¿Elegidos para qué?

Niels Olsen, presidente de la Asamblea Nacional del Ecuador en julio de 2026. Foto compartida en X.

Joselo Andrade

Guayaquil, Ecuador

Probablemente, una de las cosas más curiosas de la presente elección de autoridades para las alcaldías y concejalías del Ecuador es que los propios candidatos no han de tener la más mínima idea de qué se hace en aquellos puestos a los que están postulando y, sin embargo, participan.

No solo porque no existe alguna institución en la que se relate o cuente a sus alumnos que acciones se llevan adelante en aquellas instituciones, en orden a cumplir con “su propósito”, sino también porque se suele suponer que basta con ser joven o nuevo en política para que aquello, por arte de magia, dote al candidato de los méritos necesarios para cumplir con una tarea de la que poco o nada conoce.

Lo cierto es que rara vez se escucha algo que vaya más allá de: «Vamos a trabajar por la ciudad, por su seguridad y a hacerlo de forma honesta» … condiciones que deberían estar implícitas dentro de toda candidatura como condición necesaria, sin embargo, como bien reza la frase, con eso no es suficiente. Indicar qué se pretende hacer es, desde luego, importante, pero tan importante como ello es explicar cómo se pretende hacerlo. Y hay otra pregunta que, como nos indica la experiencia, siempre cabe: ¿y aquello que propones tiene sentido o vale la pena?

Toda acción, mis queridos lectores, está sujeta a aquello que los economistas llamamos “costo de oportunidad”: el valor de aquello a lo que renunciamos cuando elegimos una alternativa frente a otra. Es una gran lección que a pocos parece interesar, pero que está presente en cada decisión que tomamos. Cuando un gobierno local o nacional gasta, lo que está gastando previamente fue retirado de nuestros bolsillos en forma de impuestos. Ese es parte del verdadero costo de la obra pública. Todo ello sin contar, que en el proceso la mayor parte de eso que se tomó del ciudadano, va en realidad a parar en sueldos para la burocracia, a la que suele importarle muy poco en qué se gasta la plata, pues mientras exista dinero para gastar sus trabajos estarán asegurados.

Otro tanto, es que mucho de aquel recurso va a dar a los bolsillos de aquellos que conocen las reglas del juego de la contratación pública, generando un monto no menor, cuando no mayor de dinero que se pierde en corrupción, y que, por si fuera poco, es parte del incentivo por el cual “los contratistas” suelen financiar las campañas políticas de quienes participan.

Para ir cerrando estas líneas, el dinero que se quita al sector privado, es decir a las familias del país, es dinero que por definición como sostenía el premio Nobel de Economía Milton Friedman, se va gastar de forma menos eficiente, nos guste o no, pues carece del entorno de incentivos que tienen sus legítimos propietarios para cuidar del recurso, y de paso emplearlo en lo que estos últimos, en efecto, valoran como más importante para ellos.

Se vienen las elecciones; ojalá que, al menos, quienes lleguen sepan para qué son elegidos. Por cierto, también sería bueno que quienes resulten electos no lleven grilletes en las piernas. Esto último debería constituir un requisito básico.

Seguimos conversando.

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