Ecuador. Jueves 8 de diciembre de 2016
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Barrio Bolaños: ¿Qué derechos se están defendiendo?

Maricruz González C.
Quito, Ecuador

¿Qué habitante motorizado de la capital o de sus valles no ha visto o ha llevado alguna vez a las mujeres y hombres, jóvenes o ancianos con guaguas de toda edad que piden aventón a la entrada y salida del Túnel Guayasamín?

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué hacen ahí? ¿De dónde vienen? ¿Dónde viven? ¿Por qué deben recurrir, en pleno siglo XXI y en épocas de peligro acechante tanto para conductores como para pasajeros, a que alguien se apiade y les cruce el túnel?

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Ninahualpa, Llumiquinga, Guachamín, Tipán, Criollo, Pacas, Chiliquinga, Rondal, Zailema, Sigcha son algunos de los apellidos de los 58 antiguos comuneros que firman la escritura otorgada por el escribano público Pompeyo Jervis Quevedo, el 15 de julio de 1927, para la partición de la Comuna de Guápulo en lo que denominaron los terrenos Bolaños-Pamba, Llocoto-Grande, Llocoto-Chiquito y Guabo y que ahora son parte de la Guanguiltahua, Canal Ocho, Guápulo y el Barrio Bolaños, tema de esta nota. Reza la escritura: “Los comparecientes poseen desde tiempo inmemorial y en común una cantidad de terrenos situados en la parroquia de Guápulo de este cantón… Dichos terrenos son de exclusiva propiedad de la Comunidad a título de prescripción extraordinaria”. Es decir, no son invasores como declaró algún malinformado funcionario –son propietarios con plenos derechos. Pero, ¿lo son? En un país en donde las prácticas feudales persisten, una cosa son los derechos de los siervos, otros los de la pequeña nobleza y otros muy diferentes los del rey (en este caso, el alcalde). Esto es lo que se me vino a la cabeza mientras entrevistaba a algunos moradores dentro del barrio Bolaños cuando, al mirar hacia el peaje (tan mal situado), mi vista tropezó con la casa espectacular que fue construida justo al lado de las casetas de ese peaje y que, según supe, cuenta con todos los permisos a pesar de encontrarse al filo mismo de la Interoceánica, permisos de construcción que año tras año se les negó a los propietarios del Bolaños.

Además de las escrituras, me propuse buscar artículos específicos en leyes, reglamentos y ordenanzas que pudieran complementar la legitimidad de los actuales propietarios del barrio Bolaños para quedarse y evitar su desalojo o, en el peor de los casos, para recibir la indemnización que mejor cumpla con sus expectativas. Sin embargo, al explorar la web encontré ordenanzas, decenas de disposiciones legales y enmiendas, sustituciones y derogaciones firmadas por un alcalde tras otro. Al leerlas me preguntaba cómo se conforman los equipos legales con cada nuevo edil que entra a regir el Distrito Metropolitano. ¿Qué les lleva a elaborar y cambiar las fórmulas de cálculo de los tributos, las zonificaciones, planes maestros que supuestamente durarán 15 ó 20 años, aunque saben que el siguiente alcalde lo borrará y lanzará otro en cuanto arme su equipo de sabios?¿Cómo se deciden los montos de indemnizaciones? ¿Es el interés por la ciudad, por los ciudadanos, que ni siquiera nos enteramos de tanto enredo? ¿O qué es? Las prácticas feudales se van modernizando también. Hoy, más que nunca, la mano escondida a la que hace referencia Álvaro Guzmán en su excelente artículo de Gkillcity.com, recorre oficinas, restoranes, clubes o donde decida extender sus dedos proponiendo proyectos. ¿Es esta mano, inhabilitada por el Banco Mundial, la que aparentemente ha escogido el alcalde Rodas para la construcción del errorvialguayasamín, como lo hiciera el gobierno central para regalar un patrimonio de la ciudad y propiedad de los afiliados del IESS, como es el Hotel Quito?

Decidí, entonces, detener la búsqueda. Con simples consultas a expertos legales confirmé que las familias propietarias del barrio Bolaños, con escrituras actualizadas o no, están respaldados por la Constitución, el Código Civil y el Cootad. Aparentemente la mitad ha actualizado los documentos y la otra mitad no, en cuyo caso, las tierras siguen a nombre de los propietarios originales de la escritura o de sus descendientes, ya jubilados. Pero el análisis debe ir más allá de las leguleyadas. Es necesario preguntarse qué significa ser ciudadano en la capital, un cuestionamiento que me asalta prácticamente a diario.

Esos 58 propietarios legítimos que firmaron la escritura en 1927 constituyeron lo que son ahora 85 familias, es decir, aproximadamente 400 personas que a través del tiempo fueron heredando lotes de tierra cultivable y habitable. Como nos explicaron los descendientes que aceptaron conversar con La República, en esas tierras, con mucho esfuerzo y a través del tiempo, construyeron y fueron mejorando sus casas, que nunca se terminan, como sucede cuando la plata escasea. Construir una casa como las que vimos en el Barrio Bolaños con un sueldo mínimo habrá llevado muchos años y muchos esfuerzos. Han pagado sus impuestos y servicios; en sus palabras, han tenido un Buen Vivir, una vez que se adaptaron a las terribles (e inimaginables para cualquier ser en este planeta) condiciones de NO transporte y a la indigna alternativa de pedir aventones para dirigirse a sus trabajos, escuelas, hospitales o lo que fuera, ya sea hacia Quito o hacia el valle.

– “Cuando yo tenía unos 5 años, vivíamos con mi familia en Guápulo, no había la carretera de Tumbaco, y veníamos a cosechar los choclos a caballo con mi papá, porque mi abuelito era dueño de estas tierras. Son 70 años que yo conozco esto. El papá del vecino un anciano que permaneció en silencio todo el tiempo heredó también en 1927”.

– “Lo que ahora se llama Miravalle era parte de la hacienda que antes se llamaba Pelileo. Esa hacienda queda en litigio y el abuelo de mi marido fue nombrado albacea, quedó encargado para que se arregle. Cómo también se habrá hecho Miravalle. Recibir, no creo que recibió nada la familia”.

“Toda la vida hemos sido un barrio con gente de sueldo mínimo”, nos dijo una de sus habitantes, cuyos nombres quiero omitir debido a las amenazas que algunos moradores han recibido de funcionarios municipales por hacer declaraciones a los pocos medios de comunicación que han tenido curiosidad en el caso, aunque no hayan hecho ningún seguimiento.

“Para el muro de contención que hice para proteger mi casita de la mesa del carretero que podía venirse abajo, debí dejar a mis hijos, irme a provincias lejos a buscar trabajo, y ahora me quieren dejar sin nada”, me relata una mujer, mientras yo pienso que un muro de contención lo hace un municipio, no una madre de familia que gana un sueldo mínimo. Cuánto sacrificio para lograr el sueño de una casa propia, pienso, lo que a otros les cuesta una firmita.

Muchos de los descendientes de los primeros propietarios del barrio Bolaños cumplieron sus sueños. No solo de ir construyendo sus viviendas dignas, sino de seguir cultivando la tierra y comer productos frescos a cinco minutos del ogro de cemento, la ciudad. De lo que recuerdan los miembros más ancianos, las familias propietarias vivían tranquilamente en su pobreza hasta que se construyó la primera carretera a Tumbaco, cuando les expropiaron sus tierras cultivadas sin haber recibido ni ofrecimientos ni, peor, indemnización alguna. En esa época ni intentaban agradar. En su pobreza, nada hicieron y nada reclamaron. Se adaptaron a las condiciones y ahora, con nostalgia, recuerdan que tenían 7 líneas de transporte.

El segundo golpe bajo vino con la construcción del túnel Guayasamín. Esa vez sí se acercaron al alcalde Paco Moncayo a plantearle su preocupación sobre la seguridad física y cómo quedaría el transporte del barrio. “Ahí nos engañan diciéndonos: ‘A ustedes les vamos a dejar mejor de lo que están’”. La entusiasta respuesta de Moncayo estuvo llena de ofertas y promesas. “Incluso nos trajo wiski para que le renováramos otros 4 años y luego nos tomamos la foto todos juntitos”. No solo perdieron las 7 líneas de buses que tenían disponibles si no todo transporte público posible. Niños y ancianos debieron aprender a jalar dedo.

Lo que sí cumplió Moncayo fue la provisión de transporte municipal. Pero fue un cumplimiento menos que a medias: les mandaron una (1) furgoneta supuestamente gratuita para las 85 familias que, además, debían pagar al antojo del chofer, y duró tres meses durante los años de construcción del túnel. Nada más. De ahí en adelante, como todos sabemos, el alcalde reelegido nunca se olvidó de mencionar su maravillosa obra en sus discursos políticos, pero sí se olvidó de la gente del barrio Bolaños. Si te he visto (pidiendo aventón) no me acuerdo.

“Al alcalde Barrera (muy allegado a los actuales proyectos de Hábitat III, dicho sea de paso) no se le sintió ni vino para acá”.

Ahora, el barrio Bolaños enfrenta otro golpe bajo, nuevamente de la alcaldía de la capital, encargada, como repite cínicamente hasta el hartazgo Rodas, de “velar por el bienestar ciudadano”. Cuatrocientas personas no solo enfrentan otro golpe, sino el riesgo de desaparecer por una “solución” que en otros países ha probado no resolver nada en el tráfico. Ahora las familias se enfrentan a que borren en el concreto años de esfuerzos, sudor, de sueldos y préstamos sacados a la fuerza, de intereses seguramente pagados al chulco y de quedarse en el aire sin nada a cambio o, máximo, un cuarto de bloque sin tierra para cultivar, para toda la familia ampliada, porque ese es el ofrecimiento que han recibido: $25.000 para cada apellido que consta en escrituras originales, no para las familias que existen ahora que, en promedio, han tenido 5 hijos cada una desde 1927. Por comentarios han oído que quieren enviarles a las canteras cerradas de la Mitad del Mundo, donde no crece ni un penco. Otros comentarios decían que en la punta de la montaña por Guamaní.

– “Han venido funcionarios a dividirnos. Nos han dicho que los que tienen papeles tienen que hacer un grupo y los que no tienen, otro grupo”. Luego vienen los periodistas y nos dicen otra cosa, sacan alguna noticia y luego se olvidan de nosotros”. Pero no nos dejamos engañar como otros, que están convencidos de que van a recibir algo. No creemos que nos van a dar ni siquiera los 25.000 que han ofrecido a toda la familia, lo que ni siquiera serviría para una persona quieren que aceptemos para todos los descendientes”.

– “Para qué necesitamos ese dinero, suponiendo que nos den, si yo tengo bien sentado mi terreno y mi casa, que me cuesta, porque he trabajado toda la vida para eso. Y tengo toda clase de sembríos a mi disposición, tengo frutas, tengo todo”.

– “Ahora dicen que les interesa nuestra seguridad, pero aparentemente la seguridad del ingeniero Moya, el dueño de la casa al lado del peaje que consiguió todos los permisos no les importa”.

La supuesta diferencia ideológica o de colores de banderas importa poco a la hora de promesas electorales y de la mano escondida. La práctica es la misma: yo ofrezco, votas por mí y, si eres de la pequeña nobleza o del círculo del rey de turno, recibirás algo a cambio. Si eres de los siervos, ni se te ocurra quejarte que de nada servirá. El tan cacareado bienestar ciudadano, ¡qué ocurrencia! simplemente no es para todos. (O)

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