formación impecable en La Habana, Londres, La Sorbona, Yale, Columbia y El Colegio de México, donde maduró como poeta, ensayista literario y crítico político y cultural. En 1952, cuando tenía apenas veintidós años, el poeta Cintio Vitier lo incluyó en una sonada antología poética auspiciada por el gobierno del dictador Fulgencio Batista. Así, a tiernísima edad pasó a formar parte de los círculos intelectuales más exquisitos de la Cuba revolucionaria, donde se medía con talentos de la talla de José Lezama Lima, Virgilio Piñera o Guillermo Cabrera Infante.

Al llegar la Revolución Cubana, Fernández Retamar se alejó de manera progresiva de estos grupos hasta criticarlos abiertamente por su naturaleza burguesa y conservadora. Desde entonces militó hombro a hombro con el proyecto castrista y, en poco tiempo, consiguió hacerse un espacio gerencial en el aparato cultural cubano y su política exterior. No se le puede negar la virtud de un conocimiento enciclopédico en literaturas clásicas y modernas y en el traslado de ese talento a la retórica de defensa de la nueva Cuba: Fernández Retamar fue el más brillante ideólogo y defensor de la Cuba socialista, al menos durante las décadas de los sesenta y setenta.

“Calibán” apareció en un momento de durísimo disciplinamiento de artistas y pensadores cubanos, siempre según Rojas. Sin embargo, pese a la inmensa capacidad intelectual de su autor, el libro es un extraño amasijo de nativismo postcolonial con ataques personales a escritores y pensadores. Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes fueron pasados por las armas de la prosa de Fernández Retamar durante sus diversas ediciones. Pero “Calibán” no es un libro insólito por estas razones. Lo es porque ha sido uno de los artefactos ensayísticos más retocados de la literatura latinoamericana.

Cuando era niño, en mi casa de Quito, había un ejemplar cubano que seguramente no superaba las setenta páginas. Muy distinto del musculoso tomo que encontré en el aeropuerto de La Habana, hace unos ocho años. Fernández Retamar retocaba su obra una y otra vez, dependiendo de las necesidades políticas del gobierno de su país y de las rencillas literarias en las que se inmiscuía. Una de las citas más célebres de “Calibán”, es, de hecho, el “mariposeo neobarthesiano de Severo Sarduy”, que delató, a él y su régimen, como una junta de homófobos ilustrados.

A medida que Cuba se volvía una parodia de sí misma, Fernández Retamar retocaba su texto para volverlo contemporáneo, aunque el resultado fuera un collage de concordias contextuales. Hay “Calibanes” para todos los gustos: el de 1971 o los de 1987, 1991, 1992, 1993 o 1995, año a partir del que cae en un extraño olvido, tal vez provocado por su anacronismo en pleno Período Especial, que mataba de hambre a la población cubana, o porque sencillamente los estudios postcoloniales se volvieron trending topic para comprender la realidad latinoamericana. Por eso, es imposible afirmar que se leyó el “Calibán”. Podría decirse, más exactamente, que se leyó uno de los “Calibanes” disponibles.

No es casual que el redescubrimiento de este libro fuera impulsado y legitimado por la universidad estadounidense. En 2003 apareció su versión definitiva, prologada por Fredric Jameson, uno de los teóricos más conocidos en el área de las humanidades anglosajonas. De esta versión hay, hasta donde sé, ediciones argentinas, cubanas y puertorriqueñas. Lo que comenzó como ensayo de revista cultural, terminó como una de las biblias de diversas generaciones de militantes de izquierda, cada cual con el ejemplar que más le convenía.

Como gesto poético, el mismo año de la última reescritura de su libro más famoso, Fernández Retamar mandó fusilar a tres hombres acusados de robar una “Lanchita de Regla” con que pretendían llegar a los Estados Unidos. De otros gestos similares tiene llena la memoria el poeta y ensayista cubano Antonio José Ponte, quien me los contó detalladamente una más de sus tardes en el exilio.

El mejor epitafio para esa embarcación de muchachos muertos es justamente un cuarteto que Fernández Retamar escribió en 1962, sin saber de la sentencia que saldría cuarenta años más tarde de su puño y letra: “Eres la forma de nuestra existencia/Eres en que nos afirmamos/Eres la hermosa, eres la inmensa caja/Donde irán a romperse nuestros huesos/ Para que siga haciéndose su rostro”.

No hubo funeral de Estado. Fernández Retamar pidió que sus cenizas fueran echadas al mar.

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