Quito, Ecuador
El terrible Enrique VIII estaría orgulloso de la sociedad que hemos construido. Su decisión de separarse de Catalina de Aragón, su primera esposa, no solo provocó una ruptura familiar, sino también la separación de la Iglesia de Inglaterra de la de Roma, y miles de muertes. En la actualidad, sus seis matrimonios difícilmente escandalizarían a una sociedad que ha dejado de comprender la grandeza de la institución del matrimonio y el sentido profundo de una sexualidad sana.
Lo que en otro tiempo exigió una ruptura con el orden establecido, ahora parece formar parte de una conquista. Pero si hemos logrado aquello que Enrique VIII no pudo, ¿por qué esa conquista no parece satisfacer aún nuestras ansias de felicidad y realización personal?
Sigmund Freud identifica tres fuentes de sufrimiento: la naturaleza, la fragilidad de nuestros cuerpos, y la insuficiencia de las normas que regulan las relaciones mutuas. Mientras las dos primeras imponen límites inevitables de superar, la tercera fuente resulta más contradictoria.
Se trata precisamente de que las normas e instituciones que nosotros mismos hemos creado para protegernos también pueden convertirse en una fuente de malestar. ¿Por qué, entonces, seguimos sin alcanzar la felicidad plena? Freud responde que el problema reside en el conflicto inevitable entre nuestros deseos y las restricciones de la vida civilizada. Entre ellos, se encuentra el amor sexual, “una de las experiencias de placer más intensas del ser humano y una fuente fundamental de felicidad”.
De esta tensión entre el deseo y la norma, la Revolución Sexual buscó liberar a la sexualidad de sus límites tradicionales. Al hacerlo, redefinió el sentido mismo de la persona y deformó la comprensión de la dimensión sexual. Primero, se separó la sexualidad del matrimonio; favoreciendo una mayor flexibilización del vínculo conyugal, expresada en el aumento de divorcios y en la legitimación del divorcio sin causal.
Después, se separó la sexualidad de la reproducción. Esto se manifestó, por un lado, en la progresiva legitimación de los matrimonios entre personas del mismo sexo, junto con la adopción homoparental; y, por otro, en la aparición de los anticonceptivos, que otorgaron a la mujer un aparente control sobre su cuerpo. Irónicamente, aumentaron los embarazos no deseados y los abortos, éstos últimos abanderados por los “derechos sexuales y reproductivos”.
Finalmente, se abrió paso a la reproducción sin sexo, impulsando políticas de medicina reproductiva. Los hijos llegaron incluso a convertirse en objeto de políticas de control poblacional en nombre del “desarrollo sostenible”, mediante políticas sobre el número de hijos e incluso prácticas de esterilización forzada.
Autores como Carl Trueman sostienen que los códigos sexuales han servido para ordenar los elementos más básicos de toda sociedad: el parentesco y la familia. La modernidad –como lo predijo Freud– se encargó de derrocar dichos códigos. Para Truman, cuanto más nos aferramos a nuestros deseos sexuales, más se convierten en identidad, y es ahí cuando el sexo se vuelve político.
La tolerancia dejó de ser suficiente: era necesario que la sociedad afirmara esas identidades mediante mecanismos políticos y democráticos. Este fenómeno es lo que Charles Taylor denomina “política del reconocimiento”: la exigencia contemporánea de que determinadas identidades, especialmente aquellas de grupos minoritarios, sean reconocidas como constitutivas del ser humano.
Enrique VIII, para separarse de su primera esposa, intentó obtener el reconocimiento y legitimación pública de una decisión que tenía que ser respaldada con el orden jurídico y religioso de la época. Cuando fracasó, rompió con Roma y creó su Iglesia Anglicana. En la sociedad contemporánea no habría necesitado legitimar un nuevo orden: el séptimo matrimonio de Enrique VIII sería, esta vez, con el Estado garantista.
Su consecuencia, es fundar una sociedad de instituciones sintéticas que corre el riesgo de invertir el sentido original del reconocimiento: no se trata de que una persona ejerza su libertad, sino de exigir su identidad como nueva ortodoxia. La política del reconocimiento, se convierte, paradójicamente, en una política de coacción.
Así, los derechos dejan de ser una expresión de dignidad y se convierten en una obligación social, jurídica o moral. Quizás la respuesta a por qué esa conquista no nos ha traído la felicidad ni la realización prometidas esté en lo que el propio Freud advirtió y en lo que Enrique VIII ya había vivido: el conflicto entre el deseo y la norma.

Hoy creemos resolverlo haciendo que la sociedad reconozca cada uno de nuestros deseos. Pero si el malestar solo cambia de forma, ampliar la “libertad” no basta: hace falta que el reconocimiento del otro no dependa de que termine pareciéndose a nosotros.
- Ema Gamboa milita en Dignidad y derecho.
