Juan Diego Vivanco Neira
Baños de Agua Santa, Ecuador
(Narrativa ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
Era a inicios de la aurora, cuando en la piscina más caliente al calor de las aguas termales empezó una conversación de esas casuales que a veces se dan en uno de esos rinconcitos mágicos que Dios creo a la vez que formó las estrellas. Estas milagrosas aguas son un regalo de la Naturaleza. Este pueblito ha sido bendecido, al tener tantas fuentes de agua y de tantas clases. Algunas afectadas por la indómita naturaleza y otras violentadas de una manera brutal e indiscriminada por alcaldías de turno a lo largo de los años. Parecería que el cambiar de fisonomía de los parques, los mercados y las plazas en cada administración municipal no son suficientes. “En los contratos está el negocio” – dicen – “Total, es fácil embobar al pueblo; total, en tres semanas se les pasa y luego como si nada, todo se olvida”.
Era una agradable mujer de alrededor de unos 30 años que había venido desde muy lejos acompañando a su anciana abuela para que se beneficiara de estas aguas milagrosas. Su anciana abuela ya había venido muchos años atrás, pero para ella, era la primera vez.
Me preguntó si yo era oriundo del lugar a lo que le respondí que no, que era 4 días ambateño, pero que mi niñez, parte de mi adolescencia y ahora, ya en mis entrados años, he tenido la fortuna de haber crecido y vivido en el pueblo que el legendario Don Juan Montalvo habría buscado inspiración y refugio, sobre un histórico árbol sobre el cual quizás, Don Juan Montalvo, refiriéndose al paisaje, lo describiría en su colosal obra, “Los Siete Tratados”, como una “égloga de Virgilio” pintado por el pincel de Salvator Rosa; más de ese paisaje y el de mi infancia muy poco queda ya.
Me puse a contarle de lo mucho que el pueblo ha cambiado y de lo mucho que hemos perdido a lo largo de todos estos años. Y así, sin más, nos pusimos a hablar, entre otras cosas, de los municipios y alcaldías en general. Cuántas similitudes y cuántos desafueros. Cuánta corrupción y cuánto nepotismo. Coincidimos sobre la forma cínica y descarada como las alcaldías y concejalías se han manejado, se manejan y se seguirán manejando.
“Manejan”, dijo la señora, “por no decir se reparten nuestras riquezas entre contadas familias y sus allegados, barones y baronesas que, como si fuera su hacienda, chupan la sangre del pueblo y la de nuestros hijos y que como gordas sanguijuelas engordan y no paran de engordar: aquí, el primo o la sobrina, allá, el hijo de fulano, acá, la esposa de zutano o sino cualquier mengano, pana, mijín o yunta de cualquier club de barrio y/o compañero de farra y de cantina… Por lo general suelen ser gente incompetente, deleznable y corruptible”.
“Me parece que está usted siendo muy dura”, comentó otro señor que se sumó a la conversación. “Es verdad que por lo general quienes rodean a las máximas autoridades son gente de similar calaña, pero hay también aquellos que venden su dignidad y su alma, no por la desmesurada ambición, sino por la pura y simple necesidad, y es que la situación económica del país y el creciente desempleo es terriblemente alarmante. He visto gente que en cada campaña electoral se somete a aquellos candidatos que tienen la mayor opción de ganancia y los halagan y los adulan. Todo por conseguir un puestito con sueldo fijo o estable. Es una triste realidad. Y claro, no nos podemos olvidar que también están esos granujas que financian las campañas. Son ellos, los privilegiados, los que ciertamente se favorecen y mueven los hilos y los que seducen e inducen a sus ilustres candidatos en las prefecturas, alcaldías y concejalías; dirán que no, que es el pueblo el que los elige y los reelige. Nada más lejos de la realidad. Nos obligan a escoger entre peste o cólera”.
“Tiene usted razón, señor”, repliqué. “Dentro de los funcionarios públicos hay gente decente que se ve obligada a morderse la lengua y callar.”
Le pregunté a la mujer que cómo fue que llegamos a esta tan deplorable situación o si al menos habrá alguna salida o alguna esperanza. La respuesta de la mujer a esta pregunta vino acompañada de una escalofriante sensación de pesimismo, zozobra y decepción. “Estaremos”, dijo, “condenados a la desesperanza mientras sigamos gobernados por sujetos mediocres, ambiciosos, déspotas y astutos. Y es que para corromper y ser corruptos a estas sabandijas no hay quién les gane”. afirmo ella, tajante. Y luego continuó: “Ellos son los “jefecitos”, son los que se creen dueños y señores de un pueblo, al que ellos consideran su hacienda y que lo han “administrado” con descontrol y anarquía. Glosas, deudas, tráfico de influencias, especulación de suelos, “acuerdo entre privados”, veintenas de casos judiciales y un montón más de trafasías suelen ser sus cartas de presentación y sus referencias. Vienen de una cultura política heredada desde hace muchos años, en donde se implantó como norma la mentira, el cinismo y la desvergüenza. Una cultura política de la cual aún no nos hemos podido librar. Y parecería que jamás lo haremos”. Así terminó la señora su locución con un gesto de desamparo y resignación. Ante semejante discurso, no nos quedó otra cosa más que callar y asentir.
Después de un corto silencio, repliqué: “Pero el problema no es sólo eso. El problema no son solamente las pésimas autoridades que elegimos y no paramos de elegir; el problema es mucho mayor y más complejo”, dije. “Es un problema generalizado y estructural que van desde el fallido manejo de las instituciones del Estado y su descomunal hipocresía, incluidos ministerios, coordinadoras zonales y distritos, alcahuetes de la corrupción y el piponazgo; hasta los medios de comunicación parcializados, quienes, en complicidad y encubrimiento de pseudo- periodistas, autollamados comunicadores sociales, y una banda de insolentes troles/nano-influencers dispuestos a cualquier cosa, por defender y proteger a sus amos y patrones”.
“Parecería que lo que pasa en cada rinconcito del país, es la fiel copia de lo que pasa en todo el territorio nacional. En resumidas cuentas, estamos jodidos”, dijo el señor y luego hundió todo su cuerpo dentro del agua hirviente y volvió a sacarlo dejando fuera del nivel del agua sólo una tercera parte de su cuerpo.
“Pero aquí todos tenemos la culpa, por nuestro miedo, por nuestro quemeimportismo y nuestra falta de empoderamiento, por nuestro desconocimiento de la ley y la justicia, de nuestros deberes y de nuestros derechos. Somos una sociedad establecida en la coima y el compadrazgo. Nuestro tejido social está en terapia intensiva”, intervino un joven que se sumó a la conversación.
La repentina interrupción del joven nos cayó por sorpresa a todos. Mirándolo con detenimiento, vi que era alguien que lo había conocido desde su adolescencia y que ahora ya era todo un hombre, su nombre es Santiago. Lo saludé con afecto y después de la respectiva presentación, le dimos la bienvenida a la conversación.
El señor que había estado antes, preguntó a Santiago, sobre en qué fundamentaba esa afirmación.
“¿Han visto ustedes la manera cómo se manejan las escuelas y los colegios públicos en el cantón? Más que centros educativos se han convertido (conjuntamente con los famosos Comités Centrales de Padres de Familia) en verdaderos vacunadores de los padres de familia y de los estudiantes. Abusadores de su posición y su poder. Parecería que nuestros hijos (y sus profesores) pasan más tiempo en repasos de desfiles y comparsas, en programas y en festejos, que en las aulas cumpliendo con su deber. ¿Quién reclama? Nadie. Y si alguien se atreve a hacerlo, es reprimido, aislado y castigado. ¡No es educación, es un maldito negocio!”, culminó Santiago.
La conversación de pronto se volvió tensa. El señor, la señora y yo nos miramos a los ojos sin saber qué decir. Cuando el señor se volvió a Santiago y le dijo: “No entiendo joven lo que quiere decir con eso”.
“Tengo a mi hijo educándose, al igual que miles de niños y adolescentes, en una de las instituciones educativas públicas del cantón. De entrada, al inicio del año, los padres de familia, prácticamente estamos obligados a dar una cuota de veinte dólares; 10 para el grado y 10 para el Comité Central de Padres de Familia, costumbre que se ha estandarizado a lo largo de los años. Multiplicados por los miles de alumnos, es una verdadera fortuna, como lo es para el padre de familia que, a duras penas, con un miserable sueldo, puede llegar a fin de mes y ni hablar de aquellos que ni sueldo tienen. Para esos padres de familia esos 20 dólares no sólo es una fortuna, sino un asunto de supervivencia. Y ni hablar del gasto en uniformes, útiles escolares y enceres, que es otra alcahuetería y otra sinvergüenzada”. Y sonriendo, Santiago, con un gesto pícaro y burlón, me miro y me dijo: “Eso Usted, mi don, lo sabe muy bien, ¿No es cierto?”. Y nos echamos a reír.
“Ojalá que la memoria colectiva se fortalezca y prevalezca sobre la ignominia y la mentira.; para que no tengamos que ser, “El olvido que seremos”[1]. Qué bueno que al menos quedan los bancos de uniformes que se crearon en la pos-pandemia, que, de algún modo, son un alivio para muchos padres de familia de a pie. Ojalá que esta solidaridad crezca con el tiempo”, dije.
“Pero hablando serio”, dijo el señor: “¿Es cierto que dizque regalan notas a cambio de que participen en los desfiles y comparsas?” “Fuuu, mi Seño”, respondió Santiago. “A eso me refiero, cuando digo que somos una sociedad establecida en la coima y el compadrazgo y que nuestro tejido social está en terapia intensiva, por no decir, podrida desde los cimientos. Tienes poder y/o tienes dinero y estás hecho”.
“Perdón”, dijo el señor, “pero poner una buena nota a alguien, sin una evaluación académica meritoria es corrupción”. “Usted lo ha dicho, mi Seño”, dijo Santiago, asintiendo con la cabeza, “usted lo ha dicho. Y esto, sólo es la punta del ovillo”.
Luego, Santiago se volteó hacia mí y me dijo: “¿Solidaridad? Sí. Hacia quien levanta la voz y proclama justicia, no hacia quienes juegan con el dolor humano, esa gente debería recibir un castigo”.
“¿Castigo? ¿Con la justicia que tenemos? Lo dudo mucho”, dijo el señor.
A lo que Santiago, respondió, gritando y riendo: “¡Quememos todo y que los ríos se tiñan de sangre, cual si fuésemos ejércitos de Elías en contra de los adoradores de Baal!”. Y se fue riendo, mientras se alejaba del grupo.
Ya cuando Santiago estuvo suficientemente lejos de nosotros, la señora preguntó a mi oído: “¿A ese joven como que le falta un tornillo?” A lo que le dije casi riendo, que puede ser que sí, pero que había mucho de verdad en lo que él dice. “Por supuesto, no aquello de querer quemar todo y de teñir los ríos de sangre que no es nada más que una simple alegoría, un evento bíblico, posiblemente, un decir popular. Santiago es buen hombre y seguramente también es un buen esposo y un buen padre de familia”, dije.
Nuevamente, los tres; la señora, el señor y yo, nos quedamos en silencio, hasta que finalmente la señora, mirándome a los ojos, me preguntó, qué había sobre el comentario ese de Santiago, acerca de ese lio sobre los uniformes.
“¡Ay!”, le contesté, “una vez como comité central de padres de familia quisimos hacer una consulta a los padres de familia en nuestra institución educativa, pero las autoridades educativas de ese entonces no lo permitieron y la boicotearon; nos calumniaron, amenazaron a maestros, a alumnos y a padres de familia y finalmente nos acorralaron frente una turba de gente furiosa y violenta. Con payaso incluido”.
“¿Casi como se dan en las socializaciones en los municipios?”, dijo riendo la señora.
“Y sí”, dije, riendo, “tiene usted razón, casi como cuando se dan las socializaciones en los municipios”. Y los dos sonreímos.
“Las socializaciones son una farsa, son una burla, una payasada”, dije.
“¿Y con payaso incluido?”, se escuchó una voz salir de la nada. Era Santiago que había vuelto a poner leña al fuego.
“Volviendo al tema del progreso”, dije, “he perdido la cuenta de las muchas veces que en nombre del progreso han destruido y siguen destruyendo nuestra naturaleza, nuestra historia y nuestro patrimonio; hace un poco más o un poco menos de un medio siglo perdimos la laguna y el Árbol de Montalvo, así, en los últimos quince años, hemos ido perdiendo decenas de cosas valiosas que hacían del cantón, un lugar mágico, único y encantador. A pasos agigantados estamos perdiendo nuestro espíritu y nuestra esencia. Todo en nombre del progreso. Me pregunto si es por el bien y el progreso del pueblo o si se por el bien y el progreso de quién o de unos cuántos”.
Finalmente, y para concluir, dije; “la lista de lo perdido es penosamente larga. Ahorita mismo siguen abriendo (al apuro) la carretera por el sendero de Los Sauces. ¿Qué irán a poner ahora? ¡Si ya hay de todo! ¿Tendrá algo que ver con dios? Puede ser. Nunca se sabe. Total, aquí, el pastor, el poder y la sotana se funden y unifican”.
“¡Bastardos!”, dijo Santiago y se despidió del grupo.
Me quedé pensativo y me dije a mi mismo que deberíamos hacer una carta abierta al Santo Papa, riendo hacia mis adentros. Ya que no quieren mismo aceptar la ayuda del CNC (Consejo Nacional de Competencias) , no caería mal un Santo Papa que venga a servirnos como moderador justo, bondadoso e imparcial. Me pregunté desde cuando dejamos de ser “Un Pedazo de Cielo” y nos volvimos “Ciudad de Luz”, o, mejor dicho, una sucursal de Las Vegas, un sueño húmedo de barones y baronesas y de un conjunto de criollos ambiciosos, vivarachos y pueriles.
Y así sin más, el coloquio terminó. Nos despedimos atentamente y cada cual se fue por donde vino. En estas aguas termales y con el tema este del calor y las presiones sanguíneas, es recomendable no estar dentro del agua por más de 10 minutos.
Juan Diego Vivanco Vieira
[1] Abad Faciolince, Héctor. El olvido que seremos.2006.
