¿Ciudadanos o vasallos?
Quito, Ecuador
Echarle la culpa a otro es una cómoda evasión. Desde un mal profesor, las malas influencias, el imperio, la prensa corrupta, hasta la pura, anónima y escurridiza mala suerte, siempre hay a la mano un chivo expiatorio a quien acusar del subdesarrollo, del fracaso, como sociedad o como personas. Y es cómodo porque, si la causa del estancamiento la ubicamos fuera de los límites del ego -la posesión más cara de los mediocres-, sobra justificación para hacer poco con uno mismo y luchar, más bien, contra las conspiraciones que fraguan las perversas fuerzas del universo, misteriosamente alineadas para hacernos la vida un poco más amarga en este valle de lágrimas.
