Entre la popularidad y el delito

Ricardo Noboa
Guayaquil, Ecuador

Al Capone era popular. Lucky Luciano también. A Pablo Escobar la gente lo adoraba en Medellín. Ello en la vida real. En la ficción, Vito Corleone se convirtió en “el Padrino” de Little Italy después de ajustar cuentas con el abusivo de Don Cichio. Del cine salimos adorando a la delincuente de Bonny personificada por Faye Dunaway en la primera versión de Bonnie and Clyde. El delito tiene un perfume de heroísmo y a veces hay una línea gris que separa al delincuente del benefactor.

Porque Capone, Luciano, Escobar o Corleone hacían algunas cosas por el prójimo. Daban dinero para obras de beneficencia, construían puentes o caminos en pequeñas poblaciones, trataban bien a la gente común, tenían generalmente un origen humilde y la gente los veía como triunfadores, y así muchos otros. Hubo entierros de gangsters a los cuales acudieron miles de personas. El de Escobar, por ejemplo, a cuyo entierro fue mas gente que al de Galán.

Si se hubiese hecho en su momento una encuesta de popularidad entre Capone y Eliott Ness, Ness perdía de largo. El verdadero intocable de Chicago era Capone, hasta que le cayó el SRI. En la política pasa algo parecido, salvando las distancias que puede haber entre los delitos contra la vida y los económicos. “Que robe, pero que haga”, era el eslogan consuelo de muchos mexicanos en la época dorada del PRI, donde el Negro Durazo hacía de las suyas hasta que el escándalo fue tal que llegamos a conocer “lo negro del Negro Durazo”.

Por eso, a nadie le debe llamar la atención que Lula, Cristina Fernández o Correa mantengan un aceptable nivel de popularidad. Así ha sido siempre. Barrabás le ganó la “encuesta” a Jesús cuando los Sumos Sacerdotes con Caifás a la cabeza lo escogieron para sobrevivir aquella mañana del Viernes previo a la Pascua. De modo que nadie debe asustarse ni preocuparse porque Correa tenga un aceptable nivel de popularidad.

Porque carreteras hubo, mejor atención en salud también, edificios públicos un poco mas bonitos igual, el fondo de reserva aumentó el bolsillo de la gente. Cosas como esas. Relativamente fáciles de hacer con un petróleo de Cien Dólares. Pero una cosa es eso y otra muy distinta el delito.

Capone murió en la cárcel, Luciano en el exilio y Escobar fue cazado en una batida. Y lo que hay que hacer con los políticos tipo “Capone” es encontrarles el “contador” que nos cuente las verdades. En el Ecuador, ese “contador” se vistió de Pamela Martínez y Laura Terán, que en cuadernos y computadores han registrado con prolijidad un rosario de delitos que ni el mejor abogado podrá ocultar. Ni disimular.

Porque los delitos van desde la manipulación de la justicia para mandar a la cárcel y terminar las carreras de gente inocente y pobre como los policías víctimas del 30S hasta el cohecho activo (activo por lo frecuente, permanente y uniforme) en base al cual el Gobierno, con la anuencia del Presidente, que duda cabe, conseguía recursos para su partido político a cambio de contratos.

Plata para las campañas siempre hubo. A veces los donantes esperaban que su candidato, de llegar, los “trate bien”. A veces ello ocurría y a veces no. Pero muy distinto es exigir, o pedir –para el caso es igual- contribuciones desde el poder público a contratistas del Estado que buscan mantener o mejorar sus condiciones contractuales. Todo ello en sacrificio del erario nacional.

Por ello, no importa cuan popular sea Correa. Ni Lula. Ni Cristina. En el Ecuador las masas botan Presidentes, pero no los traen. La excepción que confirma la regla fue Velasco el 44. Pero luego se caía y nadie lo defendía. Así es ahora. La popularidad de Correa es abstracta. Lo concreto son las gravísimas acusaciones que lo sindican de ser el autor intelectual del saqueo mas terrible de que se tenga memoria, ejecutado por sus lugartenientes.

Que su juicio sea justo, sin duda. Se lo merece, como todos. Pero que sea justo también con la justicia y con el pueblo. Y que, sin importar su popularidad, la Fiscalía y los Tribunales hagan su trabajo y sancionen “el mecanismo” que usaron autoridades, asesores, ministros e intermediarios para concretar el atraco mas grande de que se tenga memoria. Sin que ninguna encuesta de popularidad haga que les tiemble la mano.

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