Quito, Ecuador
No toda mala candidatura implica una crisis de representación. La política no produce santos, los errores existen y el cálculo electoral forma parte del juego. Pero hay momentos en que el problema ya no es una candidatura impresentable, sino el método. Ocurre cuando un partido deja de preguntarse qué candidato puede defender ante la ciudadanía y pasa a escoger al que mejor sirve a su aparato.
Ya advertí sobre la “dedocracia” y la decadencia del sistema partidista en Ecuador: un modelo en el que las candidaturas responden a la voluntad de los dueños del partido, del aparato o del mejor postor. Aquello no fue una exageración, sino un anticipo fiel de lo que hoy ocurre de cara a las elecciones seccionales del 2026.
El mapa político ecuatoriano empieza a ordenarse alrededor de cuatro ejes: la definición anticipada de candidaturas, la búsqueda de alianzas, la posición frente al correísmo y la “judicialización” de autoridades locales en funciones. Este último factor no es menor: altera nombres en la papeleta y distorsiona la competencia, desordena estrategias y termina desplazando a tribunales decisiones que debería pertenecer a los electores.
En Quito, el panorama parece una pasarela de tanteos: Andrés Páez dice haber recibido propuestas para volver a la contienda. También aparecen Juan Zapata, Paco Moncayo, Michel Deller, Jorge Yunda, Pabel Muñoz, Andrés Castillo, Paola Pabón, Juan Esteban Guarderas y Wilson Merino. El problema no es que falten opciones, sino que todavía no esté claro qué proyecto de ciudad representa cada una. En Quito sobran nombres; falta proyecto de ciudad.
En Guayas, mientras tanto, el tablero luce aún más volátil. La reaparición de Susana González, tras la salida de Marcela Aguiñaga y su decisión de no buscar la reelección, volvió a agitar la disputa provincial y reabrió el expediente de sus propias deudas políticas. Muchos reaccionaron con una pregunta demoledora: ¿y el dragado pa’ cuándo? Fue el recordatorio de que en Ecuador hay dirigentes que regresan a escena con sorprendente desfachatez, como si una promesa incumplida no pesara.
Por otra parte, para la Alcaldía de Guayaquil ya suenan otros nombres: Cynthia Viteri y Annabella Azín aparecen hoy como opciones fuertes, mientras Aquiles Álvarez intenta sostener una reelección cuesta arriba desde la prisión preventiva. También gravitan Pedro Pablo Duart y Henry Cucalón; este último promete priorizar un proyecto político antes que su postulación. Lo que se perfila no es una competencia ordenada entre visiones de ciudad, sino otra disputa marcada por desgaste, cálculo y figuras recicladas que entran y salen del tablero según la coyuntura.
A eso se suma la situación del correísmo. Aunque Revolución Ciudadana insiste en que participará con candidatos propios, su suspensión la obliga a explorar plataformas ajenas, alianzas nacionales o acuerdos locales. Pachakutik, sectores del Partido Socialista, RETO, si mantiene su línea actual, e incluso la organización Pueblo, Igualdad y Democracia (PID) aparecen como posibles plataformas para cuadros correístas.
La contienda de 2026 no se está organizando alrededor de ideas o debates de proyectos de ciudad o provincias, sino de cálculos de supervivencia, alianzas tácticas y candidaturas tratadas como fichas de un tablero. La política ecuatoriana ha perfeccionado el arte de convertir partidos en franquicias y candidaturas en mercancía.
Lo advertí al escribir sobre el adelanto electoral: en Ecuador la improvisación institucional no corrige el juego, lo inclina. Alterar los tiempos castiga a quienes dependen de organización real y premia a quienes viven del aparato, la trampa o la maniobra.
El problema de fondo es que los partidos dejan de ser puentes y se vuelven peaje. El mensaje implícito es insolente: esto es lo que hay; elija dentro de lo que ya decidimos por usted. La papeleta deja de ser una oferta y se constituye en ultimátum.
Lo que está en juego aquí no es solo la mala calidad de ciertos candidatos, sino el vaciamiento progresivo de la representación. Cuando los partidos dejan de estar enraizados en la vida social y pasan a organizarse alrededor de su propia conservación, la selección de candidaturas deja de responder al interés del elector y empieza a obedecer a la lógica del aparato. Ya no se escoge al más capaz ni al más convincente, sino al más útil, al más funcional, al que mejor encaja en una estructura cerrada que administra el acceso al poder como si fuera patrimonio propio. En ese contexto, la candidatura impresentable deja de ser un accidente y se vuelve síntoma: señal de partidos que ya no representan, sino que dosifican opciones y obligan al ciudadano a escoger dentro de un menú previamente intervenido.
Las consecuencias son conocidas: se degrada la representación, aumenta el voto castigo, crecen la abstención y el voto nulo, se expanden el hastío y la polarización, y ganan espacio los “chimbadores” y los outsiders demagogos que hacen del rechazo al sistema su principal capital político. Al final, los partidos políticos fingen sorpresa. Se escandalizan por el antipartidismo que ellos mismos gestaron y por el descrédito de una política que han abaratado hasta volverla una feria de alquileres y conveniencias.
No se trata de pedir candidatos perfectos ni de fantasear con una política incontaminada. Se trata de no aceptar que la representación se decida a espaldas del representado. Una democracia puede tolerar figuras mediocres; lo que no resiste indefinidamente es que el elector sienta que ya no elige, sino que apenas ratifica una preselección ajena, cocinada en una mesa chica. La democracia se pudre en las rutinas que la vacían desde dentro. Y pocas son tan tóxicas como obligar a la sociedad a escoger entre opciones que el propio sistema partidario sabe que son malas, pero igual las impone. En ese punto no fracasa solo una candidatura, sino el vínculo entre representación, responsabilidad y respeto al elector.
La solución no es pedir pureza en política, sino poner límites a la dueñocracia. Primarias reales, reglas internas fiscalizables, transparencia en la selección de candidaturas y partidos con vida orgánica, no franquicias electorales. Lo demás es maquillaje institucional para seguir vendiendo como democracia lo que muchas veces no pasa de ser reparto entre pocos.

Resulta obsceno que se impongan malos candidatos como si el elector debiera resignarse y, encima, dar las gracias.
