Guayaquil, Ecuador
Recuerdo aquella ocasión en que, tras mirar un video del intelectual libertario chileno Axel Kaiser, escuché por primera vez aquello de que “los conceptos son campos de batalla”. Más allá de lo interesante de la frase, lo más importante era lo que en sí misma representaba: los conceptos son “ese espacio” que se llena con cierto contenido; y, una vez realizado este trabajo, vaciarlo o interpretarlo de manera distinta resulta en extremo complejo.
Miremos algunos ejemplos de aquello a lo que me refiero. La izquierda suele hablar de la progresividad de los derechos; a partir de ahí, es claro que “intentar” modificar, alterar o eliminar alguno de sus despropósitos (los de la izquierda siempre lo son) resulta casi imposible.
Ello se debe a que, por definición, el antagonista del concepto de progresividad parece ser la regresividad. Lo primero suena a avance; lo segundo, a retroceso. Sin embargo, en la práctica, lo que la progresía latinoamericana sugiere nos mueve siempre hacia atrás: hacia un lugar donde sus fantasías, al colisionar con la realidad, producen más pobreza y miseria.
Otro sinsentido es la idea de luchar contra la desigualdad, cual si fuera un ideal político deseable. En primer lugar, y aquí sí por definición,todos somos diferentes y, por tanto, nuestros logros resultan naturalmente distintos.
La única igualdad posible (y enemiga de la izquierda) es la igualdad ante la ley. Según esta perspectiva, no se busca que el negro, el discapacitado, el anciano, el pobre, la mujer, el niño, la niña, el campesino, el indígena o quien tenga una orientación sexual diferente sea tratado de la misma manera; se pretende un trato diferenciado para cada uno. El resultado de ello es la desaparición de la igualdad ante la ley.
El resultado de esto último, es la búsqueda incesante de privilegios, excepciones, y captación de rentas, para todos aquellos grupos, con la excepción clara de aquel que no está dentro del listado de los beneficiarios de la ley.
Por el contrario, la igualdad ante la ley sin importar tu condición social, orientación sexual, postura religiosa o política es por excelencia, una de las precondiciones de un orden social liberal que promueve la cooperación pacífica y la prosperidad.
En cuanto a la desigualdad, palabreja que en el discurso seduce a más de un tontuelo, distrae a la gente del verdadero problema: la pobreza. Es la pobreza el problema a resolver, no el que tengamos resultados diferentes.
Si miras con atención incluso dentro de una misma familia, cada uno de sus miembros tiene resultados distintos, pues distintos son cada uno de sus miembros. Todo ello sin dejar de señalar que comparten elementos comunes: la genética, los valores recibidos, una educación similar y, básicamente, el mismo punto de partida. Sencillamente, tenemos resultados diferentes porque somos diferentes.

Ahora bien, si no disputamos en el campo de batalla de las ideas, estos conceptos construidos por la izquierda en cualquiera de sus variantes, iremos perdiendo terreno en el debate, y al perderlo terminaremos aceptando absurdos como “matemáticas con enfoque de género: dos más dos es cuatre”.
Seguimos conversando.
