La muerte del gris
Quito, Ecuador
El gris ha muerto y en todas sus tonalidades. En el Ecuador de hoy, solo hay espacio para el blanco y el negro. Y eso es una tragedia.
El gris ha muerto y en todas sus tonalidades. En el Ecuador de hoy, solo hay espacio para el blanco y el negro. Y eso es una tragedia.
En el cubículo de la embajada del Ecuador en Londres, donde está refugiado, Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, tendrá ahora tiempo de sobra para reflexionar sobre la extraordinaria historia de su vida, que comenzó como oscuro ladronzuelo de la intimidad ajena (es lo que hace unhackerinformático, aunque el anglicismo trate de inocular dignidad a ese innoble oficio) en el país de los canguros y ha terminado convirtiéndolo en un icono contemporáneo, tan famoso como los futbolistas o roqueros más de moda, para muchos en un héroe de la libertad de expresión y en el centro de un conflicto diplomático internacional.
Los seres terrestres se percataron de la existencia de la Luna por primera vez hace unos 300 millones de años. De noche, su luz era la única guía que tenían, hasta que aparecieron los humanos y descubrieron el fuego, y luego la pintura, la música y la poesía. A lo largo de los siglos, los griegos de la antigüedad, Shakespeare, Beethoven, Van Gogh, García Lorca y otros genios vieron una fuente de inspiración en la gran esfera blanca, siempre misteriosa e inalcanzable. Hasta que hace exactamente 40 años, por primera vez en la historia del universo, un ser humano pisó su superficie. Y lo vimos y lo oímos, los que tuvimos la suerte de estar vivos, en directo por televisión.
Al poco tiempo de haberse instaurado la dictadura argentina el escritor Leopoldo Brizuela vivió una noche que lo marcaría por siempre. Sus padres fueron interrogados por una patrulla militar que irrumpió en su residencia. Más no eran ellos el objeto de su búsqueda. Estaban tras los pasos de una familia que vivía en una casa vecina. Treinta y cuatro años después, ese episodio saldría de los oscuros confines de su mente para plasmarse en las páginas de una novela.
En el imaginario se han barajado varias alternativas para que Julian Assange pueda librarse del eventual enclaustramiento por tiempo indefinido al interior de la incómoda sede diplomática del Ecuador en Londres.
No voy a referirme a la relación entre el presidente y su hermano mayor. Es la lucha que el Presidente ecuatoriano ha instaurado entre sus acciones del frente interno y externo lo que ocupa mi atención. La historia incuestionablemente premia a aquellos gobiernos que con éxito logran mantener un saludable equilibrio en la administración del frente interno y externo del estado.
A poco de hundirse la Unión Soviética, en las calles de Praga compré una camiseta que llevaba una inscripción en inglés: “The KGB is still watching you”. En una traducción más literaria que literal: “El KGB todavía te vigila”.
En aquellos meses en los que el país acababa de salir de una oprobiosa tiranía a la que combatió hasta la extenuación; a poco de haber superado la escisión de una de sus regiones, Eslovaquia (en la llamada “Revolución de Terciopelo”, sin derramarse una sola gota de sangre); en esos meses –decía– que olían a gloria, la inscripción de la camiseta sonaba a ironía, a sarcasmo, a un desahogo ciudadano desfachatado que le arrojaba al rostro del Moscú imperial, burocrático y soviético el execrable nombre del KGB.
Armado el teatro, los actores ponen todos sus esfuerzos para convencer a la platea. La platea que, generosa, se conmueve, se come los cuentos como si fuera canguil y no encuentra otra forma de retribuir tal esfuerzo, sino con algo insignificante: el voto. Así las cosas, de pronto aparecen en la escena actores y actrices improvisados, de esos recién llegados que no pasaron los cursos respectivos de histrionismo, gesticulación y ademanes, que, no obstante, se atreven a montar su propia comedia. Y lo hacen mal, pésimo.
No hay dónde perderse: Julian Assange ha preferido parecer héroe, encerrado indefinidamente en la embajada ecuatoriana en Londres, que afrontar un juicio por violación en una corte de Suecia. Y es que el 19 de junio, el día en que aceptó ser huésped del gobierno de Rafael Correa, Assange debió saber (y si no lo sabía es muy torpe o muy ingenuo) que, al violar los términos de su detención domiciliaria y refugiarse en una misión diplomática, se estaba condenando a un encierro largo y sin esperanzas en una oficina pequeña, obscura y húmeda, pues se había despojado de toda posibilidad de recibir del gobierno británico un salvoconducto para salir de Inglaterra. ¿Por qué lo hizo, entonces?
Que Estados Unidos dirige una persecución política contra Assange me parece evidente. Lo confirma un reciente editorial de The Washington Post, que sostenía que la persecución a Assange era un invento, pero, en el mismo artículo, amenazaba que Ecuador podía perder sus preferencias arancelarias con Estados Unidos por haberlo asilado: con ello, el Post admite que EEUU sí persigue a Assange, por más de que no lo haya acusado o pedido su extradición formalmente. Los gringos no son bobos.
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