Quito, Ecuador
A lo mejor siempre fue así, pero ahora, las acciones y decisiones políticas tienen un sentido tan ambiguo, que resulta difícil calificarlas taxativamente de malas o buenas.
El ambiente político y cultural en el que vivimos, saturado por la ambigüedad y la incertidumbre, nos impide juzgar los hechos que nos afectan colectivamente de manera justa y precisa. Nos parece, con frecuencia, que tal o cual decisión, aunque buena en su propósito e incluso justa, tiene un trasfondo turbio, una segunda intención que la desnaturaliza.
No sabemos mirar sino con desconfianza. ¿Bueno? ¿Malo? No lo sabemos con certeza. Y no solo por una limitación de nuestro juicio, sino por la opacidad y ambivalencia de los hechos políticos y las relaciones de poder vigentes. Esta opacidad, esta ambivalencia, nos ponen en una situación moralmente incómoda. Y la salida más fácil de este atolladero es optar por el maniqueísmo o refugiarnos en el dogma que esté de moda.
La vida, en general, es un ir y venir por la escala de grises. Sin embargo, si no queremos caer en el relativismo, estamos obligados a establecer criterios mínimos para apoyar una decisión u otra. En situaciones de crisis, como la que vivimos actualmente, esto se torna muy difícil, pues, en estas circunstancias, las decisiones políticas que se toman para resolver la crisis no están libres de efectos no deseados o daños colaterales.
Ninguna decisión política es buena en términos absolutos, pero puede ser más o menos dañosa que otra, más o menos acorde que otra con los valores y principios del Estado de derecho. Hacer buena política en situaciones de crisis equivale, entonces, a hacer el menor daño posible, tratando, al mismo tiempo, de evitar caer en lo irreparable.
Pero no solo es necesario preguntarse por lo menos dañoso de una decisión o medida política, sino por cuál es el bien último que esta protege y cuál es la jerarquía de tal bien en relación con otros.
Obligados a adoptar una posición frente a hechos políticos ambiguos, muchos se refugian en el formalismo legal y el dogmatismo ideológico -opciones ética y psicológicamente seguras- y desde ahí pontifican. Pero a cualquiera que no sea fanático o legalista adoptar una posición frente a hechos y decisiones de este tipo le provoca una tensión moral, a veces insoportable, que puede conducirle a redefinir su escala de valores y su propia posición política.
En contextos de ambigüedad, las decisiones políticas, por lo general, tienen el carácter ambiguo de los problemas que enfrentan y tratan de resolver. De ahí que el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán sea visto por unos como la violación de la soberanía de un Estado, y, por otros, como un instrumento para conducir a Irán a la democracia y liberar a las mujeres de la opresión teocrática que sufren. En uno y otro caso la visión del bien superior que debe defenderse es distinta: soberanía -aunque sea la de un régimen tiránico- en el primero, y libertad y derechos para las mujeres en el segundo.
El ataque se ha dado. Hay muertos, heridos, desplazados e infraestructura económica y militar destruida. Hay daño. ¿Mayor que el que durante cuatro décadas ha irrogado la tiranía teocrática a las mujeres iraníes? ¿Mayor que las masacres de miles de civiles desarmados que protestaban contra el régimen de los ayatolas?
La política ha mantenido siempre una relación problemática con la moral y el derecho -los límites dentro de los cuales debe desarrollarse-, relación que llevó a Erasmo de Róterdam a afirmar que, siendo la tendencia al mal mayoritaria entre los hombres, el príncipe cristiano debía esforzarse en no ser malo y en perjudicar lo menos posible a sus súbditos.

¿Será entonces, y puesto que la naturaleza humana no ha cambiado, que hacer el menor daño posible sea el objetivo central de la política no solo cuando debe afrontar una crisis, sino en todas las circunstancias? ¿Será, para nuestra vergüenza, así?
