Quito, Ecuador
El escándalo en torno al Museo Nacional no es una discusión sobre estética. Esa fue la respuesta más viral de la (ahora) ex viceministra de Cultura frente a las críticas del proyecto ganador del concurso para realizarlo.
El problema alrededor de este punto puede enfocarse desde muchas aristas: comunicación política, impacto de las redes sociales, transparencia y publicidad en concursos, distribución de los espacios públicos o un análisis sociológico de la indignación colectiva.
Pero sí, definitivamente la discusión incluye la “de la belleza”. Una discusión tan importante que tiene milenios en la historia humana. Los griegos, los romanos, los incas y sumerios, todas las culturas en la historia de la humanidad coinciden en que la estética y la belleza arquitectónica son un elemento sustancial del patrimonio cultural de un pueblo.
El sentido de la estética es el reflejo de la sociedad. Trasciende la técnica y se constituye como la comunión entre la creatividad y el ingenio humano, a tal grado que muchos poetas y filósofos la han descrito como una cualidad “divina”.
La estética nos llama a lo trascendental. El espíritu humano —entendido en su multiplicidad de connotaciones— necesita de la estética para sentirse completo, lleno, pleno. Un lugar bello abre paso a la reflexión, la meditación y la conexión. Incluso está demostrado que disminuye los niveles de cortisol y relaja el cuerpo.
Y luego tenemos también una discusión sobre un sentido de la estética colectivo, cultural. La belleza que emana de las manos hábiles y del ingenio también se consagra como un emblema del orgullo nacional, el reflejo de lo que ese pueblo es y tiene para dar al mundo. Nadie puede negar la emoción que causan en nosotros las bellas notas de nuestro Himno Nacional, recientemente tocadas en los estadios más emblemáticos de América.
Cuando esa expresión estética se materializa en una obra pública, deja de ser únicamente una preferencia individual. Se convierte en una decisión institucional sobre la imagen que el Estado proyecta de la sociedad, su historia y sus aspiraciones.
Así mismo, hay edificios que se destacan como emblemas de naciones enteras: la Catedral de Colonia, el Ayuntamiento de Viena, el Capitolio. Pero ¿por qué irnos tan lejos, si nuestro propio centro histórico quiteño tiene joyas difíciles de comparar con el resto del mundo?
Un museo nacional no es únicamente una bodega de historia. Es, en sí mismo, parte del relato cultural que pretende custodiar. Su arquitectura debe dialogar con la historia, la identidad y las aspiraciones del país, porque también será observada como una pieza del patrimonio que las generaciones actuales entregarán a las futuras.
El patrimonio cultural no solo se conserva: también se construye. Los edificios públicos son una forma mediante la cual el Estado comunica quiénes somos, qué valoramos y qué aspiramos a dejar a quienes vendrán después. Por eso, la arquitectura pública no puede reducirse a una discusión técnica o funcional. También trae consigo una responsabilidad cultural, simbólica e institucional.
El Ecuador tiene talento, manos exquisitas de artesanos e ingenio incomparable. Si nuestros edificios, al menos los públicos financiados con nuestras contribuciones, no reflejan esa belleza y destreza, ¿para qué los queremos?
Se necesita devolver al ecuatoriano ese sentido de la belleza y la estética. El que lo desprecie no sabe lo que desprecia: las capacidades más altas del ser humano.
Hacerlo en un proyecto colectivo es difícil entre la pluralidad de opiniones y visiones. Tal vez todos tenemos un sentido diferente de la estética, de lo bello y de lo armonioso, pero lo curioso es que muchas voces se juntaron a denunciar la pobreza simbólica del proyecto ganador del concurso. Ni siquiera sus promotores se atrevieron a destacar una cualidad estética. Se apresuraron a sobre exaltar la “técnica”.
El Ecuador tiene muchas necesidades urgentes. Sin embargo, descuidar la cultura y la estética de nuestro patrimonio nacional no le hará ningún bien al país. La responsabilidad del Estado no consiste únicamente en administrar recursos o levantar infraestructura, sino también en producir bienes públicos capaces de elevar la cultura nacional, fortalecer la identidad colectiva y representar dignamente al país. Por eso, revisar el concurso es una decisión acertada.

La discusión nunca fue solamente sobre una fachada. Fue y seguirá siendo sobre el tipo de país que queremos representar cuando el Estado decide construir un símbolo nacional. El Ecuador merece un museo que no solo conserve su patrimonio, sino que también exprese, con belleza, ambición y dignidad, aquello que somos capaces de construir juntos.
