Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Transiciones

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Hace 23 años, la transición desde la dictadura a la democracia en Chile se inició entre algodones, con un cuidado que evidenciaba los crispamientos que el paso implicaba. Desde entonces, el gran mito que se instaló fue la búsqueda del hito que diera fin a este proceso. Varios hechos se signaron como posibles términos a la transición: la llegada al poder del primer socialista después de Allende (Lagos), la caída de la figura de Pinochet o su muerte, las modificaciones a la Constitución de 1980 en 2005 o una mujer presidente.

No obstan

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Hace 23 años, la transición desde la dictadura a la democracia en Chile se inició entre algodones, con un cuidado que evidenciaba los crispamientos que el paso implicaba. Desde entonces, el gran mito que se instaló fue la búsqueda del hito que diera fin a este proceso. Varios hechos se signaron como posibles términos a la transición: la llegada al poder del primer socialista después de Allende (Lagos), la caída de la figura de Pinochet o su muerte, las modificaciones a la Constitución de 1980 en 2005 o una mujer presidente.

No obstante, justo cuando se van a recordar cuatro décadas del golpe, llama la atención el clima social efervescente y una aparente dicotomía, en la que se enfrentarían la formalidad del sistema democrático -que muchos signan como súper estable y como generador del progreso sistemático del país- y la necesidad de reformas constitucionales, pues buena parte de la población cree que el esquema actual es la amarra que ha impedido avanzar a una democracia más profunda.

La tensión es lógica y de difícil solución. El sistema político chileno es único. La Constitución de 1980 estableció que tanto diputados como senadores se escogen con el llamado sistema binominal, en donde salen elegidos por cada circunscripción dos candidatos de las dos mayorías partidarias. Eso implica que los partidos tenían que formar coaliciones. Pero no bastaba que dos candidatos de una coalición lograran la máxima votación (A alcanza 30% y B logra 25%, los dos de la primera coalición) sino que entre ambos deben doblar en votación a los candidatos de la otra coalición (C saca 20% y D obtiene 10%, ambos de la segunda coalición). Como la suma de la primera coalición es 55% y la segunda logra 30%, en el ejemplo salen elegidos A y C, pese a que B salió segundo en votos. El esquema obliga a un equilibrio entre las dos coaliciones predominantes. Dado que hay reelección, las caras se repiten por muchos años. Y como hay quórum calificado, es casi imposible hacer reformas al esquema.

El equilibrio estructural supuso un status quo que unos denominan estabilidad y otros inmovilismo. En Chile una reforma tributaria en serio, que implique alzas en los impuestos, es muy difícil por el veto de la derecha. Y las discusiones sobre las falencias en educación, sistema de pensiones y de salud, parten del debate sobre los fundamentos actuales del sistema y el financiamiento de las reformas. La discusión sobre una amarra forzosa que genera una inmovilidad/estabilidad que beneficia a parte del sistema político pero no da cuenta de la realidad latente en la ciudadanía, es lo que está en juego en estas elecciones. La derecha, gran beneficiaria del binominal, está experimentando el agotamiento del sistema y la desafección del apoyo ciudadano. Si la reforma a una Constitución derivada de la dictadura que sigue generando amarras hoy, es a través de la institucionalidad o una asamblea constituyente, es un debate necesario para cerrar la transición definitivamente.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en el diario HOY.