Ecuador. Miércoles 24 de Mayo de 2017
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Christopher Domínguez: Vásconez es de los grandes novelistas latinoamericanos

Christopher Domínguez, crítico literario mexicano. Foto de Miguel Molina para La República.

Quito.- Pertenece, muy probablemente, al puñado de personas de nuestro tiempo que con más erudición conoce la literatura en lengua castellana. Nació en 1962 en Ciudad de México. Es critico literario, historiador y ensayista. También incursionó en la novela. Participó en el consejo editorial de la mítica revista Vuelta, dirigida por el legendario Octavio Paz. Hoy es parte del consejo editorial de Letras Libres. También es profesor visitante de la Universidad de Chicago. Eso y muchas cosas más es Christopher Domínguez Michael.

Visitó Quito con un objetivo preciso: presentar un libro de Javier Vásconez. Se trata de Novelas a la sombra, un volumen editado por el Fondo de Cultura Económica en el que se incluyen las cuatro novelas cortas del escritor quiteño: Jardín Capelo (2007), El secreto (1996), El retorno de las moscas (2005) y La otra muerte del doctor (2012). De hecho, Domínguez redactó un exquisito prólogo para esta obra.

Es un hombre de temperamento rígido, con una inteligencia que se expande en cada una de las palabras que pronuncia. Cuando empieza a hablar, sus frases revelan una erudición desbordante. No le es ajeno el mundo de la literatura ecuatoriana, porque conoce a profundidad el territorio de la lengua castellana en todas sus regiones. Habla de Juan Montalvo con la misma solvencia con la que conoce a Tolstoi y Dostoievski. Se refiere a la obra de Javier Vásconez con el mismo respeto que tiene por los grandes exponentes de la literatura mexicana, como el Premio Nobel Octavio Paz y José Emilio Pacheco.

– ¿Cómo conoció a Vásconez?

– No me acuerdo exactamente cómo, pero yo lo conocí a él primero que a sus obras. Javier hizo una visita en el año 2000 a la Ciudad de México y ahí nos presentaron. Como suele ocurrir entre escritores, me regaló un libro suyo y lo empecé a leer. Además, yo tengo amigos ecuatorianos, comunes obviamente, entonces de inmediato se creó como un espacio ecuatoriano en mi vida: soy amigo de Javier, pero también de Leonardo Valencia y Wilfrido Corral. Son pocos pero muy buenos amigos.

– Vásconez, Valencia, Corral… Escritores que se podrían inscribir en sus palabras: tienen “la legítima ambición no de representar un país sino de encarnarlo desde el silencio, la fama postuma o el exilio interior, ajenos a la gritería ideológica”. ¿Con gritería ideológica se refiere, por ejemplo, a Jorge Enrique Adoum?

– Desde luego yo no soy un escritor de la Torre de Marfil, un crítico literario no puede serlo, un crítico literario tiene que estar en el centro de la ciudad y con las ventanas muy abiertas. Hay escritores realistas e incluso realistas sociales que me encantan. Yo no sé si Tolstoi sea un realista social, me da igual lo que sea, pero me encanta. Yo recuerdo haber visto carteles en Quito, en el 2004, como si fuera una campaña electoral, proponiendo la candidatura de Adoum al Premio Cervantes. Me hizo gracia. No es el único país donde ocurre, pero supongo que la Academia Sueca no toma muy en cuenta esas manifestaciones de entusiasmo regional.

Christopher Domínguez y Javier Vásconez. Foto del Fondo de Cultura Económica.

Christopher Domínguez y Javier Vásconez. Foto del Fondo de Cultura Económica.

– ¿Para un escritor ser provinciano, como decía Larbaud, es confundir lo oficial con lo real?

– Ser provinciano no es vivir ni en una pequeña ciudad, ni en un pequeño país. Ahora con el internet tenemos cosmopolitas que nunca salen de su habitación. Es justamente ese espíritu de creer que la realidad es aquello que decía el pueblo en general o el Estado en particular, que incluso pueden ser buenos deseos. Pero la frase del escritor francés me parece muy sintética al definir lo provinciano en el sentido peyorativo de la palabra. Obviamente, hay sentidos de la palabra provinciano que son positivos.

– Ha mencionado el internet. ¿Cree que las tradiciones literarias nacionales han sido sustituidas por la tradición universal de la literatura, disponible en internet?

– Yo empezaría por decirte que esta no es la primera época global de la historia. La globalización –esa palabra tan fea- ha sucedido en varias ocasiones. Obviamente el siglo XVI fue una globalización, nada más que dos partes del mundo se encontraron. El siglo XVIII era una civilización global, que se comunicaba en francés, desde luego ocupaba geográficamente un espacio menor que la globalización actual, que es prácticamente planetaria. Y hay otras épocas en que los países se encierran para crear o creer que crean su identidad, como ocurrió con el nacionalismo del siglo XIX, que es una cosa muy paradójica porque el romanticismo era un movimiento internacional que creaba nacionalismos. Cuando si hay algo universal son los valores románticos, y uno de los valores románticos, en política, era el Estado-Nación.

– Usted ha dicho que los pocos escritores trascendentes del Ecuador suelen ser inolvidables. Y menciona a cuatro escritores que usted considera relevantes: Juan Montalvo, Pablo Palacio, Alfredo Gangotena y el mismo Javier Vásconez. 

– Eso no quiere decir que no admire la poesía de César Dávila Andrade y de Jorge Carrera Andrade. Pero me parece que el espíritu de estos escritores se parece más al de Javier. Y yo no soy de aquellos que creen que los grandes escritores, para ser grandes escritores, tienen que estar muertos. Javier es un gran novelista latinoamericano y me siento muy orgulloso de estar aquí para hablar de él. Nada me parece más mezquino que sólo alabar a los muertos.

– En la actualidad la literatura ecuatoriana sufre graves dificultades de distribución en el contexto hispanoamericano. ¿A qué cree que se debe?

– Hay una realidad, el Ecuador es un país pequeño. Los países pequeños tienen más dificultad de colocarse, en todo sentido, que los países grandes. Ahora, para mí como crítico literario, países pequeños como Ecuador o Irlanda son muy atractivos porque son literaturas pequeñas en número pero inmensas en calidad. Basta ver Irlanda, un pequeño país con cuatro premios Nobel. Ecuador también es un pequeño país con cuatro o cinco de los más grandes escritores de la lengua española. Ahora si se venden sus libros o no, pues ese ya no es problema mío. Desde luego que a mí me encantaría que los libros de Javier Vásconez se vendieran mucho en Barcelona, pero contra eso yo no puedo hacer nada. Y el esquema editorial mercantil de la lengua española es muy malo. Era mejor en los 60s cuando estaba la dictadura de Franco en España y todo se producía en México o en Buenos Aires. Después vino la primavera española, de quince años o veinte, que ya se acabó: para conocernos entre nosotros había que publicar en Madrid o Barcelona. Sigue siendo endemoniadamente difícil para mí conseguir un libro de un editor peruano. Te pongo un ejemplo: hace un par de años aparecieron las memorias de José Miguel Oviedo en la Editorial Aguilar, que es la que publicó en México mi biografía de Octavio Paz. Fue titánica la tarea de conseguir que Aguilar de Perú me mandara un ejemplar porque yo no quería leer en la computadora. Que el mano a mano siga siendo la forma más práctica del intercambio entre escritores, por un lado es desastroso pero por otro lado nos devuelve a nuestra realidad: siempre seremos alimento de una minoría.

– En ese sentido, usted cuestionó el concepto de “literaturas menores”, que consideró una mala traducción de Deleuze y Guattari a Kafka.

– Lo que Kafka quería decir, cuando habla él de literatura menor, era simplemente que la literatura checa, escrita en alemán, era muy pequeña. No era un concepto filosófico. Y los que no lo entendieron, hicieron una gran teoría de eso. Ahora el tamaño, la población y la densidad geográfica, o el Producto Interno Bruto de Ecuador, no tiene nada que ver con eso porque ustedes tienen a Juan Montalvo, figura esencial para todos los que leemos en español. Yo creo que la tradición hispanoamericana fue muy fuerte, es una de las grandes tradiciones literarias universales. Yo no me siento menos que un crítico literario francés o estadounidense.

– Volviendo a Vásconez. ¿Qué tiene que decir sobre el doctor Kronz?

– Pues es un nómada, de origen oscuro y de futuro incierto. Como Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis es un personaje que puede morir y puede resucitar, que está y no está. Me parece que es el verdadero alter ego de Javier Vásconez.

– ¿Vásconez es el escritor que escribe desde la línea imaginaria que divide los dos hemisferios de la Tierra pero que se nutre de todas las tradiciones y de todas las lenguas?

– Sí, pero eso que hace Javier es lo que hacen todos los escritores importantes. No veo nada original esa posición. Obviamente cuando vives en un país pequeño hay dificultades, porque no es lo mismo nacer en la Ciudad de México o en Quito que en París (no el de ahora pero si el de hace cincuenta años). Pero a veces ese recorrido es muy fructífero. La mejor poesía surrealista se escribió en América Latina, no en París. Paul Éluard, Louis Aragon, el propio André Breton, son poetas inferiores a Gonzalo Rojas, Octavio Paz, Martín Adán y a Vallejo ni se diga. Desde luego que los primeros fundaron la escuela e hicieron la radiación intelectual, pero a veces los resultados más notables justamente están en aquellos que permanecen lejos y que esa distancia les permite entender mejor el bosque, que aquellos que están perdidos entre los árboles.

– De las cuatro novelas de Javier Vásconez publicadas en Novelas a la sombra, usted toma distancia de El retorno de las moscas porque la considera una novela de género.

– Bueno, como digo yo en el prólogo, me jalarían las orejas André Gide y medio siglo XX. A mí no me gustan las novelas policiacas. Desde luego que John le Carré tiene muy buenas novelas policiacas, me gustan porque son buenas novelas, no porque son de espías. A mí no me gusta la literatura de género. Pero eso es problema mío. En la obra de Javier ese libro me parece una coquetería de él, que tiene derecho a darse, pero no es el Vásconez que más me interesa.

– Como crítico literario, ¿observa que la novela corta implica una artesanía más precisa que la novela torrencial?

– Exactamente, es más fácil escribir una novela grande regular, porque la novela grande obliga al lector a conceder muchas cosas, incluso estoy hablando de los grandes novelistas. Dostoievski tiene páginas infames. Pero el tipo de novela que escribe nos obliga a perdonárselas. En cambio, quienes escriben en formas breves… Para decirlo brutalmente: es más fácil escribir La guerra y la paz, que un cuento de Chéjov.

– ¿Hay algo que le diferencia a la novela corta del cuento?

– Yo no te puedo dar una definición académica porque no soy profesor, no puedo definir. Sé que el buen lector va a distinguir, pero esa frontera borrosa es parte de la literatura y más en nuestros tiempos. Hay cosas que no se sabe si son poemas, poemas en prosa o cuentos. Te doy el caso de Juan José Arreola. Desde que Octavio Paz, Pacheco y otros poetas mexicanos hicieron poesía en movimiento en 1966, pues muchos textos de Arreola pueden ser poesía en prosa, cuentos o ensayos. Como a su vez ocurre en el caso de Borges.

– ¿Hay escritores a los que la única historia que les compete es la historia de la novela, de la que hablaba Milan Kundera?

– Kundera es a la vez un gran autor erótico, libertino incluso, pero el régimen comunista caído en 1989 en Europa Central es inexplicable sin las novelas de Kundera. Como se ve en la poesía de Octavio Paz, hay dos lugares: el lecho amoroso y la historia, que es la calle, la muerte, la política, la revolución. Escritores absolutamente puros, los hay, pero son muy pocos. Rimbaud y Verlaine no fueron indiferentes a la comuna de París. El mismo Flaubert en La educación sentimental le da una enorme importancia a la revolución de 1848. Para mí, el mundo son esos dos lugares. Desde luego que hay quien prefiere leer poetas concretos brasileños que las novelas políticas de Vargas Llosa. Pero esa ya es una cuestión de gustos.

– ¿Estamos atravesando una época de redescubrimiento colosal a un poeta clásico y universal llamado Octavio Paz?

– Inevitablemente, cuando muere un autor viene cierto purgatorio y más en México donde la presencia de Octavio Paz era aplastante. Mucha gente se sintió aliviada con su deceso. Y el 2014, que fue el centenario, hubo una gran oportunidad para recolocar a Octavio Paz. Y está ahí, y ahí se quedará porque es uno de los grandes clásicos de la literatura de nuestra lengua y del siglo XX. Que su lectura suba o baje entra dentro de lo lógico. Yo estoy seguro que tú y yo nos vamos a morir y se va a seguir hablando de Octavio Paz.

Christopher Domínguez y Octavio Paz. Foto de Archivo.

Christopher Domínguez y Octavio Paz. Foto de Archivo.

– ¿Cómo está la literatura mexicana de hoy?

– Es una literatura inmensa, con cientos de autores buenos, malos, regulares. Si la literatura en lengua española es grande, parte de esa grandeza se debe al tamaño de la literatura mexicana, que es superior en este momento al tamaño de la literatura española, por simple densidad demográfica. De igual manera es inmensa la literatura argentina. Un crítico literario como yo no puede abarcar ni siquiera la totalidad de la literatura mexicana. No sólo no tengo tiempo, tampoco tengo ganas, porque a mí me gusta mucho leer mis clásicos. Me embrutecería si sólo leyera yo a mexicanos. Autores que hace 15 años me parecían de futuro promisorio ahora no me gustan o no pasaron la prueba o su momento no ha llegado, llegará después. Te puedo dar una lista de los autores mexicanos que me interesan, de todas las edades. Ahora que la longevidad ha crecido, en un momento literario conviven varias generaciones.

– ¿Cuál es el papel del crítico literario en la actualidad?

– El papel del crítico como su nombre lo indica siempre está en crisis, desde que existe la crítica literaria moderna, es decir desde el siglo XVIII. Pero a la crítica se le han colgado los mismos sambenitos, que si es ofensiva, que si es parcial, que si es pobre, que si es interesada, que si es mercantil. La mala fama forma parte de la reputación de la crítica y a mí me parece muy bien, para eso es la crítica, para inquietar, para molestar. Creo que los buenos críticos literarios somos aquellos que inquietamos y molestamos pero que a la vez dejamos libros que compitan en inteligencia y en belleza con las obras que criticamos y analizamos. Vivimos, sí, un momento muy difícil que es el tránsito de lo impreso a lo digital. Yo creo que el libro impreso va a seguir existiendo, será más caro y más bonito, mejor hecho. El volumen de la lectura se irá cada vez más rápido hacia el internet. Yo creo que en pocos años ya no habrá periódicos de papel. ¿Si esto me gusta? No, no me gusta porque tengo 54 años y yo nací en el otro siglo. Pero así es. Hay cosas buenas, sin embargo. Yo nunca había tenido tantos lectores como cuando Letras Libres abrió su página web. Yo tenía cientos de lectores, exagerando un poco, y ahora tengo miles. Y no sólo tengo miles sino sé que existen porque se pueden dirigir a mí. Ahora, a diferencia de antes que de vez en cuanto llegaba una cartita de un lector enojado o contento con algo que habías escrito, ahora basta que se metan al blog y se dediquen a mentarme la madre o felicitarme. Yo no creo que nuestra época tenga el monopolio de todas las desgracias, tiene cosas horribles como toda época humana y otras cosas maravillosas, que a su vez tienen un costo. Como soy realista y conservador, me conformo con lo que me da la vida intelectual, que es mucho.

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Por Miguel Molina Díaz