Baños de Agua Santa
Para alguien que ama leer y escribir y que con el tiempo va acumulando conocimiento de escritores que han dejado su huella en el mundo literario y que han querido compartir su pensar, sus emociones, sus sentimientos, sus saberes, su ser y sus fantasías; su necesidad de querer sentir esas ansias de dejar un testimonio de su trajinar por el camino de sus vidas, pero, en este mundo que se vuelve cada vez más y más complejo y conflictivo, de pronto escribir se vuelve un serio dilema existencial.
Por un lado, hay una biblioteca entera y tantos y tantos libros más que uno quisiera leer, que una vida no bastaría, así como también tantas y tantas cosas que se quisiera escribir, y, por otro lado, está este escalofriante y peligroso mundo que nos tocó vivir. Una buena amiga me digo el otro día, alguien a quién también le gusta escribir, que la vida le ha enseñado a voltear la cara al mundo, por protección y por caridad hacia sí misma, porque cada vez que lo enfrenta, se muere de horror y desengaño, y sí, tiene toda la razón.
Así mismo, conozco otro amigo de mis viejos años del colegio y que escribe una columna política en un prestigioso periódico digital, y que fue mi compañero en la secundaria. Un chico golpeado por el acoso escolar, lo que hoy le llaman bullying. Un buen muchacho.
Él, por el contrario, se expone, da la cara al mundo, se lo enfrenta. Se enfrenta a una sociedad brutal y agresiva, una sociedad caótica y enferma que ha perdido el rumbo. Se enfrenta con sus argumentos y con valentía. No es de esos insultadores y gritones. Sigue siendo ese hombre bueno que dejé en la secundaria. Y cuando se enfrenta cara a cara al mundo, le doy toda la razón.
Como un paréntesis y antes de continuar debo decir en esta parte, que mi participación ante este acoso, fue más como cómplice pasiva y que para mí, en esa época, pudo pasar desapercibida y quizás, hasta gracioso, de no haber sido por la mirada que aquel muchacho me lanzó, en un encuentro casual en una cafetería, muchos años después de la secundaria; cuando los dos estábamos en esa edad pasados los treinta, caminando a los cuarenta. Cada cual por su rumbo.
Sin embargo, había sabido de él por el hecho haber publicado una interesante obra sobre la ciudad de Quito, allá por los años 90. Cuando lo vi, me acerqué con la emoción de haber visto a un viejo amigo; pero su mirada me decía: “no hiciste nada”, al contario, estuviste al lado del opresor, es más, fuiste parte del grupo. (Lecciones que nos da la vida). Saludamos con cortesía, mis elogios por su obra recién publicada y ya. Hoy, leí una de sus columnas, no la última pero sí, una que me llamó la atención y que hace un recuento de la vida que se vivió, allá en los años 90s… y le doy la razón.
Sigue siendo un buen hombre, con su propio pensar y con su propio punto de vista, tenemos perspectivas diferentes acopladas a situaciones y realidades diferentes, y aunque a veces se contraponen, eso no nos hace adversario ni enemigos, sino dos personas que creen en la libertad, en la paz y en la democracia.
Como estaba diciendo, amar la lectura y amar escribir se vuelve un dilema existencial. Entre voltearle la cara al mundo y gozar de las maravillas (con tristezas y dolores incluidos) de nuestro mundo interior o el de dar la cara al mundo y enfrentarlo, que también, no lo voy a negar, es una seductora forma de vivir… y de morir.
Pero en un país donde no hay libertad, donde no hay paz ni seguridad y donde la democracia se resume como un saludo a la bandera, el dilema de escribir no está en qué clase de caligrafía vas a usar, si es Calibri o Book Antiqua; el dilema es el reto monumental de querer dar la cara al mundo y ponerse en riesgo a sí mismo, a los de uno y a terceros. Muestra de aquello no hace falta enumerar, pues la cifra de fallecidos, así como se vuelve más grande, se vuelve más cercana. Proporcionalmente directas; más aún cuando lo que se escribe, les toca o causa malestar a cualquier élite mafiosa, poderosa, ponzoñosa, peligrosa y corrupta.
“Escribir es pensar dos veces”. Ésta frase se la atribuye a varios escritores. La escuché de boca de una talentosa abogada guayaquileña en una magistral entrevista que le hicieron en una radio de aquellas que aparecen en las redes sociales cuando son etiquetadas. Y es la pura y neta verdad. En especial, me imagino, cuando se trata de temas jurídicos y legales. Esa entrevista es una joya que ojalá permanezca en las redes o mejor dicho en ese océano de charlatanerías.
“Lo que no está escrito, no existe”. Decía una señora ambientalista que daba una charla a un grupo de personas defensoras de la naturaleza. Que ha sido una frase según los señores de la IA, – cito textual -: “es un principio fundamental en el ámbito legal, empresarial y científico” y que deriva del aforismo en latín quod non est in actis, non est in mundo, que significa“lo que no consta en el expediente, no existe en el mundo”.
“Las palabras son de aire y van al aire”, es otra frase que salta a mi mente. La canta Willie Colón, en su colosal canción “Gitana” y tiene toda razón, porque vivimos también en este maravilloso mundo lleno de pasión y calenturas. Todo bien hasta que aparece una demanda de divorcio y recordamos aquella acta legal firmada en algún Registro Civil, con o sin mariachis. Dichosas las parejas que aún se van a la cama tarareando esta canción y dándose un coqueto giño a sus ojos.

Sí. Complejo y arduo debe ser el camino del abogado, del psicólogo, del científico y del escritor que escribe con el alma (y con su sangre); y que elige adentrarse en el universo de la palabra escrita. La que se queda, la que se perenniza. La que deja una huella en el camino, un testimonio. Desde el pequeño trozo de papel que dice “Te amo” hasta las máximas obras escritas por el talento humano.
