Emilio Gallardo González
Guayaquil, Ecuador
El miedo constituye una de las estrategias políticas más antiguas de la historia. Así lo evidencian tanto el poeta trágico Lucio Accio (170-86 a. C.), con la célebre frase Oderint, dum metuant («Que odien, con tal de que teman»), como el pragmatismo de Nicolás Maquiavelo(1469-1527), quien, bajo la premisa de que «es mejor ser temido que amado», lo presentó como una forma fundamental para mantener el orden y la estabilidad del Estado.
Desde una perspectiva actual, Lauren E. Young, académica en la rama de Ciencias Políticas de la Universidad de California-Davis, publicó en 2019 un artículo relacionado con el miedo como mecanismo para impedir la protesta: The Psychology of State Repression: Fear and Dissent Decisions in Zimbabwe.
La autora realizó un experimento de campo (prueba en condiciones reales) con 671 simpatizantes de la oposición en Zimbabue. Asignó aleatoriamente a algunos participantes una actividad que inducía un estado leve de miedo y contrastó sus respuestas con las de un grupo de control (grupo con el que se compara).
La investigación buscó determinar cómo el miedo altera la percepción sobre los riesgos de ser reprimido, afectando la decisión ciudadana de participar o no en actividades de oposición política. Indaga si el miedo inmoviliza a los ciudadanos de dos formas: alterando su percepción del peligro estatal (sobreestimando al gobierno) o destruyendo directamente su iniciativa social, al margen de las posibles represalias.
El estudio reveló que quienes experimentaron temor mostraron una menor disposición a participar en actividades de oposición al gobierrno que los integrantes del grupo de control.
Lo relevante de acuerdo a la investigación, es que este efecto no se explica principalmente por una mayor percepción del riesgo de ser sancionados o arrestados, sino por el cambio psicológico que provoca el miedo: incrementa la aversión al riesgo y reduce la motivación para actuar, haciendo que las posibles consecuencias negativas pesen más que los beneficios de la disidencia.
Esto nos permite comprender como los gobiernos autoritarios pueden recurrir al miedo como instrumento de control político y social sin necesidad de mantener una represión violenta permanente. El recuerdo del castigo puede inducir a la autocensura y desalentar las protestas. De esta manera, las personas pueden renunciar a la disidencia por iniciativa propia.

En Ecuador, el desafío es evitar que el miedo silencie la crítica y la protesta ciudadana. Cuando expresar desacuerdos genera temor, se debilita la democracia y se deteriora la institucionalidad. Con el tiempo, el propio gobierno pierde legitimidad y capacidad para corregir sus errores.
