Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Justin y el socialismo

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Debe ser muy frustrante para los antiyanquis que nos gobiernan, constatar en carne propia que los Estados Unidos cobran su venganza conquistando más chico/as ecuatoriano/as con la magia de sus espectáculos. Pagar a sus hijos las entradas que costaron cientos de dólares para ver a Justin Bieber, debe ser el peor castigo para sus mentes socialistas, antiimperialistas, llenas de pensamientos de equidad.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Debe ser muy frustrante para los antiyanquis que nos gobiernan, constatar en carne propia que los Estados Unidos cobran su venganza conquistando más chico/as ecuatoriano/as con la magia de sus espectáculos. Pagar a sus hijos las entradas que costaron cientos de dólares para ver a Justin Bieber, debe ser el peor castigo para sus mentes socialistas, antiimperialistas, llenas de pensamientos de equidad.

Así es la vida, camaradas. A todos nos gusta vivir bien y los hijos, nuestros hijos, son el reflejo de lo que fuimos, de lo que somos en realidad, lejos de las palabras y apegados a nuestras acciones. Porque una cosa es cantar que los ricos coman mierda, pero otra muy distinta es asumir que, en el caso nuestro, no es que ahora seamos ricos, sino que, por fin, se está repartiendo con justicia la riqueza. Simplemente, ahora es nuestro turno.

Así que dejémonos de vainas. Cantemos juntos a nuestros muchachos el Baby Ohh, disfrutemos las compras de Halloween que tanto detestamos por ser otra fiesta gringa, pero que en el fondo nos terminan gustando, porque el solo hecho de celebrarla nos ubica en una posición distinta a la que teníamos. Una ubicación más privilegiada, que nos pone junto a aquellos que tanto vilipendiamos en el discurso, pero con los que compartimos ahora en los colegios de los niños, nos damos la paz en las misas de los domingos y nos tomamos un trago en las reuniones de los clubes pelucones. No han sido tan malos, después de todo.

Lo que sí se ve un poco feo es denostar tanto de las delicias capitalistas y, en la primera ocasión, caer víctimas dóciles de sus tentaciones. Demuestra un poco de inconsecuencia. A los imperios se los admira, se los teme o se los enfrenta, de acuerdo a las posibilidades que se tenga. Pero no se vale hacerlo pedazos en las palabras y alimentar su monstrousidad, con los hechos. Tal vez sea nuestro karma, una maldición perenne que no se rompe así no más, por más fotos que se tome nuestro enviado Rafael junto al ruso Putin, el hombre más poderoso del mundo.

Los gringos la tienen tan fácil con nosotros que hasta delegan a un chico canadiense para que les cause fiebre a nuestras chicas. Conocen nuestras debilidades y siguen vendiendo casas en Miami a los ecuatorianos. Reciben con satisfacción a esas revolucionarias que se pegan el viajecito solamente para renovar su ropero. Son pragmáticos. Los negocios son los negocios para ellos y no se resienten mucho porque los políticos que mandan por acá les digan de todo, siempre y cuando nuestros dólares, que son sus dólares, sigan retornando a ellos, a su economía.

Han pasado siete años ya de revolución, pero esa independencia del imperio sigue pendiente. Que los chicos canten las canciones de Justin Bieber y no las de Quilapayún. Que el día del Escudo siga siendo secundario frente al Halloween. Que las películas de terror de Hollywood tengan más comentarios que los homenajes que hace la Asamblea a los AVC. Algo está saliendo mal o quizá solo sea así la naturaleza humana, tan proclive a pasarla bien. ¿Tendrá algo de malo?