Guayaquil, Ecuador
Xavier Alvarado Roca acaba de cumplir 90 años hace un par de semanas. Me ha conmovido. Porque la primera vez que lo vi, en su oficina de la calle Aguirre, en pleno centro de Guayaquil, él estaba en los 45. Yo, en los 17, y no tenía una clara idea de quién era ese hombre que me estaba entrevistando para el cargo de redactor en la revista Vistazo, el primer empleo de mi vida.
Don Xavier, cómo todos lo han conocido siempre, no solo era entonces el director de Vistazo, sino también el presidente de Canal 2 de Guayaquil (que años después iba a adquirir Canal 8 de Quito, y e 5, de Cuenca, para conformar lo que hoy es la Cadena Ecavisa), y era entonces (lo sigue siendo) uno de los periodistas más poderosos de ese Ecuador de comienzos de la década de los ochenta, que regresaba a la democracia tras una década de dictadura.
Con los años, iba también a ser mi tutor. El hombre de quien iba a aprender los principios fundamentales del periodismo. Esos que uno aprende a lo largo de la vida. Vistazo, por ejemplo tenía por principio no buscar ni aceptar publicidad oficial, porque don Xavier creía que los medios debían subsistir por sí solos y que los políticos después se creían con el derecho de controlar nuestro contenido.
Tampoco aceptaba publicidad de cigarrillos ni bebidas alcohólicas, porque lo consideraba lesivo para la sociedad, mucho antes que la ley así lo estableciera.
Un día, cuando yo ya tenía tiempo en Vistazo y era uno de los escritores de la sección editorial que se llamaba «Asteriscos», el me llamó a su oficina a preguntarme por qué había escrito yo un comentario en favor de Ecuavisa, en un conflicto legal que el canal tenía con la Federación de Fútbol.
«Porque me parece que el canal tiene razón», le dije yo, con toda honestidad. «Ya escribes años aquí. Ya debías haber aprendido que mi padre, Teodoro Alvarado Oleas, no fundó esta revista para que se defienden los intereses privados de ninguna empresa. Ni los de Ecuavisa. El canal tiene que pelear ese juicio con sus abogados. No porque presionemos desde la revista», me respondió con tono severo.
Luego ya más tranquilo agregó: «Mira, tu texto no va a ayudar a que Ecuavisa gane el juicio. Pero sí va a menoscabar el prestigio de Vistazo. Los lectores van a pensar que usamos la revista para presionar a los jueces, y eso no se hace. Ese comentario tuyo afecta nuestra credibilidad. Y el principal capital de un periodista es ser creíble».
Don Xavier es también un maniático de la perfección. Muchos años, cuando yo ya era director nacional de noticias de Televistazo, el noticiero que él comandaba, un día entré a su oficina, lo encontré midiendo con una regla el tamaño de la barra de las sobreimposiciones, en la pantalla de la televisión.
«Por qué nuestra barra tiene dos centímetros?», me preguntó. «La de CNN tiene centímetro y medio. También la de Fox», agregó. «No tengo la menor idea», respondí. «Pues deberías tenerla», me dijo. «Eres el director de este noticiero. La perfección está en los detalles. Tienes que preocuparte siempre de los detalles, sino nunca vas a hacer las cosas completamente bien. En este canal estamos comprometidos con la calidad».
Seguí aprendiendo de él, incluso cuando ya no trabajaba con él. El 30 de septiembre de 2010, cuando una revuelta policial contra el gobierno de Rafael Correa puso en jaque al régimen, yo ya no trabajaba en Ecuavisa sino que dirigía el noticiero de Teleamazonas y competía con mi antiguo jefe.
Al mediodía, la Secretaría de Comunicación ordenó que todos los medios suspendieran la transmisión de los hechos y nos sumemos a la cadena del canal oficial. Es casi normal que las dictaduras intenten controlar siempre a la prensa. Como a las dos de la tarde, Teleamazonas fue el último canal que se unió a la señal de Ecuador TV y desde ese momento los ciudadanos solo podían enterarse de lo que estaba ocurriendo por la versión del gobierno.
Y ahí, estábamos, amordazados. Hasta que a las 20h00 en punto, el opening tradicional de Televistazo (creado para la película «Ben Hur», de 1959) irrumpió en la pantalla de los televisores, indicando que el noticiero empezaba. Yo que estaba al mando del noticiero de Teleamazonas entendí que no podíamos dejar que Ecuavisa sea el único canal que informe y entonces ordené que también «24 Horas» salga al aire. Y entonces ambos canales desacatamos al Gobierno y empezamos a informar.
Al día siguiente supe, por las versiones de mis antiguos amigos de Ecuavisa, que un alto funcionario del gobierno de Correa llamó a Xavier en ese instante, para advertirle las consecuencias. Él estaba ese momento en la oficina desde la que se toman las decisiones. Salió al corredor. Y ahí había respondido que desde 1967 nunca nadie había impedido que la emisión central de Televistazo empiece de lunes a viernes a las 20h00 en punto. Y que eso no iba a pasar. Todos siguieron en sus puestos. Esa transmisión ganó un Premio Rey de España. Don Xavier era un arrecho.

En los años que siguieron lo he visto con relativa frecuencia. Quizás una vez cada cuatro o cinco años. Cuando hace poco le escribí para pedirle que me permita incluir su nombre entre los convocantes a un homenaje a Bonil, el caricaturista de El Universo que había renunciado por las presiones del poder, Xavier respondió de inmediato que sí. Que cuente con él. En un ambiente de persecución a la prensa independiente, con unos medios de comunicación literalmente comprados, y otros perseguidos con furia, periodistas despedidos, editorialistas sentenciados a prisión, Xavier Alvarado Roca sigue siendo el mismo hombre valiente, correcto y digno que conocí a sus 45. ¡Salud por sus primeros 90 años!
