Criticar sin desertar, afirmar sin ser cómplice

Desde mi punto de vista, estas dos interpretaciones son falsas y pueden tener su origen o en una tierna visión formal-institucionalista de la democracia o en una incapacidad para pensar realmente la política. Creo firmemente que a lo que contribuyó la consulta popular y el referendo fue a agudizar los vicios de nuestra esfera pública que imposibilitan la formación de una democracia real.

Ningún analista político serio puede, hoy por hoy, pensar que la democracia se define por el tipo de instituciones que un país posee. En base a distintas premisas, asentándose en diferentes tradiciones filosóficas y con distintos vocablos, la mayoría de teóricos políticos en los últimos 50 años han llegado a lo que parece ser un nuevo denominador común: la democracia es un método de inteligencia colectiva que apunta a la resolución de problemas comunes. Habermas, por ejemplo, ha puesto énfasis en las precondiciones lingüísticas y sociales de las que depende la formación y el desarrollo de lo que él denomina ‘racionalidad comunicativa’ que no es más que un proceso dialógico en el que se desarrolla lo que yo llamo ‘método de inteligencia colectiva’. Yo apuntaré aquí algo más simple: la democracia, en tanto método de inteligencia colectiva, depende de la desingularización de sus objetos, es decir, de la elaboración discursiva de los temas como públicos y comunes. Si bien hay temas que en sí mismos tienen potencial desingularizante, la desingularización es un proceso complejo que depende en gran medida de la forma en que los actores políticos construyen a nivel discursivo los temas y objetos.

Independientemente del resultado, la consulta popular fue un simulacro de democracia, pues no hubo tal proceso de desingularización. Desde líderes locales hasta medios de comunicación, pasando por los partidos políticos, todo el proceso estuvo planteado en términos personalistas. La cuestión pública-común no logró emerger en la esfera pública. El contenido de casi todas las preguntas se torcía para presentarlo como una cuestión de estar con Lenín Moreno o con Rafael Correa (y sus respectivos amigos). El denominado ‘cerco mediático’ fue sintomático del personalismo con el que se tratan los temas políticos del país, pues lo social debe ser pensado desde espacios no particulares si es que vivimos en una democracia real. Esto quiere decir que nadie, ni los propietarios de medios de comunicación ni los periodistas, tienen el poder para excluir de la palestra pública a un objeto o persona que, más allá de sus aversiones personales, tenga incidencia en la vida común. La incapacidad para construir discursivamente en tono despersonalizado y desingularizado los temas y objetos de la consulta popular y el referendo hizo que se pierda el potencial democratizante de llamar a los ciudadanos a las urnas.

Otro argumento para hablar de democratización es que la ‘descorreización’ del Estado equivale a dar un paso desde instituciones autoritarias a instituciones democráticas. El único sentido válido para hablar de descorreización como sinónimo de democratización es empezar a construir los asuntos públicos más allá de la persona de Correa.

La izquierda ecuatoriana es la gran perdedora de los reveses del personalismo de la política ecuatoriana. La izquierda no se ha dado cuenta de que defender los avances de la última década no les vuelve cómplices de Correa y que criticar sus defectos no los hace detractores. Una vez que los asuntos públicos logren desingularizarse, la gente de izquierda, confundida en la vorágine personalista de la esfera pública, logrará criticar sin pensarse desertores y afirmar sin sentirse cómplices.

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