Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Kim Jong-Un hereda arsenal nuclear de entre seis y doce bombas atómicas

Kim Jong-un (Foto AP/Vincent Yu, archivo)

Los vecinos del país más secretista del planeta no se ponen de acuerdo sobre el número de armas nucleares que el régimen norcoreano ha fabricado –entre seis y doce bombas atómicas- ni sobre la capacidad de sus misiles para hacerlas explotar contra una gran ciudad. Y el nerviosismo cunde solo al imaginar que el botón nuclear pueda estar al alcance de un inexperto tan inmaduro como Kim Jong-un, el hijo del fallecido Kim Jong-il al que tanto el régimen como China ya han ratificado como heredero, según escribe la periodista Georgina Higueras en el diario español El País.


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Pero a muerte del líder norcoreano Kim Jong Il podría frenar en seco las negociaciones para que el reservado régimen comunista renuncie a su programa de armas nucleares. Kim Jong Un, sucesor y tercer hijo del fallecido líder, seguramente no adoptará actitud alguna que pueda ser considerada como debilidad en pos de consolidar su poder. Incluso antes de la muerte de Kim Jong Il, Estados Unidos y otros dijeron que consideran la transición un momento peligroso, ya que Kim Jong podría intentar demostrar sus credenciales de liderazgo con aventuras marciales y provocaciones, como un ataque a Corea del Sur o una prueba nuclear.

Kim Jong Un apareció por primera vez en público en septiembre de 2010, cuando su padre lo elevó a un cargo de alto rango. Una vez en el poder encarará un desafío formidable. A medida que la autoritaria dinastía entra en su tercera generación, Corea del Norte tiene enormes dificultades para alimentar su propia población y no ha querido reformar su atascada economía.

Monumento a Kim Il Sung, en Pyongyang.

Pese al aumento del comercio y cooperación con China, su principal aliada, el futuro de la nación comunista es muy sombrío.

“El escenario más probable para un colapso del régimen ha sido la muerte súbita de Kim (Jong Il). Nos encontramos ahora en ese escenario”, dijo Victor Cha, ex director de Asuntos Asiáticos del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

El periódico surcoreano Joongang informaba el lunes, antes de que se anunciara la muerte de Kim Jong-il, que Pyongyang había comunicado a Washington que estaba dispuesto a considerar la suspensión de su programa de enriquecimiento de uranio. Esta medida facilitaría la tercera ronda de negociaciones entre EE UU y Corea del Norte que debía de celebrarse el próximo jueves en Pekín y que ahora impide el luto oficial declarado hasta el 29 de diciembre.

En los últimos meses, los expertos surcoreanos habían percibido la ansiedad del régimen por garantizarse la ayuda alimentaria masiva de EE UU desde el comienzo de 2012. De ahí, esa disposición, ahora truncada, de aceptar la exigencia de Washington de paralizar el moderno programa de enriquecimiento de uranio. El régimen reconoció que tiene funcionando 2.000 centrifugadoras después de invitar al científico estadounidense y experto nuclear Siegfried Hecker a visitar las instalaciones, a finales de 2009.

Central nuclear en Corea del Norte.

Hecker encendió todas las alarmas. A su vuelta a Washington, pidió cita en la Casa Blanca para contar que se había quedado “atónito” por lo avanzada que era la nueva central nuclear norcoreana. La consecución de uranio enriquecido permite fabricar bombas mucho más potentes que las que Corea del Norte había fabricado hasta entonces, procedentes de obtener plutonio del combustible utilizado en una central nuclear, incluidas las de uso civil.

En las conversaciones mantenidas la semana pasada en Pekín por el enviado estadounidense para asuntos humanitarios de Corea del Norte, Robert King, y el director general de América del Norte del Ministerio de Exteriores norcoreano, Ri Kun, se dejó entrever un cambio en la actitud de Pyongyang. Su principal objetivo era la consecución de 20.000 toneladas mensuales durante un año de galletas y barritas de cereales enriquecidos con vitaminas para complementar la escasa dieta de sus 24 millones de habitantes. Confiaba, además, en que si Washington se comprometía a suministrar esta ayuda, otros países también acudirían, con lo que podría cumplir su programa de convertir al país en “una nación fuerte y próspera”.

A cambio –aunque nadie lo ha confirmado, ni habla abiertamente de ello- aceptaba la suspensión del programa de enriquecimiento y un posterior retorno a la mesa de negociación a seis bandas –EE UU, China, Rusia, Japón y las dos Coreas-.

Esas negociaciones a seis bandas son consideradas por todas las partes como fundamentales y ya dieron fruto: en la primavera de 2008, los norcoreanos derribaron la torre de refrigeración de la central nuclear del Yongbion. Fue el último compromiso cumplido del acuerdo para el desmantelamiento de su programa nuclear, alcanzado en esas negociaciones multilaterales, que saltaron por los aires con el grave infarto de miocardio sufrido por Kim Jong-il ese verano.

La reacción inicial de la Casa Blanca ante las informaciones de la prensa oficial de Corea del Norte sobre la muerte de Kim Jong Il de un ataque cardíaco fue resaltar la seguridad regional e insistió que Estados Unidos se mantiene en estrecho contacto con sus aliados, Corea del Sur y Japón.

“Seguimos comprometidos a fomentar la estabilidad en la península coreana y la libertad y seguridad de nuestros aliados”, dijo una declaración.

La Casa Blanca adoptó una actitud cautelosa con Corea del Norte en los últimos tres años, desde que Pyongyang se retiró de las negociaciones sixpartitas en 2009. Poco después de anunciar su retirada, Corea del Norte realizó su segunda prueba nuclear. La primera tuvo lugar en 2006.

En 2010, un submarino surcoreano fue hundido y una isla surcoreana fue cañoneada por los comunistas en unos pocos meses, con un balance de 50 muertos, lo que creó una tensión que casi puso a ambas Coreas al borde de una nueva guerra.

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