Sabina: Entre estar y publicar.

Víctor Cabezas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador

El viernes pasado el español Joaquín Sabina  cantó en Quito.  El Coliseo General Rumiñahui estuvo a reventar. Luces, un telón rojo, un escenario y un hombre vestido de azul con un bastón y un sombrero de copa.  El concierto comienza con la ya conocida y vanagloriada  “Ahora que” del disco 19 días y 500 noches. Pancho Varona, Pedro Barceló y  Antonio García de Diego acompañan a Joaquín desde atrás. Sabina ha comprendido como diagramar una fórmula para el éxito en el escenario, una ecuación que inequívocamente deja una imagen de músico profundo, poeta, bonachón, mujeriego, bohemio y descompilado. Sabina ha sabido crear un espacio de comodidad escénica que, desde la gira Vinagre y Rosas, no ha podido reinventar. El sombrero de copa, el traje azul, el bailadito de bastonera, el coqueteo indiscreto a la guapísima cantante, el zoom del camarógrafo a sus piernas y pechos, la exitosa fórmula que ha empleado en, por lo menos, las últimas 3 giras que ha dado.

Ahora que me despido, pero me quedo” canta el andaluz. A mi alrededor hay por lo menos treinta personas que sostienen su celular enfocando al escenario, no cantan, solo graban. Se acaba la canción y de inmediato agarran sus aparatos electrónicos y suben las fotos a Facebook y las comentan, y dicen amar al español y dicen que es el mejor concierto de sus vidas. Y llega “Barbie superstar” y la entrañable “y unos ojos color verde marihuana”, el éxito, el rock y las mismas personas vuelven a grabar y tomar fotos y textear y publicitar el concierto. Tan pronto termina de cantar bajan sus brazos adoloridos y, de nuevo, suben a la red lo que supuestamente presenciaron.

Las redes sociales se han vuelto una extensión de la personalidad y de la noción de la realidad. Me ha sido imposible no reflexionar respecto a qué es más importante en la actualidad, estar o publicar. Quizás la añeja dialéctica entre el ser y estar haya degenerado en una dicotomía de estado/publicación. Ir al concierto de Sabina no es tan trascendente como poder hacerle fotos y videos para luego subirlos y hacer toda una tendencia en las redes. Escuchar el concierto no es tan importante como encontrar los hasthtags adecuados para describir el momento a los miles de internautas que estarán atentos a las vidas publicadas en Facebook o Twitter. La letra de las canciones sabinescas no importan si no ayudan a generar una publicación popular, no importan si no ayudan a que la foto del ex novio vaya acompañada de un “Los besos que perdí por no saber decir te necesito”.

Y está bien que así sea, las formas de apreciación del arte y la popularización de su contenido a las masas ha sido siempre un espacio gris en el análisis de su validez e incidencia. Hay quienes dirían que el arte de Sabina hoy responde a los criterios de eficiencia y productividad propios del mercado capitalista, la canción vale en la medida en que venda y genere más posts en Facebook y, en suma, sea un producto rentable y ampliamente apreciable.

Quizás esta reflexión sea del todo innecesaria, quizás lo único que importe es que el Coliseo salió muy contento y que Sabina entretuvo y que los millones de posts que generó son una nueva y auténtica forma de apreciar el arte. Quizás sea eso y nada más.

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