El sistema eléctrico ecuatoriano registra un leve pero esperado respiro. Tras rozar momentos de extrema vulnerabilidad cuando se ubicó a solo seis metros de su umbral crítico, el embalse de Mazar se sitúa en este momento alrededor de los 2.123 metros sobre el nivel del mar (msnm), lo que representa una distancia de ocho metros frente al nivel crítico de seguridad (2.115 msnm).
Aunque la cifra está aún distante de su cota máxima de operación (2.153 msnm), el paulatino ascenso responde al manejo táctico del Operador Nacional de Electricidad (CENACE) —que ha dispuesto paradas temporales en el turbinado para embalsar agua— combinado con las precipitaciones intermitentes en la provincia de Azuay.
Sin embargo, la brecha de seguridad sigue siendo estrecha y el panorama de fondo no muestra un alivio inmediato.
Para que Mazar continúe alejándose de la zona de peligro, el país mantiene una fuerte dependencia de la vertiente oriental. Centrales como Coca Codo Sinclair se han convertido en la columna vertebral del abastecimiento diario.
Funcionando como una planta de paso, el complejo en el río Coca aprovecha caudales que se mantienen en rangos operativos moderados (alrededor de 1.000 a 1.100 MW de generación continua), lo que permite cubrir cerca del 30% de la demanda nacional sin sacrificar las reservas de agua del Austro.
El río Coca
No obstante, el riesgo en el Coca radica en su propia naturaleza: la vulnerabilidad ante crecidas repentinas que arrastran sedimentos y obligan a cerrar compuertas, dejando temporalmente al sistema sin su principal generador instantáneo.
Por otro lado, la matriz eléctrica nacional opera al límite. La producción diaria oscila entre los 68.000 y 70.000 MWh, sostenida en más de un 30% por el parque térmico (alrededor de 20.000 a 22.000 MWh diarios).
Plantas como La Trinitaria, Gonzalo Zevallos y unidades flotantes trabajan de forma ininterrumpida para asumir la carga base, mientras se acelera la incorporación de 110 MW adicionales en bloques de generación diésel en Pascuales, Santa Elena y Jaramijó.
La oferta de importación desde Colombia, entretanto, se mantiene marginal e intermitente debido a restricciones comerciales y de disponibilidad del país vecino.
A pesar de la leve recuperación en los niveles de Mazar, la pregunta que se plantea el sector productivo es qué ocurrirá cuando concluyan las actuales restricciones energéticas y desconexiones obligatorias impuestas a la gran industria.
El aporte de la industria
El reinicio total de las líneas de producción industrial implicará un salto súbito en la demanda instantánea de energía de varios cientos de megavatios. La absorción de este incremento representa una prueba de fuego para el Sistema Nacional Interconectado (SNI).
Si bien el sector comercial e industrial ha buscado esquemas de autogeneración y acuerdos de flexibilidad rotativa para no paralizar sus operaciones por completo, la autoridad energética mantiene la desconexión del sector industrial como la herramienta clave para preservar el suministro residencial.
Bajo este escenario, las autoridades pudiera preveer la posibilidad real de que las restricciones a la industria deban prolongarse o ajustarse hasta el mes de diciembre. La resolución de este esquema no dependerá de un repunte momentáneo, sino de la consolidación de un superávit hídrico sostenido.
La definición final quedará atada al régimen de lluvias en las cuencas hidroeléctricas: si las precipitaciones se consolidan de manera continua sobre el complejo Paute en el sur o si el río Coca logra mantener caudales estables sin interrupciones por sedimentos en el oriente, el sistema podrá absorber la carga industrial; de lo contrario, la industria deberá continuar conviviendo con el racionamiento para garantizar la estabilidad eléctrica del país.

