Ecuador, sábado 20 de enero de 2018

Por el planeta y por nosotros

Marisol Pons Cruz
Guayaquil, Ecuador

Entre toda la información que recibimos a diario se encuentra la macabra realidad de que destruimos el planeta Tierra a una velocidad desmedida.

Mariasol Pons Cruz
Guayaquil, Ecuador


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Entre toda la información que recibimos a diario se encuentra la macabra realidad de que destruimos el planeta Tierra a una velocidad desmedida.

Las especies marinas son afectadas por la pesca masiva e indiscriminada. El apetito caprichoso y desmedido nos llevará a que pronto no habrán sardinas, ni meros, ni bacalaos ni muchísimas otras especies conocidas o desconocidas que son parte del océano y su equilibrio natural. ¿Quién no ha visto las imágenes de los tiburones sin aleta, o de las ballenas siendo asediadas por barcos o de millares de peces que se hunden porque murieron en las redes de los barcos? Su muerte no tiene sentido. El consumo es tan desproporcionado que el hombre pesca cada vez más lejos y más profundo interrumpiendo los ciclos naturales de las especies y socavando sus propias reservas.

Los desechos plásticos, llámese botellas de agua, gaseosas, etc., se convierten en micro partículas que los peces ingieren porque los confunden con plancton y mueren por esta causa.

Los combustibles fósiles, entre ellos el petróleo, recursos naturales NO renovables y que hoy son la mayor fuente de energía en el mundo, son explotados por el hombre indiscriminadamente ya sea debajo de la jungla o del lecho marino. De esa manera quemamos millones de años de historia del planeta sin siquiera percatarnos. Los que se percatan se callan porque el negocio es demasiado importante o lo hablamos de manera somera porque no hay mucho que podamos hacer al respecto. Así contribuimos todos diligentemente al calentamiento global.

La contaminación va en aumento, hay ciudades en China que ya son invivibles por la presencia de nubes tóxicas. ¿Quién no leyó en los medios que hay 35000 morsas atrapadas en Alaska por un fenómeno atribuido al deshielo en el Ártico? Esto no pasaba hace diez años, sin embargo hace más de diez años venimos hablando del bendito cambio climático. Parece que no habláramos el idioma.

Ni para qué hablar de la guerra y todas las consecuencias de las bombas tóxicas. La indiferencia hacia esta realidad es el peor crimen que podemos cometer en contra de nosotros mismos, estamos matando el único lugar que conocemos para que nuestra especie habite. Pensamos a corto plazo y nuestro estilo de vida nos aleja cada vez más de nuestra humanidad y del vínculo con la naturaleza. Debemos entender que todos somos uno, el pensamiento sistémico nos insta a basar nuestra percepción del mundo real en términos de totalidades para su análisis, comprensión y accionar. En otras palabras, no permite visualizar la integración del “todo” del que somos parte. I.e. Si boto la tapa de la botella de agua a la arena, esa tapa acabará en la panza de algún pájaro y el pájaro morirá.

Los grandes contaminantes son los países más “desarrollados”, re-definamos su desarrollo porque algo está mal en el sentido del término. La codicia del ser humano nos va a llevar, como en la película Wall-E, a tener que abandonar el planeta. Ojo, era una película. Tanta información, tanto comercio, tanta creatividad, tanta conectividad, tanto teléfono inteligente y ¿donde está la conciencia?

Hace poco me enteré de que Paul Mc Cartney está promoviendo una campaña que invita a todas las personas a que sean vegetarianos los días Lunes para disminuir la actividad ganadera que afecta al cambio climático. Ojalá la población se sumara a esta iniciativa y no a tirarse baldes de agua para justificar una donación para la investigación de una enfermedad. Todos podemos ayudarnos, y debemos hacerlo, pero midamos nuestros actos. Con pequeños gestos y acciones podemos contribuir a que las cosas cambien, por lo menos así podremos ser parte de la solución y sentirnos de alguna manera empoderados frente a algo que compete a todos los seres humanos.

El principio es simple para aplicar y promover; evitar, en lo posible, hacerle daño al planeta. Recojamos la basura en la playa, no consumamos tantas botellas plásticas –ahí me concentraré yo- reduzcamos el consumo de agua, caminemos más, usemos las cosas por más tiempo de manera que reducimos el desecho, no botemos basura al mar, fumiguemos menos, usemos menos fundas plásticas, en fin, cada uno sabrá cómo aporta.

El consumo determina la oferta. Reciclar no es suficiente ¿De verdad necesitamos tanto de todo? ¿Para qué tener tantas cosas materiales a costa de matar la vida en el planeta?. Si reducimos el consumo entonces habremos marcado una nueva dirección en la producción. Esta opción está disponible para todos. Si no lo hacemos por nosotros mismos, hagámoslo por nuestros hijos.