Por Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador
Por suerte ya estamos acostumbrados, de toda la vida. Ha sido la receta permanente que nos han dado de almuerzo los políticos de ayer, hoy y siempre. Los que ofrecieron a gritos darnos pan, techo y empleo hasta los que se quedaron sin voz para jurarnos que esta vez la patria ya es de todos. Así que nadie se sorprenda, que esta es una novela repetida: a los panas, a los primos, a los cuñados, a los ñaños, no se toca. A los de la mitad para abajo que se los lleve el diablo, a quién le importa, aunque incluso a veces estos también, con sus minúsculas parcelas de poder, logran escabullirse y hasta palanquearse homenajes, para no quedarse atrás, de la pura envidia.
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