Normalización de lo anormal

Guayaquil, viernes 03 de marzo del 2023. Mediante un comunicado el abogado Eduardo Carmigniani, rechaza la imputaci√≥n que plante√≥ la Fiscal√≠a, al vincularlo en el caso Sinohydro. Fotos:API/Cortesía

Hernán Pérez Loose

Guayaquil, Ecuador

Poco a poco se van volviendo normales cosas que no deberían serlo. Esa aceptación tácita y silenciosa de ciertas prácticas que deberían ser más bien cuestionadas y rechazadas es uno de los rasgos más perniciosos de una sociedad.

Esta peligrosa situación fue advertida en su momento por el filósofo y ensayista francés Michael Foucault. La normalización es una herramienta importante del poder. Es un mecanismo muy eficiente, por cierto, de sometimiento y esclavitud. El poder impone y clasifica qué cosas deberíamos aceptar como normales y cuáles no. Sin necesidad de recurrir a la fuerza física, sostenía Foucault, los individuos poco a poco van aceptando como valederas ciertas prácticas y rechazando otras.

Hoy la corrupción judicial, por ejemplo, ha terminado por convertirse en algo normal en nuestro país. Ya no se la cuestiona, ya no es razón de alarma, ya casi no se la denuncia, sino que se la tolera y se la ve como algo con lo que debemos aprender a sobrevivir simplemente.

Algo similar está ocurriendo con la falta de libertad para expresar opiniones sobre asuntos de interés público o social. Cada vez más se instala en el país la práctica de imponer sanciones penales o condenas pecuniarias civiles como respuesta a opiniones, criterios o juicios que se expresan con respecto a asuntos de interés público.

Cada día vemos como algo normal que los jueces acepten querellas penales o demandas de daño moral contra personas e instituciones bajo el pretexto de que el honor de los demandantes ha sido vulnerado. Como resultado de esta práctica corrupta lo que se está logrando es fomentar el miedo colectivo a emitir opiniones libremente y que sean los destinatarios de estas opiniones, es decir, el público en general, el que decida si son opiniones valederas o no, si son dignas de crédito o simples exageraciones infundadas que no ameritan nuestra atención.

No se ha tomado conciencia de que el crimen organizado es el gran beneficiario de una sociedad presa del temor a expresarse libremente. Un pilar de la delincuencia es que las sociedades donde opera se mantengan calladas. Ese silencio se logra con amenazas directas o con el sistema judicial.

Este último es el más efectivo, pues viene disfrazado de legalidad. Para ello se requiere de jueces corruptos e ignorantes, y de una institucionalidad jurídica débil.

Gracias al temor a expresar libremente nuestros criterios, por muy errados que sean, las mafias pueden instalarse y crecer con toda impunidad. Al contrario, aquellos países donde el derecho a opinar, a emitir juicios y a debatir sobre asuntos de interés público sin temor o miedo es un derecho fuertemente protegido por la ley y sus jueces son países donde el desarrollo del crimen organizado es más difícil. No imposible, pero sí que es menos fácil.

El miedo a opinar libremente es el gran aliado de la delincuencia. Claro que existen otros factores que inciden en su crecimiento, pero uno de los principales es la limitada o escasa libertad de expresión.

El temor de la ciudadanía para debatir, para denunciar entuertos o para provocar contrapuntos y polémicas asegura la impunidad de la delincuencia y, en general, impide la construcción de esas sociedades abiertas que tanto defendía Karl Popper(O)

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