Quito, Ecuador
La vicepresidenta María José Pinto suma en pocos días dos episodios que, vistos por separado, podrían parecer simples errores de comunicación. Primero, el video en el que aparece columpiándose mientras el país atravesaba una crisis sanitaria y crecían los reclamos por falta de medicinas. Después, su aparición en el Museo del Prado durante un viaje oficial a España anunciado para observar el sistema de salud. Juntos revelan algo más profundo: una forma de ejercer el poder distante de la realidad y evasiva frente a sus consecuencias.
El problema no es el columpio ni el museo. El problema es el país en que ocurrieron ambas escenas. Un país donde los hospitales cuentan jeringas como quien cuenta monedas a fin de mes, donde los pacientes salen a comprar lo que el Estado les ofrece en discursos, pero les niega en ventanilla, y donde para muchos llegar a un médico sigue siendo una odisea más propia del siglo pasado que de este. En tiempos así, ninguna imagen pública es inocente: cada gesto tiene costo político y delata dónde están, de verdad, las prioridades del poder.
Por eso el columpio no cayó como una escena casual. Se sintió como la foto alegre de quien mira desde arriba mientras abajo la gente hace fila, espera medicinas y aprende a resignarse. La visita al Prado tampoco entró como simple parada cultural: sonó a paseo elegante en medio de un país con la casa desordenada.
Puede haber explicaciones razonables, compromisos oficiales o agenda ya cerrada. Todo eso cabe. Pero la política no se juega solo en lo que se hace, sino en lo que cada gesto significa cuando pisa la calle. Porque mientras en el despacho se redactan excusas, afuera la gente ya sacó sus conclusiones.
Aquí conviene recordar a Christopher Lasch, que advirtió la creciente distancia entre las élites dirigentes y la vida común. Su tesis ayuda a entender cómo ciertos sectores del poder conservan el lenguaje de cercanía, aunque hace tiempo dejaron de compartir la experiencia cotidiana de la mayoría. Quien espera medicinas, quien recorre hospitales sin respuesta, quien depende de servicios públicos deteriorados, interpreta esas escenas como señales de una dirigencia que vive en otra escala de urgencias.
Luego llegó la coartada de temporada: que el video lo subió la community manager. Ahí empezó el segundo acto de esta vieja comedia. Cuando aprieta la crítica, el poder siempre encuentra un pasillo por donde fugarse: fue el equipo, fue comunicación, fue un error técnico, fue alguien que ya no está, fue cualquiera menos quien manda. Se reparten los cargos, se tercerizan las culpas y se esfuma el responsable. Todos cobran la nómina, pero nadie firma el desastre.
Hannah Arendt describió algo parecido cuando advirtió sobre una de las formas más cómodas del poder moderno: el “gobierno de nadie”. No significa ausencia de mando, sino su disolución entre oficinas, asesores y cadenas de intermediarios. Las decisiones se toman, sus consecuencias recaen sobre la ciudadanía. Siempre hay un trámite, un vocero o un tercero disponible para absorber el golpe.
En una democracia madura conviene distinguir entre responsabilidad operativa y rendición de cuentas. La primera señala quién ejecutó una tarea; la segunda obliga a explicar lo ocurrido y asumir sus consecuencias. Puede que un miembro del equipo digital haya publicado el video. Pero la obligación de responder recae en la autoridad, no en el subordinado. Culpar al equipo no corrige el error: solo confirma que arriba se ejerce el poder y abajo se descarga el costo.
Ese mecanismo erosiona tanto como la desconexión inicial. La ciudadanía puede tolerar errores; lo que castiga con mayor severidad es la sensación de que nadie se hace cargo.
Lo del Prado plantea la misma pregunta por otra vía: ¿entiende el gobierno que en tiempos de crisis cada gesto público adquiere un peso extraordinario? Incluso actividades legítimas se vuelven políticamente torpes cuando chocan con la urgencia nacional o carecen de una explicación convincente.
Finalmente, como tercera postal se suma ahora el video de Irene Vélez sobre el “skincare coreano”, difundido para promocionar los beneficios del acuerdo comercial con Corea del Sur. En el clip, grabado en espacios comerciales de Samborondón, la funcionaria destaca posibles rebajas de productos cosméticos mientras el país enfrenta reclamos por falta de medicinas, inseguridad y dificultades económicas. La reacción pública fue inmediata: para muchos, no se trató de un video sobre belleza, sino de otra señal de un poder más atento a la vitrina que a la urgencia nacional.
El daño de estos episodios no se limita a una funcionaria. Golpea al gobierno entero, porque instala una percepción corrosiva: frivolidad arriba, desamparo abajo. Y cuando esa percepción se consolida, la confianza empieza a vaciarse.
Lo del columpio, lo del Prado y el skincare coreano no fueron episodios aislados. Fueron tres escenas del mismo libreto: primero, un poder desconectado del país; después, un poder que se esconde cuando toca responder. Ahí empieza el verdadero problema: la confianza se desgasta y lo que parecía una torpeza de imagen termina convertido en descrédito político.
