Por Gustavo Domínguez
Quito, Ecuador
Esta famosa línea no solamente ha sido citada por muchos autores literarios, dramaturgos y oradores, sino que también es utilizada en la cotidianeidad del conversar de la gran mayoría de las personas. No existe mejor argumento en defensa de su veracidad, que el hecho de que las comparaciones entre personas siempre resultan inútiles o, por lo menos, engañosas. Sin embargo, no es menos cierto, que en ocasiones, la tentación de comparar o de utilizar parámetros de similitudes, resulta un mecanismo necesario para llegar a ciertas conclusiones.
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