Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Carlos Arcos Cabrera: “La literatura no te ofrece certezas, desata dudas”

El novelista ecuatoriano Carlos Arcos Cabrera, en entrevista con Miguel Molina. Barcelona, noviembre del 2013. Foto de María Augusta Albuja

Quito.- Es uno de los escritores ecuatorianos más leídos y con mayor proyección. Carlos Arcos Cabrera se ha convertido en un narrador de escritura diaria y poco descanso. Sin embargo, siempre enriquece su escritura leyendo las grandes obras de los autores que ama.


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Con ocasión de la segunda edición de su última novela,  Para guardarlo en secreto’ (Alfaguara, 2015), Arcos Cabrera -que también es columnista de este portal- nos ha concedido una entrevista en la cual reflexiona sobre los temas de su más reciente obra pero también sobre lo que ha sido el viaje de su escritura a través de estos años y de sus novelas.

Cada una de sus novelas aborda temas muy diversos. ¿Cómo ha sido su viaje, como escritor, a través de cada uno de sus argumentos y de sus propuestas estéticas?

– Efectivamente ha sido un viaje por diversos territorios y con múltiples acompañantes. El territorio de los mitos amazónicos, la élite de una ciudad de provincia, una familia peruana asediada por el autoritarismo y la violencia, un joven músico otavaleño que descubre ‘Huasipungo‘ de Icaza y por último, en la más reciente novela, la historia de una amistad entre un gato y un niño migrante que comparten su tiempo y sus inquietudes en el universo de los videojuegos. Hasta ahora ha sido un viaje lleno de intensidad, de emociones, de alegrías y tristezas. Además me ha permitido jugar con las formas literarias en medio de una estrategia narrativa en la que predominan múltiples voces.

Ya en ‘Memorias de Andrés Chiliquinga’ usted trabajó la metaliteratura. ¿Cómo entender una novela que nace de un cuento de Cortázar?

– Siempre me fascinó la extraordinaria capacidad de Cortázar para crear un mundo en unos pocos párrafos. Esa misma capacidad disparaba en mí la fantasía. ¿Qué pasaba después? Eso me sucedió con el cuento ‘Cómo se pasa al lado’ que consta en ‘Un tal Lucas’, en el que un científico argentino descubre que los gatos son teléfonos a través de los cuales nos llegan mensajes. A partir de ese hecho construí la historia de ‘Para guardarlo en secreto’.

Cada una de sus obras han tenido lugar en escenarios distintos. En ‘Memorias de Andrés Chiliquinga’ usted ya exploró los confines de la gran manzana. ¿Cómo fue que Nueva York se convirtió en el escenario de ‘Para guardarlo en secreto?   

– Únicamente allí, podía darse el encuentro entre el gato, testigo del atentado a las Torres gemelas y Tommy, el chico migrante. No se me ocurre ninguna otra ciudad en la cual ese encuentro sea posible. Es un encuentro entre dos seres solitarios que se unen en una aventura intensa en el universo de los videojuegos.

En su novela usted explora el mundo de los video juegos: ¿son realmente una forma de narrativa, de épica y de ficción?

– En la medida en que los video juegos se conviertan en universos abiertos en los cuales el resultado del juego no esté predeterminado por una serie de algoritmos, es decir que el juego aprenda de las decisiones del jugador, los video juegos serán el escenario de una nueva épica en una universo ficticio, y sin embargo con una capacidad excepcional de despertar sensaciones y sentimientos. Los niños de ahora vivirán la ficción en los videojuegos más que en el cine o en la literatura.

En su novela un personaje fundamental desaparece y no queda claro que le sucedió. Javier Cercas, escritor al que usted conoce, dice que la literatura plantea preguntas más no respuestas únicas. ¿Usted también construye su obra sobre una visión de la literatura como la posibilidad de formular preguntas y dudas?

– Comparto plenamente la opinión de Cercas. La literatura no te ofrece certezas. Lo que hace efectivamente es desatar dudas. Si quieres certezas consigue un libro de autoayuda. ‘Para guardarlo en secreto’, es una novela de final abierto, no con él ánimo de construir una saga o algo por el estilo, sino porque la vida es así, pues cada decisión que tomamos abre o cierra puertas, aunque todos finalmente tengamos un destino común en la muerte.

Por medio de los videojuegos usted plantea, en un momento crucial de su novela, lo que Eduardo Villacís también trabajó a través de sus ilustraciones, es decir, la reconfiguración de la historia americana. ¿Cómo entender la ficción y la posibilidad de reivindicar la historia de este continente?

– Supongamos que un universo de video juegos, abierto totalmente en sus posibles resultados y que ese video juego reproduzca un realidad histórica, en ese caso la historia puede ser cambiada. La ficción tiene esa posibilidad. El tiempo de la ficción es distinto al tiempo de la historia y sus resultados también. Pero voy más allá. Situémonos en el 2050, en el que el conjunto de la vida será virtualizada. ¿Qué historia contaremos? ¿La de los viejos libros? No lo sé. Lo que presiento es que el concepto de historia y de lo que es la vida está cambiando dramáticamente y dejan sin piso a nuestra viejas nociones y certezas.

Es interesante como todas sus novelas contienen mitos de las culturas indígenas. ¿Cuál es la función de estos mitos en la actualidad?

– No sé si cumplen alguna función. No sé si los mitos son útiles en términos de ayudarnos a vivir en medio de una sociedad cada vez más paranoica y destructiva. No sé cuál pueda ser su sentido práctico. Desde una perspectiva estrictamente literaria, en mi perspectiva, son puertas que potencian la ficción, o mejor dicho, son espacios de diálogo en que diversas formas de vivir la ficción se interrelacionan y dialogan.

¿Cree que haya una resonancia de Icaza y Arguedas, como intertextos, en lo que ha sido su propia obra?

– Si, tal vez en ‘Memorias de Andrés Chiliquinga’ y en ‘Vientos de agosto’. No como resonancia, sino como un diálogo. En todo diálogo resuenan los pensamientos y las ideas del otro. De otra forma no sería diálogo, sino un aburrido monólogo.

En un dialogo de su novela se recuerda el suicidio de Mishima y del joven Werther de Goethe. ¿Qué lo motivó a plantear el tema de la banalidad de la muerte?

– Lo que plantea uno de los personajes de ‘Para guardarlo en secreto’ es que luego de tanto genocidio, de tanta muerte, ésta ha dejado de ser un hecho significativo, excepto para quien muere. Occidente ha banalizado la muerte, toda muerte es anónima, masiva, cuerpos amontonados en fosas comunes. Esa es la muerte en occidente. El personaje en cuestión, Wan, busca una alternativa que la confiera algún significado para los que están vivos y de allí la mención al joven Werther y a Mishima.

Su forma de narrar la vida de un adolescente puede explorar varias etapas de su condición: el descubrimiento del amor, la ausencia del padre, la difícil relación con la madre, la memoria del abuelo. ¿Es usted un adolescente duradero?

– Madurar como escritor significa mantener vivas todas las etapas de la vida y todas las posibilidades de vivir y ser todos los seres posibles: un adolescente y un gato, un otavaleño y una mishu, una chica de clase alta que se entrega a ese otavaleño; en El invitado, un torturador y su víctima. Cuando aceptamos el juego de la ficción, aceptamos dejar de ser lo que creemos ser y nos liberamos para asumir todas las posibles formas de vida.

Usted escribe: “Comprendí que no interesaba cuánto la vida podía durar, sino cada instante vivido”. ¿Cómo comprender, desde esa perspectiva, el hecho de la escritura y el oficio del escritor?

– Confieso que el acto mismo de escribir, se ha convertido en algo insubstancial o, por lo menos, ha trastocado su naturaleza. En El espectro de capote, uno de los capítulos extraviados de la novela ‘Para guardarlo en secreto’ (Alfaguara, 2014) el narrador hace la siguiente reflexión:

«Los muchachos sabían que los manuscritos, los compuscritos, como los llamaban, casi nunca llegaban a convertirse en libros. Ellos escribían y mucho. Subían sus textos a algún blog, los posteaban en el muro de Facebook o los enviaban como cortas frases a través de mensajes que en instantes eran sustituidos por otros digitados simultáneamente en otros lugares y por otras personas.

            —Es la fugacidad de toda palabra escrita y de todo pensamiento —afirmó uno de ellos en una discusión, acariciándose la perilla, de la que nacían unas pocas barbas—. Lo que fue creado para recordar, para tapar los huecos de la memoria, se ha convertido en escritura para ser olvidada».

Creo que allí está la respuesta a su pregunta.

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Miguel Molina Díaz