Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Releyendo a Roig

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

Releyendo la obra del filósofo argentino Arturo Andrés Roig, de tanta relevancia en el Ecuador por su impulso al estudio de la Historia de las Ideas en el país, pero sobre todo por su empeño intelectual de conceder validez epistemológica y rigor metodológico a la variada producción de pensamiento entre nosotros, inclasificable dentro de las categorías convencionalmente asumidas como científicas, no deja de llamar la atención su polémica contra la filosofía académica, instaurada en las universidades de su tiempo, aislada en una torre de marfil intelectual y ajena por principio a los problemas de la sociedad. ¿Quizá un eco no consciente de la disputa entre peronismo e intelectuales?

Por Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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Releyendo la obra del filósofo argentino Arturo Andrés Roig, de tanta relevancia en el Ecuador por su impulso al estudio de la Historia de las Ideas en el país, pero sobre todo por su empeño intelectual de conceder validez epistemológica y rigor metodológico a la variada producción de pensamiento entre nosotros, inclasificable dentro de las categorías convencionalmente asumidas como científicas, no deja de llamar la atención su polémica contra la filosofía académica, instaurada en las universidades de su tiempo, aislada en una torre de marfil intelectual y ajena por principio a los problemas de la sociedad. ¿Quizá un eco no consciente de la disputa entre peronismo e intelectuales?

Pero Roig tenía varias razones para tomar partido por un pensamiento no académico ni contaminado por la burocracia que mide la calidad académica solo por el número de papers publicados o por los grados académicos como es el caso de los famosos PhD.

Buena parte del pensamiento latinoamericano desde la Independencia hasta la actualidad fue escrito y sustentado por no académicos que no se atuvieron a las formas prescritas de presentación académica y menos al cumplimiento de lo que hoy llamamos check list meritocrático.

Para Roig, es de suponer que también para quienes hoy defienden su memoria, el pensamiento latinoamericano, el ecuatoriano incluido si se lee con atención sus Esquemas para una historia de la filosofía ecuatoriana, resultaba en muchos casos inexistente o injustamente disminuido con los criterios meramente formales de las burocracias académicas. Teorías como las de la Comunicación, y las Ideologías le dieron fundamentos para la justificación de su análisis. No se trata por cierto de resucitar sin más las diatribas contra los académicos,- pese a que vivimos en un tiempo de diatribas, – al estilo de un José Ingenieros cuando hablaba de la hipocresía de los filósofos o a un Arturo Jauretche, – ¡atención: un ideólogo peronista!,- sobre los académicos de duro corazón.

Los filósofos del tiempo de Ingenieros son ahora los tecnócratas. El problema es el mismo: lo que la naturaleza no da, la Universidad de Salamanca no concede.

Tener un PhD no capacita para ser un buen administrador universitario ni protege de parar un sistema por múltiples pesquisas sino sobre todo no garantiza ser un hombre ético.

La sentencia inversa, por supuesto, es también correcta: tampoco los que no tienen PhD son éticos, ni buenos conductores per se ni sobre todo sabios. El problema, de nuevo, retomando a Roig es no encasillarse, no obligar a la realidad a ser viciosamente maniquea y por supuesto no arrogarse un poco provincianamente la representación de la Idea Absoluta. Arturo Andrés Roig estaba convencido de que había apoyado significativamente a la constitución del pensamiento ecuatoriano.

Una de las condiciones del pensamiento es la crítica. Pero la crítica no dirigida exclusivamente hacia los que no piensan como nosotros sino sobre nosotros mismos que al fin y al cabo, como insistía el maestro mendocino, somos los responsables de lo que resulte.