Cuando el privilegio se gradúa en nombre del feminismo

Foto de la graduación de la primera dama, Lavinia Valbonesi, junto a su marido el presidente Daniel Noboa y los hijos de ambos.

René Betancourt

Quito, Ecuador

La graduación de Lavinia Valbonesi no incomoda porque una mujer haya obtenido un título. Incomoda porque, cuando el poder se gradúa en tiempo récord, el país tiene derecho a preguntar quién le abrió la puerta, con qué reglas y bajo qué privilegios. Ante la ola de críticas, Valbonesi eligió una defensa emocional: presentó su graduación como una historia de superación femenina y sugirió que el cuestionamiento provenía de personas incapaces de celebrar el avance de una mujer. Daniel Noboa reforzó esa línea al hablar de un supuesto “linchamiento” contra una primera dama joven.

Con ese giro, la discusión dejó de centrarse en el mecanismo utilizado, los tiempos, las materias validadas y la transparencia del proceso, para convertirse en el relato de una mujer atacada por cumplir un sueño.

La maniobra es peligrosa porque convierte una pregunta pública legítima en resentimiento, misoginia o ataque de “haters”, y usa el lenguaje del feminismo para blindar del escrutinio a una figura cercana al poder. Por eso, si crees que la palabra “mujer” basta para cerrar cualquier pregunta incómoda, esta nota no es para ti. Esta nota es para quienes entienden que una causa justa no debe servir para maquillar el poder, sino para exigirle cuentas.

La universidad ha explicado que el caso se tramitó mediante la Validación de Trayectoria Profesional (VTP), una figura prevista en el Reglamento de Régimen Académico del Consejo de Educación Superior. Ese mecanismo permite reconocer experiencia laboral, artística o cultural cuando esa trayectoria acredita aprendizajes equivalentes al perfil de egreso.

La existencia legal de la VTP no despeja por sí sola las preguntas del caso concreto. Cuando la beneficiaria es la esposa del presidente, no basta con recitar la norma y esperar aplausos. Hay preguntas elementales que siguen sin respuesta: qué trayectoria se reconoció, qué materias se validaron, cuáles cursó, quién evaluó el proceso y cuánto duró realmente.

Pero la pregunta de fondo es otra: ¿ese mismo camino se le habría abierto, con la misma rapidez y generosidad, a cualquier estudiante sin apellido político?

Esta última pregunta pesa más porque, entre el anuncio de su ingreso a la universidad y la obtención del título, transcurrieron apenas ocho meses y veintitrés días. En un país donde miles de estudiantes trabajan, madrugan, pagan matrícula, pierden semestres, repiten materias, hacen filas, persiguen certificados, suplican respuestas administrativas y se estrellan contra trámites absurdos, esa velocidad vuelve sospechoso el relato institucional.

Por eso resulta tan conveniente envolver la discusión en una épica de superación femenina. Nadie cuestiona que una mujer estudie, se gradúe o quiera avanzar. La molestia nace de una sospecha vieja y conocida: el poder entra por la puerta lateral mientras los demás siguen haciendo fila.

Responder preguntas legítimas con una narrativa de empoderamiento no convierte la evasión en feminismo. Convierte una causa justa en escudo y el lenguaje de la igualdad en perfume para el privilegio. El feminismo no puede servir para ocultar ventajas, clausurar preguntas incómodas o convertir toda exigencia de transparencia en agresión de género.

bell hooks, escrito así, en minúsculas, porque ella misma eligió ese nombre para desplazar el culto a la autora y poner el foco en las ideas, fue una de las voces feministas más lúcidas del siglo XX. Advirtió que el feminismo no podía reducirse a permitir que algunas mujeres accedan al poder existente mientras permanecen intactas las estructuras que excluyen a las demás. Esa idea ilumina este caso: no todo ascenso individual de una mujer es una victoria feminista, menos aún cuando ocurre bajo privilegio, opacidad y cercanía al poder.

Como feminista y como docente, esa maniobra me molesta especialmente. Durante años, muchas mujeres han luchado para que no se las limite, no se las subestime ni se las reduzca a víctimas; y durante años he visto a alumnas universitarias trabajar, madrugar, estudiar con cansancio, pagar matrículas, rendir exámenes, perder materias, insistir ante secretarías y sostener sus carreras sin atajos ni apellidos protectores. Esa lucha no puede convertirse ahora en chaleco antibalas para figuras públicas que deben rendir cuentas. El feminismo exige igualdad real, y esa igualdad empieza por reglas claras, procedimientos verificables y explicaciones completas.

Y si la VTP es realmente una vía abierta, seria y democrática, probemos su alcance fuera de los apellidos conocidos. Que el voceador que lleva años vendiendo en la calle pueda pedir que se reconozcan sus conocimientos en marketing, persuasión y lectura del mercado. Que la señora que vende almuerzos todos los días pueda acreditar experiencia en ventas, administración, costos y gestión de clientes. Que la costurera que organiza pedidos, proveedores y tiempos de entrega pueda demostrar competencias en gestión productiva. Que el mecánico que aprendió el oficio durante veinte años pueda acreditar conocimientos técnicos reales.

Ahí se prueba la igualdad: cuando la trayectoria de quienes aprendieron trabajando recibe la misma apertura que hoy se invoca para quienes llegan escoltados por el privilegio; cuando alguien sin apellido ilustre, sin cercanía al poder y sin alfombra institucional puede activar la VTP, validar su experiencia y obtener reconocimiento de materias sin tener que empujar una puerta que para otros se abre sola.

Si el sistema responde con la misma rapidez, flexibilidad y entusiasmo, hablemos de una regla general. Si no, digámoslo sin maquillaje: era privilegio administrado con lenguaje académico, toga, birrete y perfume institucional.

Más relacionadas