Los niños se llevan la peor parte de la ofensiva en Alepo

ARCHIVO - Esta fotografía de archivo del martes 27 de septiembre de 2016 suministrada por el grupo sirio de defensa civil conocido como Cascos Blancos, muestra a un socorrista cargando el cadáver de un niño después de los bombardeos contra el barrio de al-Shaar en Alepo, Siria. Casi 100 niños han muerto en la última semana en Alepo por los bombardeos de aviones sirios y rusos. (Defensa civil siria vía AP/Archivo)

BEIRUT, Líbano (AP) — La pequeña de 6 años fue hallada bajo los escombros de su casa en la ciudad de Alepo, la cual fue destruida por un bombardeo. «Polvo», gritó mientras los socorristas retiraban las piedras y los restos que la cubrían, hasta que finalmente lograron liberarla y ponerla en una camilla mientras gritaba por su padre.

«Olvídate del polvo. Te voy a lavar la cara y darte agua. Anda, cariño», le dijo un socorrista.

Golpeada y herida, pero con vida, Ghazl Qassem fue una de los afortunados sobrevivientes de hace unos días. El viernes, cuatro días después del bombardeo, los socorristas aún buscaban entre los escombros del edificio de apartamentos, de donde habían recuperado 20 cadáveres, incluidos los de nueve niños, la mayoría familiares de Ghazl. Se presume que al menos otras tres personas estaban dentro.

De acuerdo con UNICEF, por lo menos 96 niños se cuentan entre los 320 muertos en Alepo desde que un cese al fuego colapsó el 19 de septiembre y aviones de guerra sirios y rusos atacaron los barrios del oriente de la ciudad ocupados por la oposición. Casi un tercio de los 840 heridos en el mismo periodo son niños, de acuerdo con la OMS.

«Alepo es uno de los lugares más peligrosos del mundo, y en la última semana se ha vuelto quizá el más peligroso del mundo para los niños», dijo a The Associated Press Juliette Touma, directora regional de comunicaciones de UNICEF.

Casi 300.000 personas, incluidos 100.000 niños, están atrapadas en los distritos orientales de Alepo, un foco de resistencia desde hace 5 años que ocupa unos 13 kilómetros (8 millas) de largo por 5 km (3 millas) de ancho y que, de acuerdo con trabajadores de defensa civil, ha sido blanco de 1.900 bombas durante la última semana.

La ofensiva ha destruido hospitales, clínicas, edificios residenciales, generadores eléctricos y suministros de agua.

Los padres luchan desesperadamente por mantener a sus familias a salvo y temen una inminente ofensiva terrestre. Tienen pocas esperanzas para el futuro, ya que no hay escuelas y muy poco alimento. Las imágenes de niños heridos y llorando, cubiertos de polvo o siendo rescatados de los escombros, se han vuelto una realidad cotidiana en Alepo.

«Estamos resignados a la voluntad de Dios», dijo Khaled Sakka, padre de 10 niños, todos menores de 14 años. Él, sus tres esposas y los niños duermen en una habitación en medio de la casa, la única medida de seguridad que tienen contra los bombardeos nocturnos.

«Las bombas derriban edificios de cinco niveles. Incluso llegan a los búnkers», dijo.

Los niños heridos pocas veces reciben atención médica, y a veces mueren, dada la saturación de los hospitales de Alepo. Sólo hay 30 doctores en los barrios controlados por la oposición; es decir, un médico por cada 10.000 habitantes. En tiempo de paz, lo normal era un médico por cada 1.000 habitantes, dijo Touma.

«Es difícil saber cuántos (niños) están traumatizados, pero uno pensaría que todos han sido afectados por los horrores, en especial por el recrudecimiento de la violencia en la última semana», dijo.

Las bombas antibúnker, diseñadas para destruir estructuras subterráneas, ha sido usadas constantemente, quizá con el fin de eliminar los túneles o los búnkers usados como refugios por los miles de combatientes que defienden los distritos.

Pero tales bombas también amenazan los refugios subterráneos donde los civiles se refugian y donde los niños toman clases. En los últimos años, la mayoría de las clases se dan en los sótanos debido a los combates y a la amenaza de bombardeos.

«El uso de bombas antibúnker significa que literalmente no hay dónde mantener a salvo a los niños», dijo Nick Finney, del grupo Save the Children, que opera 13 escuelas en el este de Alepo, ocho de las cuales son subterráneas. «Ahora es más común ver a los niños entre escombros o en el piso de un hospital que en un salón de clases».

Los médicos dicen que la cifra de niños muertos podría ser más alta de lo que se informa debido a que algunas familias entierran a sus muertos sin llevarlos a hospitales o a las morgues, y muchas víctimas siguen enterradas en los escombros.

El doctor Hatem, uno de los dos pediatras que hay en Alepo, dijo que las mujeres y los niños representan el mayor porcentaje de víctimas porque son los que se quedan en casa. Hatem dice que ya tenía mucho trabajo incluso antes del recrudecimiento de los combates de la última semana, y que atendía a entre 80 y 120 niños al día.

También ha habido un aumento en el comportamiento agresivo de los niños, y hay indicios de trauma, como mojar la cama y dejar de hablar, dijo Hatem, quien sólo dio su apellido por miedo a su seguridad.

Ghazl Qassem estaba en casa con sus cuatro hermanos, su madre embarazada, sus primos y su abuela cuando la bomba les cayó el martes al mediodía. Su edificio está junto a un hospital en un vecindario donde hay varias clínicas especializadas. Los hospitales han sido blancos frecuentes de la reciente ofensiva.

El padre del niño, Hussein, no estaba en casa.

Pero desde el ataque del martes no se ha apartado de los escombros, mientras los cadáveres de sus familiares han sido recuperados, incluida su esposa y tres de sus hijos, dijo un vecino, Tamim Selim.

Ghazl se ha estado quedando con una tía. «Tiene pesadillas. Está en shock. Se duerme, despierta, ve fotografías en el teléfono de su madre y llora», dice Selim.

Abdul-Majid Malah, un vecino, padre de tres, acudió al lugar tras el bombardeo.

«Sólo vi polvo. Cuando se asentó, el edificio estaba en los suelos», relata.

Sus hijos, de 2, 3 y 4 años, corren a sus brazos cada vez que oyen una bomba, dice. Luego vuelven a jugar.

No hay refugio subterráneo adecuado en su edificio donde puedan refugiarse su esposa, Malah, y sus hijos. «Sólo podemos orar para que las bombas no nos caigan encima».

Agregó que se queda despierto toda la noche para ver dónde están cayendo los misiles. «No podré cambiar el destino, pero estoy muy estresado para dormir».

El parque que está junto a su casa fue bombardeado el mes pasado, así que no le permite a sus hijos estar afuera. El viernes, una bomba incendiaria cayó afuera de su edificio, pero nadie resultó herido.

«Sobrevivimos sólo con la esperanza», dijo. (I)

 

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