Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador
La banalidad puede ser un factor muy importante para tomar decisiones en las personas. Mucho más que la racionalidad y la lógica. Lo propone el novelista Richard Ford en «Independence Day», probablemente una de las novelas más monumentales que se escribieron sobre la condición humana en los últimos años del siglo pasado. Lo he recordado hoy, reflexionando sobre nuestras guerras con Colombia.
La última que tuvimos, en 18613, antes de esta provocada por el presidente Daniel Noboa, la protagonizó nadie menos que el entonces presidente Gabriel García Moreno y las causas fueron más o menos igual de banales, aunque las consecuencias fueron terribles, como pudieran serlo también ahora.
Si henos de creer lo que Benjamín Carrión relata en «El Santo del Patíbulo», quizás la más demoledora biografía que se ha escrito de García Moreno, resulta que él hombre era un don Juan. Un Casanova que no dejaba títere con cabeza y que tenía como objetivo vital llevar a su alcoba a cuánta mujer guapa se encuentre a su alcance.
Y según Carrión, una de ellas era la señora Virginia Klínger, esposa de uno de sus ministros, de apellido Aguirre, a quien el presidente empezó a enviar en misiones al exterior cada vez que podía. Según Carrión, basado en los reportes de la época, la señora Klínger era una de los mujeres más guapas que vivían entonces en Quito. Y mantuvo con García Moreno una pasión desaforada, fuertemente física, incluso violenta.
El problema es que, al mismo tiempo de su romance con García Moreno, doña Virginia se sintió atraída también, de manera simultánea, con él embajador de Colombia en Quito, en quién despertó también una pasión similar.
Alertado el Presidente por sus servicios de inteligencia, casi tan eficaces como los actuales, el hombre montó en cólera. Y no solo expulsó al Embajador, sino que envió tropas y atacó Colombia. La desmesura fue tal, que el propio García Moreno encabezó una tropa de alrededor de 1.200 soldados.
Semejante locura ha sido nivelada en la magnífica «A la sombra del magnolio’, de Benjamin Ortiz Brenan, donde narra las peripecias d un soldado ecuatoriano, probbablemente su bisabuelo, que luchó junto a García Moreno. Cómo es natural, el desenlace fue fatal. Y el propio García Moreno fue hecho prisionero por los colombianos, y luego canjeado a cambio de la firma de un tratado oneroso para el país.
Normalmente las desmesuras se pagan de esa manera. La verdad es que nadie podrá saber cómo va a terminar esta guerra comercial iniciada por el presidente Noboa. Yo nunca entendí ni como empezó. Ciertamente todavía no alcanzo a entender cómo beneficia a los Estados Unidos dinamitar la teoría del libre comercio imponiendo aranceles arbitrarios al resto del mundo, pero sí es claro que siendo de lejos la mayor economía del mundo perpetrar cualquier torpeza sin daño inmediato. Pero qué sentido tiene que Ecuador sanciones a un país hermano con una economía tres veces más grande como la nuestra. Por qué? Para qué? Van a combatir más el narcotráfico en nuestras fronteras por ello?
Aceptemos que sí. Subirles el arancel a cien por cien y retirar él embajador porque Petro dijo que Glas es un preso político? Pero si Petro dice cada zoquetada que no creo que nadie lo quiera tome en serio ni en la propia Colombia. Aumentar el arancel al cien por ciento a los productos colombianos es una actitud similar al del muchacho que golpea su propia cabeza contra la pared para notificar a sus padres.
He leído que la decisión pudiera costarle al país alrededor de un punto en el crecimiento de nuestro propio PIB. Y todo porque el presidente Petro ha dicho otra zoquetada que un gobierno más prudente debió responder con un despectivo silencio.
