Ecuador. viernes 24 de noviembre de 2017
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Marxismo cultural: una teoría conspirativa de la derecha

Sebastián Raza
Londres, Reino Unido

Un fantasma recorre el mundo – el fantasma de los libertarios.

Estoy parafraseando la frase de un viejo terco que ha sido traducida de distintas formas. Algunos hablan de acecho, otros de espectro y de ahí surgen varias combinaciones que, en lenguas que no buscan la precisión absoluta como el alemán, no parecen alterar su significado original. Marx hablaba de un Gespenst (das Gespenst des Kommunismus) que buscaba ser destruido por todas las élites y quienes buscaban mantener el status quo. ¿Por qué Marx no dijo Bedrohung, Phantasma, Geist, Spuk o Erscheinung – solo por mencionar algunas de las palabras germanas que pueden significar fantasma o espectro? La respuesta es más simple de lo que podemos imaginar: en su tradición literaria, los Gespensts son espectros que atraen a las personas y buscan alterar lo existente para crear un orden nuevo. En este sentido, Marx se inscribe en la visión filosófica alemana del progreso moral y, de una forma torcida, también en la tradición que utiliza metáforas aparentemente perversas para explicar nuestra más profunda humanidad (aquí podemos pensar en los Daimon de Goethe que representan lo más elevado de la filosofía alemana: la posibilidad de convertirse en ‘personalidad’, es decir de ser un humano que da forma a su mundo y que pasa de vivir Erlebnis a experimentar Erfahrung). El fantasma que los libertarios representan no comparte características con el del viejo. Por el contrario, este es un Bedrohung, un fantasma que representa una amenaza a la vida humana y a los avances que hemos conseguido como humanidad (como la democracia, la solidaridad, el diálogo, etc.) – aun cuando ellos digan abogar por los mismos valores.


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Desde hace algunos años ya, los libertarios han venido ganando espacios en América Latina mediante los famosos ‘think thanks’, universidades de élite y movimientos estudiantiles. En Ecuador tenemos a nuestro fanático de Escohatado, a los movimientos estudiantiles de universidades de élite y a uno que otro representante en ‘think thanks’ como el Instituto CATO que tienen puertas abiertas en periódicos y medios digitales. A primera vista, son pocos y se mueven en espacios restringidos (o, al menos, esa imagen romántica les gusta proyectar); sin embargo, podemos ver que han logrado extenderse a espacios que no parecían ser los suyos. Un profesor de la universidad pública en guerra declarada con movimientos feministas y un profesor de derecho que busca imitar a Nozick parece que se han hecho de su bando. Todo esto viene además con la presencia virtual de una tal @crazyglorita que no se cansa de escribir barbaridades que buscan ser intelectuales y, aún más preocupante, con políticos que parecen atraer a más de una mente ingenua al diseminar la perversa imagen del emprendedor y el homo economicus – un modus vivendi inhumano que reduce todo a utilidad, inversión, retorno, manejo de peligro, etc.

En lo que sigue no me dedicaré a criticar su desdén por lo común, la amenaza que representan para la democracia, la artificialidad de su modelo de ser humano, el uso estratégico del pensamiento y la historia con tal de ‘ganar’ un debate, ni su actitud arrogante en momentos diálogo (lo cual más que un error humano parece ser el resultado de sus presupuestos ontológicos y epistemológicos). Haré algo más simple que, sin embargo, espero que tenga efectos más importantes. Mostraré que lo que llaman ‘marxismo cultural’, ese fantasma que ellos crearon en sus mentes para poder presentarse como redentores, no existe o, al menos, no es lo que ellos creen.

Con sorpresa y nausea veo que estos ilustres personajes libertarios (desde rectores universitarios hasta @crazyglorita) utilizan un término tan ácido como ‘marxismo cultural’ para atacar a cualquiera que tenga posiciones que ellos consideran ‘más de izquierda’. ¿Qué es el marxismo cultural? Es curioso que los libertarios utilicen un epíteto que jamás ha sido aceptado por pensadores o activistas a los que identifican con esta corriente. Digo curioso porque ellos suelen ofenderse cuando se les llama ‘neoliberales’ y consideran que este nombre es una creación sin sustento de la izquierda. En contraste con ‘marxismo cultural’, el término ‘neoliberalismo’ fue aceptado, promocionado y hasta creado por los pensadores que ellos elogian. @crazyglorita dice que este fue inventado por Alexander Rüstow y que nada tiene que ver con pensadores que su corriente elogia como Hayek, Friedman, Popper o Mises. Gloria Álvarez dice una verdad a medias: sí, en efecto, el primero en usar el término fue Rüstow, pero lo hizo en el contexto del Coloquio Walter Lippmann, es decir, el espacio en el que participaron Hayek y sus secuaces para ‘refundar’ el liberalismo luego de la crisis de 1929.

Rüstow participó en dicho congreso como representante de una corriente más amplia que dominaría en la Alemania de la posguerra hasta los tiempos actuales: el llamado Ordoliberalismo. Si bien hay diferencias entre los ordoliberales y Hayek, Mises y Friedman, sus similitudes son más importantes y pronunciadas. Al fin y al cabo, dentro de todo hogar hay debates y diferencias. Por ello, cuando Hayek crea la Sociedad Monte Pelerín, invita a representantes ordoliberales, como Erhard y Röpke – quien sería su segundo presidente luego de Hayek –, a formar parte de este primer ‘think thank’ neoliberal. ¿Quién inventó el término ‘marxismo cultural’?

Pues, el término parece provenir de un artículo intitulado New Dark Age: The Frankfurt School and Political Correctness, escrito en 1992 por Michael Minnicino en Fidelio (una revista del Instituto Schiller, que forma parte del Movimiento LaRouche). En este artículo, el autor sugiere que la Escuela de Frankfurt, un grupo de intelectuales seniles, formaba parte de un grupo secreto y poderoso de izquierda que buscaba destruir y reemplazar la cultura occidental. Los medios que, según Minnicino, se emplean son los movimientos anti-racistas y feministas. Según él, todos los movimientos contraculturales de los años 60 eran orquestados por este omnipotente grupo en el que un viejo cascarrabias de apellido Adorno planificaba cómo dominar el mundo y movía las piezas de lo que ellos llaman ‘la Guerra Cultural’.

Según Minnicino, estos malvados engendros proponían cosas realmente peligrosas, como el multiculturalismo, las acciones afirmativas, los derechos homosexuales y la tolerancia. Las acusaciones a la Escuela de Frankfurt y su ‘marxismo cultural’ han sido reliquias dignas de enmarcar: algunos los acusan como parte de una élite de judíos (nunca puede faltar el siniestro anti-semitismo) que busca destruir el cristianismo y la civilización occidental desde adentro, otros con propagar la Islamización de Occidente, otros con atentar contra la presidencia de Trump. Por suerte, William Lind nos ha hecho un favor al escribir una novela en la que plantea cómo sería el mundo luego del ‘apocalipsis’ creado por el marxismo cultural en el que homosexuales y personas de color aparecen en comerciales de televisión. Sin lugar a duda, este libro pasará a la historia como la consecuencia de dar espacio editorial a esquizofrénicos.

Son siempre movimientos de extrema derecha, como el Tea Party, los que promueven esta teoría conspirativa que no tiene ni pies ni cabeza y que llega al extremo de acusar a grandes cadenas, como la BBC, de formar parte de este grupo quasi-reptiliano de marxistas culturales. El filósofo Jerome Jamin afirma acertadamente que, aparte de la dimensión global de la teoría conspirativa del marxismo cultural, lo que sorprende es su dimensión innovadora y original que permite a quienes lo utilizan disfrazarse de defensores de la democracia al tiempo que diseminan ideas racistas y excluyentes. Esto nos ayuda a comprender por qué nuestros amigos libertarios no aceptan el feminismo al declararlo ‘ideología de género’ ni ningún movimiento que ha traído la expansión de derechos en los últimos 50 años. Más importante aún, esto nos lleva a reconocer una dimensión negada pero obvia: los libertarios son compañeros de cama de los conservadores aun cuando se rasguen las vestiduras y repitan ad infinitum el ¿Por qué no soy conservador? de Hayek.

Podría continuar mostrando los avatares del término ‘marxismo cultural’, pero sería un discurso circular que termina siempre en sus ataques racistas que acentúan el origen judío de los pensadores de Frankfurt y en sus posiciones conservadoras en las que se identifica a los ‘marxistas culturales’ como un grupo violento y todopoderoso. Pero me parece que es más importante poner en evidencia que dicha lectura de la Escuela de Frankfurt no es acertada y que los libertarios deberían hacer lo que tanto recomiendan a otros: leer y estudiar antes de hablar. No soy un fan de Adorno, pero me parece que se le puede acusar de todo menos de ‘iniciar una guerra cultural’ o ‘incitar a grupos violentos’. Para comprobar esto solo hay que revisar las confrontaciones que tuvo con el movimiento estudiantil alemán en los años 60s. No mucho antes de morir, en 1969, en una entrevista Adorno criticaba de los métodos violentos que los estudiantes usaban. En realidad, la izquierda ha renegado de la famosa Escuela de Frankfurt porque nunca apoyaron o hablaron de la posibilidad de una revolución. Por el contrario, su proyecto, si bien marxista, se enmarcaba en comprender los elementos psíquicos que no permiten que los individuos busquen la emancipación y prefieran apoyar a proyectos fascistas. György Lukács, por ejemplo, recriminó a Adorno y compañía el tomar residencia en el ‘Grand Hotel Abyss’: un espacio de confort, al borde del abismo, de la nada y del absurdo, en el que pueden criticar el sufrimiento del mundo desde una distancia segura sin tomar ni incitar a acciones. Esto no debe sorprendernos, si tomamos en cuenta la influencia de pensadores pesimistas como Weber y Schopenhauer.

Para marxistas radicales como Lukács, la Escuela de Frankfurt había disociado la teoría de la práctica y convertido a la filosofía en un puro ejercicio elitista. Y así fue: a excepción de Marcuse, los pensadores de Frankfurt se escondieron en la teoría en un momento en el que había protestas en todo el mundo occidental. La izquierda radical no les perdonó. Manifestantes entraban en sus clases, gritaban, destruían sus oficinas, escribían insultos en las paredes, entre otras cosas. En uno de sus últimos artículos, Adorno llega al punto de decir que esos manifestantes utilizan la liberación como pretexto ideológico para constreñir moralmente a otros a que se unan a su causa. De esta forma, él llegó a ver en estos movimientos una semilla de la personalidad autoritaria que llevó a Occidente a su mayor tragedia (el fascismo de la Alemania Nazi). Habermas, quien sería director de la Escuela luego de la muerte de Adorno, tildó a las protestas de ‘fascismo de izquierda’. Para Adorno, el verdadero acto radical es pensar y no crear caos, como los libertarios quieren hacernos creer.

Las tergiversaciones que la teoría conspirativa del ‘marxismo cultural’ nos quiere hacer creer no terminan ahí. En realidad, los miembros de la Escuela de Frankfurt no buscan destruir ni menoscabar la civilización occidental. Todo lo contrario: Adorno veía a la familia como un espacio a proteger y como zona de resistencia contra el totalitarismo, Habermas se alió con la Iglesia Católica para promover su proyecto de integración cosmopolita, y Axel Honneth, el director actual de la Escuela de Frankfurt, considera a la familia, la amistad, la igualdad frente a la ley y a la solidaridad intra-grupal (todo lo que el agrupa bajo el concepto de esferas de reconocimiento) como elementos básicos para la realización humana, la autonomía y el florecimiento. No nos confundamos: los miembros de la Escuela de Frankfurt son críticos y se adscriben a movimientos progresistas, pero en su mayoría, como buenos herederos de Hegel y de Marx, ven en la modernidad la posibilidad de emancipación humana.

Por último, y esto muestra los alcances contemporáneos del pensamiento de la Escuela de Frankfurt, como judíos que sobrevivieron el Holocausto, Adorno y compañía nos pueden ayudar a comprender los efectos desastrosos que estas teorías conspirativas tienen en el mundo real. En Julio de 2011, Anders Breivik cometió un ataque terrorista en Noruega en el que murieron 77 personas. Su justificación se encuentra en un manifiesto de 1513 páginas intitulado 2083: A European Declaration of Independence. Según él, su ataque estaba dirigido a acabar con los ‘marxistas culturales’ que habían traído todos los problemas del mundo actual. Cuando residía en Estados Unidos, Adorno desarrolló un test de personalidad autoritaria (F-scale), según el cual individuos como Breivik tomarían estas posiciones por ser incapaces de moverse con el progreso del tiempo y estarían preparados para ‘defender’ la civilización contra lo que perciben como degeneraciones. En su libro La Personalidad Autoritaria, Adorno apunta que esta es una personalidad marcada por la incapacidad de comprender y moverse acorde a los cambios e ideales contemporáneos, por lo cual una de sus necesidades psíquicas es construir estas conspiraciones que les permiten escapar de la realidad y construir, al menos en su mente, una realidad diferente. Vivimos en tiempos perturbadores con movilizaciones neo-Nazis y niveles elevados de intolerancia. ¿Por qué los libertarios reproducen un discurso tan peligroso? ¿Por qué no reconocen que este lleva a que personas como Breivik tomen este tipo de acciones?