Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La guerra que acabó con el imperio de los zares y abrió la vía al comunismo

Moscú, 23 jul (EFE).- La I Guerra Mundial supuso la puntilla para el ya debilitado imperio autocrático ruso, que cayó aun antes de terminar la conflagración, víctima de dos revoluciones que llevaron a la implantación del comunismo en el país más grande del mundo.


Publicidad

Cuando el 29 de julio de 1914 el zar de Rusia, Nicolás II, entró en la Gran Guerra después de que Austria-Hungría atacase a Serbia, no podía ni imaginar las consecuencias que el conflicto bélico tendría para su vasto imperio, que nueve años antes había sufrido una derrota militar a manos de Japón.

Dos grandes derrotas, meses después del estallido de la guerra, en las batallas de Tannenberg y los lagos Masurianos (Prusia

Nicolás II de Rusia y su familia.

Nicolás II de Rusia y su familia.

Oriental), dejaron en evidencia la fragilidad del numeroso Ejército ruso, integrado en su mayoría por campesinos casi sin preparación militar y mal pertrechados.

La impopularidad de la guerra, en la que Rusia sufrió hasta 1,7 millones de bajas mortales, fue aprovechada por diversos grupos revolucionarios para incrementar su influencia entre los soldados.

La consigna “Pan, tierra y paz” enarbolada por los bolcheviques liderados por Vladímir (Uliánov) Lenin caló profundamente entre los soldados, que creaban soviets (consejos populares), como los que surgieron durante la fallida primera revolución rusa (1905-1907).

Los reveses bélicos, la agitación social y el colapso de la economía propiciaron en 1917 la Revolución de Febrero, revuelta popular que llevó a la abdicación de Nicolás II y a la formación de un gobierno provisional.

En abril, ese mismo año, las nuevas autoridades informaron a Francia y el Reino Unido que Rusia cumpliría sus compromisos de aliado y que continuaría la guerra contra las potencias centrales, la coalición de los imperios alemán y austrohúngaro, a la que se unieron el imperio otomano y Bulgaria.

Esta decisión provocó una nueva ola de descontento popular, que los bolcheviques encabezaron con el lema de “Todo el poder a los Soviets” y que el 25 de octubre, según el calendario juliano (7 de octubre, según el actual), desembocó en el asalto del Palacio de Invierno y el derrocamiento del gobierno provisional.

La primera decisión del poder soviético fue la aprobación del “Decreto sobre la paz”, en el que propuso “a todos los pueblos en guerra y a sus gobiernos entablar inmediatamente conversaciones con vistas a una paz democrática y equitativa”.

La Rusia soviética siguió formalmente como parte beligerante en la “guerra imperialista” hasta el 3 de marzo de 1918, cuando firmó el tratado de paz de Brest-Litovsk con el imperio alemán, el imperio austrohúngaro, el imperio otomano y Bulgaria.

La paz por separado le salió cara al poder soviético: tuvo que renunciar a Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia.

El Gobierno soviético no estaba en condiciones de frenar la ofensiva de las potencias centrales en el frente oriental y optó por realizar esas enormes concesiones territoriales a cambio de su supervivencia.

Además, para entonces ya había estallado la guerra civil en Rusia, y el Ejército Rojo estaba ocupado en combatir a los partidarios del zar, apoyados por los antiguos aliados en la guerra contra las potencias centrales, interesados en que se mantuviera el frente oriental.

“Cuando se firmó la paz de Versalles, Rusia quedó en una situación singular: había sido parte de la coalición vencedora, pero ya había firmado la paz con los países derrotados en condiciones muy desventajosas”, dijo a Efe Andréi Koshkin, jefe de la cátedra de Politología y Sociología de la Universidad Plejánov de Moscú.

La guerra, añadió, llevó a la desaparición de cuatro imperios, incluido el ruso, “donde, según los bolcheviques, fue construida una sociedad sobre nuevos principios”.

“Pero no pasaron ni cien años desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial, desde de las revolución de Febrero y Octubre, y ese nuevo sistema político se destruyó por sí solo”, apuntó Koshkin en alusión la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Según el catedrático, tras las caída del comunismo Rusia ha retomado “ciertos valores tradicionales, pero en una nueva espiral dialéctica” de desarrollo. EFE

Tropas rusas de la I Guerra Mundial.

Tropas rusas de la I Guerra Mundial.