Patriotas multiusos

Pleno de la Asamblea Nacional, 15 de abril de 2026. Foto Pablo Maquizaca / Asamblea Nacional.

Pablo A. Chiriboga Núñez

Guayaquil, Ecuador

Existe un espécimen fascinante en nuestra fauna electoral que desafía las leyes de la lógica y la verguenza ajena: el candidato talla única. Hablo del postulante One-Size-Fits-All, ese todoterreno de la papeleta que lo mismo se te oferta para concejal, se te promociona para ministro de energía, o te promete legislar en la Asamblea.

Es el equivalente humano al aceite de coco: sirve para el cabello, para freír patacones y para aflojar tuercas oxidadas. No importa si su única experiencia fue gerenciar el condominio de su tía; él está listo para el sacrificio patrio, siempre y cuando su foto aparezca a todo color en el casillero de votación.

La metamorfosis de estos eternos aspirantes empieza en el Concejo Cantonal, donde su mayor propuesta es prometer agua potable mientras se toman selfis con filtro abrazando a una vecina en el mercado. Pero el micrófono es adictivo, así que el partido, urgido de un rostro que llene la lista, lo salta a la Asamblea.

Su rol en el Legislativo es de una exigencia intelectual extrema: consiste básicamente en calentar el asiento, mirar fijamente al jefe de bancada para saber exactamente cuándo levantar la mano y oponerse con furia salvaje a cualquier iniciativa del oponente. No importa si la propuesta del rival es buena, mala, o si propone la cura contra el cáncer; si viene del enemigo, se bloquea por definición y se vota en contra sin leer una sola línea, porque pensar por cuenta propia no está en el libreto.

El verdadero milagro ocurre cuando el binomio presidencial de turno lo presenta en los mitines como su próximo Ministro de Agricultura. Que el candidato no sepa distinguir una yuca de un camote es un detalle técnico menor; lo importante es que sabe poner cara de estadista en TikTok. Si esa opción se cae, a la semana siguiente lo anuncian para Deportes o Finanzas, porque para esta gente el país se maneja igual que la cuenta de la tienda: con fe y vendiendo humo en cada mitin. Mientras usted sufre de síndrome del impostor si le piden hacer un informe fuera de su área, el candidato talla única duerme como un bebé, convencido de que su ignorancia atrevida es una «visión integral del Estado».

Pero el clímax de este tongo llega cuando la candidatura finalmente se quema en las urnas y no suma ni el dos por ciento de los votos. Ahí se activa el paracaídas de oro de la burocracia dorada, un engranaje histórico y sagrado de nuestro sistema, donde perder una elección nunca ha sido el fin del mundo, sino el inicio de una exitosa rotación de puestos por haber sido sumiso e incondicional.

Como premio de consuelo por haber prestado la cara en los afiches, el partido de turno lo premia nombrándolo director regional de alguna entidad pública con presupuesto autónomo o asesor de un megaproyecto estatal del que no tiene la más remota idea. De la noche a la mañana, el sujeto que en los debates no sabía articular sujeto, verbo y predicado pasa a manejar una dirección nacional, decidiendo contratos millonarios y firmando consultorías inútiles mientras cambia de auto y se muda a una urbanización privada.

Hay que aplaudirles la audacia, porque gracias a estos patriotas multiusos confirmamos que en el Estado no se necesita preparación ni verguenza, sino una cara de tuco a prueba de balas y un casillero vacío por llenar.

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